Rodrigo Llanes Salazar (*)
Una expresión que puede caracterizar bien al acuífero de Yucatán es la de “abundancia vulnerable”. Revisemos cada uno de los términos que conforman esta expresión.
Abundancia.
Muchas crónicas y relatos de viaje sobre Yucatán retrataron a esta entidad como una tierra con carencias: sin oro ni plata, sin montañas y, desde luego, sin ríos ni lagos. Las “Relaciones Histórico Geográficas de la Gobernación de Yucatán”, del siglo XVI, se refieren a este estado como “tierra muy llana, sin ríos”, y, en su monografía sobre el agua en Yucatán, el cronista Renán Irigoyen escribe que “viajero hubo que llamó a Yucatán ‘El país sin tierra y sin agua’”.
Esta imagen de Yucatán ha cambiado a tal grado que ahora, por el contrario, se suele caracterizar a esta entidad como un lugar con abundancia de agua. Como señala el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), Yucatán es la cuarta entidad con mayor disponibilidad de agua per cápita: 9,573 metros cúbicos (m3), ubicándose por detrás de Tabasco, Oaxaca y Chiapas. En contraste, las entidades con menor disponibilidad de agua per cápita son la Ciudad de México (con solo 74 m3 por persona), el Estado de México, Tlaxcala y Guanajuato.
La noción de abundancia de agua tiene diversos efectos en la política y en la sociedad. Los datos oficiales sobre disponibilidad de agua de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) sirven de base, en teoría, para la entrega de concesiones de aprovechamiento de agua. Recordemos que, de acuerdo con nuestra Constitución, el agua es propiedad de la nación, y es el Estado el que otorga concesiones para el uso de aguas superficiales y subterráneas y para la descarga de aguas residuales.
Para la Conagua, la abundancia —o alta disponibilidad— de agua en Yucatán permite seguir entregando concesiones. Asimismo, esta disponibilidad constituye uno de los atractivos o elementos “competitivos” de Yucatán para la llegada de nuevas inversiones.
Más allá de la política de concesiones, la idea de abundancia del agua también tiene otras implicaciones en la sociedad en general. En un contexto de calentamiento global, pérdida de biodiversidad, contaminación, intensas olas de calor, de las angustiantes noticias de ciudades —como Monterrey y la Ciudad de México— padeciendo escasez de agua, la idea de abundancia ofrece cierto alivio ecológico: al menos, en agua, aquí no estamos tan mal.
Pero —y hay dos grandes “peros”—, la idea de abundancia debe matizarse. Primero, porque de acuerdo con el “Programa Hídrico Regional 2021-2024” de la Conagua, mientras en 2003 el acuífero de la península de Yucatán tenía una disponibilidad de 5,759.22 Hm3/año, en 2020 la disponibilidad se había reducido en un 59%, a 2,386.92 Hm3/año. Para el Programa, esta tendencia “daría una situación alarmante en 15 años”. El segundo pero es la vulnerabilidad. Veamos.
Vulnerable.
Según el “Diccionario de la Lengua Española”, “vulnerable” es un adjetivo que indica que algo “puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente”. A inicios de la década de 1970, M. Albinet y J. Margat introdujeron el concepto de vulnerabilidad para estudiar la contaminación de las aguas subterráneas. Desde entonces, se distingue entre vulnerabilidad “intrínseca” o “natural” de los acuíferos subterráneos, que toma en cuenta sus características geológicas, hidrológicas e hidrogeológicas; y la vulnerabilidad “específica”, que refiere a cómo un contaminante en particular puede causar un daño al acuífero.
Así, aunque el acuífero subterráneo de Yucatán puede ser caracterizado como abundante, también es vulnerable y, en algunas regiones, es incluso alta y extremadamente vulnerable. Esto lo sabemos gracias a que diversas especialistas han desarrollado índices para evaluar la vulnerabilidad del acuífero subterráneo de Yucatán. Por ejemplo, Emilio Rodrigo Bolio Barrios, Armando Cabrera Sansores, Francisco Bautista Zúñiga y Julia Pacheco Ávila publicaron en 2011 el artículo “Uso de la metodología EPIK para determinar la vulnerabilidad del agua subterránea a la contaminación en Yucatán, México”, en el que consideraron variables como la alta permeabilidad de la roca caliza, la cubierta protectora (la profundidad del suelo), la infiltración y el grado de desarrollo del paisaje kárstico. Concluyeron que la mayoría de los paisajes evaluados se clasificaron como muy vulnerables.
En los últimos años se han empleado distintos índices, como DRASTIC, IVAKY —desarrollado por la bióloga Yameli Aguilar Duarte que, con un enfoque más geográfico, considera las singularidades de Yucatán— e IKAV, los cuales, a pesar de sus peculiaridades, coinciden en que zonas del estado con una gran densidad de cenotes, fracturas y fallas; con poca profundidad de nivel freático y con suelos más delgados o con bajo contenido de arcilla, son los alta y extremadamente vulnerables a la contaminación. Particularmente, zonas como el Anillo de Cenotes y el noreste del estado son muy vulnerables.
