José Antonio Ceballos Rivas (*)

Escribo estas líneas con lágrimas de tristeza y de gratitud en los ojos, en el corazón y en el alma, por la partida de don Armando Manzanero.

La verdad es que me ha costado mucho trabajo encontrar las palabras para hacerlo apropiadamente. Tantos han escrito y lo han hecho, siguen y lo seguirán haciendo tan bien acerca de lo que él ha significado para la música como compositor, como artista, descubridor y promotor de talentos, como genio de la creación con el reconocimiento de propios y extraños, que no hay nada más que pudiera yo agregar a ello.

Pero así como todos hicimos “nuestras” algunas de sus canciones, de la misma manera, y para empezar, yo hago “mías” las palabras que un buen amigo me escribió: “Don Armando fue más grande que su vida. Por eso será eterno”. Y de ello, yo sí sé un poquito. Y a partir de esta verdad incontestable que sintetiza su ser y su legado, les cuento algo muy personal, en este su adiós.

—¿Cómo te gustaría morir?— le pregunté alguna vez.

—Como Dios disponga —me contestó—, pero ojalá que no sea de algo ridículo como un resbalón y una caída en el baño.

Así Dios le ha permitido un adiós nada ridículo, sino épico y trágico. Una última batalla a muerte, entre su entrega absoluta a la vida y una ruin enfermedad que se ha cobrado una cuota de felicidad demasiado alta para la humanidad en este año 2020 que se va.

Para mí ha sido un dolor inmenso. Porque en buena medida me he tenido que beber, de un solo trago, la muerte de un padre, de un hijo, de un amigo y de un hermano. Nuestra amistad fue así de extensa, así de grande. Me aconsejó y me apoyó muchas veces. Me pidió mi parecer y mi ayuda en otras tantas. Estuvo pendiente y presente siempre. Compartió ampliamente conmigo su tiempo, su mundo y su talento.

Por si fuera poco, también me abrazó con su familia y por ello es que, desde hace mucho, tengo más hermanos, hermanas y sus proles, y por lo mismo, más alegrías y también más tristezas. Como ésta que compartimos con ellos ahora: el “hasta luego” a un tipo fuera de serie.

Testigo

Fui testigo en primera fila de su increíble asertividad llamando a las cosas por su nombre. De su manera de entender y de atender, de frente y sin dobles caras ni intenciones, asuntos y personas. De no posponer ni de desentenderse nunca de nada ni de nadie. De su entereza para saber darle vuelta a la hoja de los fracasos, de las tristezas, de los golpes bajos de la vida que nunca faltan, de levantarse como si nada y seguir adelante. Fui testigo de su carácter, de su valentía y de su bondad.

Me es claro que no podré agradecer nunca tanta vitalidad que su cercanía trajo a mi vida. Ni tanta risa de verdadera alegría que su excepcional sentido del humor puso a mi disposición. Ni la confianza absoluta que depositó en mí para algunas de sus cosas íntimas, que nunca traicioné. Ni su generosidad de sobra para conmigo y para cuanta persona se le acercaba necesitando o no, algo de él.

Inusualmente agradecido, inteligente, rápido, brillante… genial. Así vivió y así entró, finalmente, al tramo final de su camino. Del mismo modo a como saltaba siempre al escenario: seguro de sí mismo, elegante, plantado, sonriente, despierto y atento a todo y a todos y seguramente que pensando en lo que habría de comer al final de la “actuación”.

Uno de tantos días a solas con él, le conté de un pequeño cuestionario de Bernard Pivot utilizado por el actor James Lipton para concluir sus entrevistas a diversos personajes en el Actors Studio y que terminaba de esta manera: “Si el cielo existe, ¿qué crees que te dirá Dios cuando llegues a las puertas del paraíso?”

—Así que ahora te lo pregunto yo —le dije en aquella ocasión—, ¿qué crees que te dirá Dios a ti que disfrutas tanto, todo el tiempo y de tantas cosas?

Y él, sin pensárselo mucho, me volteó a ver y me contestó:

—Yo creo que me va a decir algo así como… ¡Pasa, a ver si te gusta!

