Amigos aficionados…
Una visita obligada para el aficionado que va a Las Ventas de Madrid es plantarse frente al monumento al doctor Alexander Fleming, cuya penicilina ha sido gran aliado en el tratamiento de las cornadas y heridas de los toreros.
También cuando se tiene la oportunidad de estar frente a una enfermería o los médicos de las plazas de toros.
¡Cuántas vidas no se han salvado gracias a la penicilina, los avances médicos y las geniales manos de los galenos!
Otras vidas, empero, se han ido a pesar de los grandes esfuerzos de todos.
Ayer los amigos de Taurinos sin Fronteras compartieron en Facebook un recuerdo de un novillero, taquillero por cierto, que cuando se pensaba terminaría recuperándose, le fue fatal el desenlace: Laurentino José López Rodríguez, conocido como “Joselillo”.
El 27 de septiembre de 1947 toreó en una novillada alternando con Pepe Luis Vázquez y Fernando López. El novillo “Ovaciones”, de Santín, le pegó una impresionante cornada a la segunda manoletina que le ejecutó, que intentó más forzado por los gritos de los reventadores (uno le espetó: “Arrímate, payaso”). Fue el último lance de su vida y una de las cornadas más brutales que se recuerden.
El relato es impresionante y en el blog laaldeadetauro.blogspot.com se ofrecen detalles amplios de lo acontecido. De verdad que causan mucha impresión las líneas de este celebérrimo acontecimiento en la México.
Lo más difícil para un torero serán siempre los primeros momentos de la recuperación. Y Joselillo parecía tener todo para volver, pero algo pasó…
El día en que recibiría el alta médica, 14 de octubre, el torero, antes de irse a la comida en que agradecería a los médicos en “El Taquito”, iba a ser revisado por un fisioterapeuta. En la espera, José y Ángel Procuna, otro torero que iba a ser atendido, jugaron con una pelota de esponja, bromeando a no más, y de pronto, Joselillo palidedeó y perdió el sentido. Se recuperó y empezando a recuperarse, llegaron dolores insoportables, se perdió otra vez y le aplicaron la extremaunción por el sacerdote del hospital. De entre 11 de la mañana y la 1:05 de la mañana, se fue la vida de un torero que ya soñaba con reaparecer.
Así pasó casi con Carmelo Pérez, el hermano de Silverio y quien no pudo recuperarse de una cornada.
Dice Pepe Alameda en su “Crónica de Sangre, 400 cornadas mortales y otras más”, que durante muchos años una dama de cabellos plateados lloraba amargamente frente a una tumba en el Panteón Español. También el toreo le llora.
Gaspar Silveira Malaver
