El oficio de incordiar
José Rafael Ruz Villamil (*)
“En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él”. Sin antecedente alguno en el pensamiento del Antiguo Testamento, estas palabras que el capítulo 6 del evangelio de Juan recuerda dichas por Jesús de Nazaret son, quizá, las más densas y audaces de él conservadas, además de continuar siendo todo un desafío a quien, desde la fe o desde la increencia, las lee. Y sin embargo, vale hacer un intento de aproximación.
Así, el término carne —sarx— refiere en el Antiguo Testamento la carne humana, aunque también puede designar al cuerpo en su totalidad y, por extensión, a la humanidad entera. Con todo, una de las acepciones con más fuerza del término habla de lo íntimo que la mujer significa para el hombre: “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne […] Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne”. Hay que añadir que el Nuevo Testamento mantiene la concepción veterotestamentaria del hombre como totalidad individual en contraposición a la idea dualista de alma-cuerpo, propia tanto del pensamiento griego como del helenismo y del gnosticismo: en este horizonte el evangelio de Juan emplea el término carne en relación directa con Jesús para decir su humanidad real y plena: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros…”.
En cuanto a la sangre —haima—, y como en otras muchas culturas de la antigüedad, es considerada en el Israel del Antiguo Testamento como el elemento portador de la vida del cual Yahvé es el único señor y, por consiguiente, sólo él puede disponer: de ahí que hasta la sangre de los animales resulte sagrada y venga a estar prohibido consumirla: “Sólo dejaran de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre…”. Por consiguiente, la sangre de los animales sacrificados viene a ser devuelta a Yahvé derramándola sobre el altar. Vale, por cierto, recordar y subrayar la calidad liberadora de la sangre en la gesta del Éxodo. En relación con la sangre, el Nuevo Testamento se mantiene en la misma tesitura, aunque conviene destacar que la expresión “carne y sangre” se refiere a lo humano total: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre…”.
En cuanto a lo arriba expuesto, hay que inferir que el meollo del texto en cuestión viene a ser la unión recíproca entre Jesús y sus discípulos a la vez que el envío que él mismo ha recibido del Padre. En efecto y en su aspereza lingüística, la propuesta remite a la exigencia del Maestro de ser acogido por los suyos de una manera radicalmente absoluta: así la expresión harto intensa de comer —trogo— con el matiz de masticar, plantea que Jesús de Nazaret quiere ser asumido en su individualidad total, en su humanidad plena. Es, pues, el énfasis en lo existencial inmediato, aunque con proyección al futuro absoluto, lo que tiñe la relación que supone comer la carne y beber la sangre del Hijo del hombre: acceder a su misma vida con el mismo sentido de su vida: “Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí”.
Ahora bien, la razón vital de la existencia del Maestro es hacer la voluntad del Padre, y la voluntad del Padre es que el mundo viva, esto es, que pasando de las tinieblas a la luz se consume la igualdad fraterna que aniquila las diferencias, las desigualdades y los estamentos partiendo de entre los discípulos hasta tocar la totalidad del mundo, realidad explicitada como la unidad entre los mismos discípulos entre sí y entre éstos últimos y Jesús y el Padre: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado […] yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado…”.— Mérida, Yucatán.
ruzvillamil@gmail.com
Presbítero católico