En un artículo reciente sobre la vulnerabilidad intrínseca a la contaminación del acuífero kárstico en Yucatán, Eduardo Batllori y Sophia Canto escriben que “el mapa muestra que más del 50% del Estado se encuentra en una vulnerabilidad entre alta y extrema. Este resultado se obtuvo debido al grado de karstificación de las calizas presentes en Yucatán, así como la poca pendiente de la zona, al hecho de que funcione como un acuífero libre y debido a que el uso social del suelo no haya sido designado de acuerdo con la aptitud del mismo”.
Esta última línea es de particular importancia para la política económica y la toma de decisiones, pues la vulnerabilidad del acuífero debe ser incorporada en las políticas de desarrollo, las políticas públicas, y en toda acción de gobierno. Desafortunadamente, hasta ahora, éste no es el caso, pues se desarrollan industrias y actividades altamente contaminantes en zonas alta y extremadamente vulnerables.
El concepto de vulnerabilidad no sólo ha llevado a científicas y científicos a elaborar índices y metodologías para desarrollar mapas que indiquen en dónde es más vulnerable el acuífero. También se ha convertido en una poderosa idea para la defensa del agua en Yucatán. Si el acuífero es muy vulnerable, si fácilmente puede ser herido y dañado, entonces amerita un cuidado especial.
Desde luego, la noción de vulnerabilidad no sólo se aplica a acuíferos, sino también a seres humanos y otros seres vivos. Y, precisamente, la idea de una vulnerabilidad compartida entre diversos seres y ecosistemas se ha convertido en una de las bases para repensar los derechos humanos, tal como lo han hecho autores como Judith Butler y Bryan Turner. Los seres humanos —y otros seres vivos— somos seres de agua y estamos interconectados con otros cuerpos de agua. Los contaminantes que fluyen en el agua también forman parte de nosotros, aunque la vulnerabilidad y la exposición a contaminantes están desigualmente distribuidos en la sociedad.
Ya en 1941, el ingeniero Rodolfo Lara Vega advirtió en un informe que la tercera parte de las muertes en la ciudad de Mérida se debía a la contaminación del agua.
Por su parte, hace treinta años, L.E. Marín y E.C. Perry señalaron que más del 40% de la muerte de niños debajo de 6 años son causadas por enfermedades gastrointestinales causadas por patógenos transportados por el agua subterránea (“The Hydrogeology and contamination potential of northwestern Yucatan, Mexico”).
En su monografía sobre el agua, Irigoyen también manifestó que “las enfermedades hídricas que diezmaban a la población, principalmente la infantil, cobraron a nuestra entidad en la triste condición de poseer el índice más elevado de mortalidad de la infancia”.
Los porcentajes pueden ser fríos y no darnos una idea de la magnitud del sufrimiento de las niñas y niños enfermos y que fallecieron por la contaminación del agua, de sus familiares que los acompañaron durante su padecimiento y que entraron en duelo. Como observó Judith Butler, “ciertas vidas están altamente protegidas, y el atentado contra su santidad basta para movilizar las fuerzas de la guerra. Otras vidas no gozan de un apoyo tan inmediato y furioso, y no se calificarán incluso como vidas que ‘valgan la pena’” (“Vida precaria. El poder del duelo y la violencia”). La falta de protección del agua se traduce en la deshumanización de vidas, en la consideración de que hay vidas que no son dignas de atención, que no valen la pena.
Si bien, como observa Mónica Chávez, durante el período del año 2000 al 2010 se presentó “una reducción del 50% en las enfermedades infecciosas intestinales diarreicas agudas”, el “Programa Hídrico Regional” de la Conagua informa que, según la Secretaría de Salud, “Yucatán presenta la incidencia más alta de enfermedades gastrointestinales a escala nacional; las enfermedades parasitarias son el principal problema de salud pública de origen hídrico, a causa de altos niveles de contaminación bacteriana”.
Lamentablemente, no se trata sólo de enfermedades gastrointestinales, sino también de otros padecimientos vinculados con la contaminación, como el cáncer cervicouterino, cáncer de mama, malformaciones congénitas, entre otros.
La vulnerabilidad y la contaminación transmutan la abundancia en escasez y, en ocasiones, el propio gobierno de Yucatán ha reconocido este problema. Por ejemplo, en el “Informe Subnacional Voluntario 2020” que da seguimiento al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), leemos que “actualmente, existe una escasez de recursos hídricos, además de que los disponibles son de mala calidad y esto repercute en la sanidad alimenticia de las personas. Debido a lo anterior, el estado puso en marcha las siguientes actividades que permitirán a la población poder gozar del derecho al agua limpia”.
Sin embargo, en ese período, el gobierno de Yucatán apenas realizó 7 acciones para alcanzar el ODS 6, relativo al “Agua limpia y saneamiento”, en contraste con 92 para el ODS de salud, y 104 para el ODS de educación.
Los tomadores de decisiones de Yucatán no pueden seguir operando bajo la idea de abundancia —o gran disponibilidad— del agua en la entidad. Deben, de manera urgente, incorporar el concepto de vulnerabilidad en la formulación de políticas, programas y acciones de gobierno.— Mérida, Yucatán.
rodrigo.llanes.s@gmail.com
Investigador del Cephcis-UNAM
