feminicida de tahdziu

Filiberto Pinelo Sansores (*)

Al terminar el periodo de las mal llamadas precampañas se puede especular un poco de cómo sería el futuro de los yucatecos. Con la baraja incompleta a la vista, es decir, la lista de candidatos de las dos fuerzas tradicionales que se han disputado la dirección del estado por años, se puede decir que ningún cambio trascendente se vislumbra para el estado a partir de las historias de quienes han salido a la palestra.

Lo que se aprecia es la garantía de repetición de las viejas prácticas de la política hasta hoy conocidas, lo que equivale a tener cambio de taza, pero no de contenido. Con esas dos fuerzas, un PAN en el que se han ido incrustando personajes que lo han convertido en plataforma de exclusivos proyectos personales reñidos con las grandes necesidades populares y un PRI que desde siempre ha sido instrumento de grandes mafias políticas —a más de que ambas han mostrado con su actuación que representan intereses oligárquicos—, no hay de dónde escoger.

Mediante un bipartidismo integrado por esas dos fuerzas, que en una época fueron diferentes pero que, con el paso del tiempo, ideológica y políticamente se acercaron, tanto que han llegado a parecerse como una gota de agua a la otra —por sus dinámicas internas y sus compromisos externos—, la magna tarea de sacar al estado de la situación de pobreza y marginación en que viven sus mayorías y del escaso desarrollo que aún tiene, parecería pospuesta hasta las calendas griegas. Estas dos fuerzas se han puesto de acuerdo, muchas veces, en aspectos fundamentales de la vida nacional y la temática local para mantener el statu quo en que vivimos. Por lo tanto, no garantizan los cambios que el país y el estado requieren, sino dejar las cosas como están.

Por un lado, el PAN ha dado el nada edificante espectáculo de los empujones y los codazos de sus miembros para obtener candidaturas a las redituables posiciones a disputarse; por otro, el PRI exhibe su tradicional paz de los sepulcros, en la que no obstante los dedazos que imponen brutalmente candidatos, sus miembros todos permanecen borregunamente callados, sin objetar nada, esperanzados en que por la misericordia de arriba les toquen premios de consolación. Ninguno de los dos es garantía de solución a los grandes problemas del país y el estado.

Una de las características de esta fase del proceso ha sido el reciclamiento de viejos y no tan viejos políticos profesionales, quienes no obstante haber mostrado, en el ejercicio de los cargos que antes han detentado a qué intereses sirven, se sienten con derecho a seguir aferrados a la ubre presupuestal, avalados sólo por la fuerza de los apoyos recibidos desde lo más alto de sus organizaciones partidarias y el dinero que han gastado y seguirán gastando en sus campañas de promoción personal. Saltar de un cargo a otro es lo único que exhiben como preocupación central. Los viejos lugares comunes de todas las campañas anteriores son el lenguaje usado por ellos.

Las pruebas que la vida pública les ha puesto a los dos partidos para demostrar a quién realmente sirven permiten ver lo que puede esperarse de cada uno. Los dos le han fallado rotundamente al pueblo. Han demostrado doblegarse ante poderes fácticos o políticos en infinidad de ocasiones, como para pensar que, ahora sí, serán distintos y no repetirán lo que antes han hecho. Un somero análisis muestra que cuando sus integrantes han actuado en el ámbito municipal se han doblegado ante los dueños del dinero y, por ejemplo, han dado permisos que contravienen la ley para hacer obras que chocan con los intereses de grupos de habitantes de nuestra ciudad y cuando han ocupado curules en los congresos, tanto el local como el nacional, se han coludido, a la hora de las grandes decisiones, con quienes en el país o el Estado tienen, en ese momento, los hilos del poder.

Si hacemos memoria de cómo ha sido la actuación de los representantes de ambos partidos en la cosa pública, en los asuntos que afectan a las grandes mayorías, encontraremos que lo han hecho de una forma que no puede ser calificada más que de complicidad. Si hoy los yucatecos —como todos los mexicanos— padecemos el precio desmedido de los combustibles y la energía eléctrica y su consecuencia, la inflación, es porque antes, en el Congreso federal, estas dos fuerzas que ahora buscan el voto se unieron para aprobar leyes que están produciendo estos efectos.

Y hemos visto cómo en el Congreso local suelen ponerse de acuerdo para aprobar asuntos contrarios al interés colectivo, como lo hicieron cuando, pese al clamor popular aprobaron, agarrados de la mano, a un vicefiscal a modo en materia de corrupción. Es de elemental congruencia no disociar lo que cada partido hace en ambos campos, el nacional y el local, porque no hay ni puede haber un PRI nacional y un PRI local; un PAN nacional y otro, distinto, yucateco. Los intereses que se representan en uno como en otro terreno, son los mismos. Afortunadamente, el pueblo va abriendo los ojos y se va dando cuenta de los engaños en que incurren quienes andan a la búsqueda desesperada de su voto, pero que en los temas medulares que lo afectan se olvidan de sus diferencias y se unen a sus espaldas para defender intereses ajenos y hasta contrarios a los suyos. Si los dos partidos que se han peloteado hasta hoy el poder en la esfera nacional sirvieran con lealtad al pueblo, a Yucatán y a México otro gallo ya les hubiera cantado.— Mérida, Yucatán.

fipica@prodigy.net.mx

Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa

 

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