Amigos aficionados…
Antes de ir en materia del tema de la semana, una disculpa por un error lamentable en la reseña de la corrida del domingo pasado en la Plaza Mérida, que dice que salieron toros de tres ganaderías distintas a la arena. Fueron dos hierros en realidad: cinco astados de Caparita y uno de El Junco. Lo demás, igual todo.
Y ahora, recordaba el aniversario luctuoso número 36 de Pepe Alameda, el poeta, periodista, ensayista, de los más grandes que ha tenido la fiesta brava en el mundo. Bautizado como Luis Carlos José Felipe Juan de la Cruz Fernández y López-Valdemoro, o conocido también simplemente como Carlos Fernández Valdemoro, murió el 28 de enero de 1990 en Ciudad de México. Su nombra taurino fue así: José, en honor a Joselito El Gallo, y Alameda, porque en la Alameda Central emprendió un negocio al poco tiempo de llegar a la capital de la república.
Su legado no es grande: resulta inmenso. Creo que fue una de las cosas que me llevaron a ver toros, pues a veces los viernes repetían en un canal local el famoso “Brindis taurino Superior”, patrocinado por una marca. Gran noticiario de toros, entonces. Él ya casi no veía, pero su sapiencia para hablar y el dominio de la escena, con la experiencia acumulada, le hacían mostrarse como un genio.
Más quedé enamorado de la Fiesta, y de sus letras, con el libro “Crónica de Sangre”, que he leído ya muchas veces. Ese lo leí en original. Lo trajo el cronista Ele Carfelo justo cuando murió, ese mismo 1990, Luis Castro “El Soldado”. El apartado sobre ese torero rezaba: “Cuando Calao, de Piedras Negras, caló a El Soldado”.
Dos frases he tomado de su legado: “Un paso adelante y puede morir el torero. Un paso atrás y puede morir el arte”. Y “El toreo no es una graciosa huida, sino una apasionada entrega”. Las dos, enseñan en la vida.