Y es que él encarnó, como nadie que yo conozca, todo el sentido y la sabiduría de aquella frase legendaria de: “Carpe Diem”, algo así como “Aprovecha el día”. Esa fue su norma, su forma de vivir. Por eso la muerte, que de una u otra manera siempre llega, a él se lo encontró viviendo.

Y ya sabemos que vivir es también sufrir y él aceptó lo que le tocó en suerte, sin quejarse, estoico y lleno de fe, sin que las tristezas, los tropiezos o el dolor en el camino, le impidieran disfrutar el sol, la luna su “maravillosa luna”, el aroma, los sabores y los sonidos de cada momento.

Valor del tiempo

El entendía como pocos que el mayor tesoro que todos tenemos es el tiempo. Y precisamente por eso, jamás desperdició un solo minuto del suyo en rencores, en habladurías, en envidias ni mucho menos en venganzas.

Fue así que alguien que disfrutó y le sacó todo el jugo de bien a su existencia, se murió dedicado a vivir. La muerte tuvo que perseguirlo bastante tiempo para poder descuidarlo y encontrar su oportunidad. Porque él, entregado a la vida hasta el último momento, se encontraba siempre trabajando, soñando, creando, viajando, disfrutando del mundo que le parecía sensacional, de la comida maravillosa, de la familia imprescindible, de los amigos entrañables y agradecido de su historia de amor. Del amor en todas sus historias y en las tantas variantes que el amor nos brinda y, entre ellas, con el amor de su mujer, de su familia y de su público.

Lo encontraron y lo sorprendieron, sí, pero feliz, haciendo lo que amaba y portando con naturalidad esa actitud invencible que llevaba a flor de piel y en cada fibra de su corazón, no digamos ya como artista, sino simplemente como ser humano.

Ahora mismo, con los tantísimos homenajes y testimonios que han comenzado a desgranarse por todos lados, podremos darnos cuenta de cómo su mano se prodigó y nos tocó a infinidad de personas con sus canciones, para hacernos compañía el resto de la vida. De cómo, para tantos artistas, estuvo para iluminarles el camino, para motivarles el corazón, para brindarles una oportunidad. De cómo es increíble que una sola persona pueda dar tanto a tanta gente. Así fuera, simplemente, para dejarles en una fotografía, el recuerdo de haber estado en presencia de uno de los grandes.

No le gustaba…

Desde muy pronto me di cuenta de que no le gustaba hablar de él mismo y de que, como a los verdaderamente valiosos, tampoco le gustaban mucho los elogios. Más que incomodarle, pienso que se le dificultaba un poco el cómo responder a ellos. Y al no poder evitarlos, casi siempre los agradecía sin palabras, con una media sonrisa y una leve inclinación de cabeza o llevándose la mano derecha al corazón, pero cambiando de tema rápidamente.

Así que me fue muy difícil darle las gracias por tanto. Y las veces que pretendí hacerlo, prácticamente me lo impidió no dándole la menor importancia al asunto. Pero un día me llegó la oportunidad de dejarle constancia, por lo menos una sola vez, de todo.

Y cuando produjo el disco “Manzanero con Ceballos” que consta de 10 canciones en coautoría conmigo, él me dedicó unas líneas que yo atesoro y yo éstas a él: “Con el favor de Dios, este disco existe nada más que por la generosidad de don Armando Manzanero. Una generosidad que va más allá de su enorme talento y de su extraordinaria calidad como ser humano, como compositor, artista y promotor universal. Ser su amigo ha sido uno de los privilegios más grandes y más entrañables de mi vida. Ser su coautor ha sido, es y será para mí, un lujo inmerecido, una forma quizá romántica pero muy real de permanecer juntos a través del tiempo y una inmejorable oportunidad para decirle ‘gracias’ por todo y por siempre. Con todo mi corazón, a mi hermano del alma”.

Y sobra decir que nunca nos hicimos, al respecto, el menor comentario.

La muerte

El caso es que, como bien ha escrito don Armando Fuentes Aguirre, “la muerte no triunfó sobre él: ¿puede haber muerte para quien tanto dio a los demás? Cada canción escrita por el gran yucateco es un certificado de inmortalidad. No muere nunca quien ha hecho una canción que el pueblo canta. El tiempo pasará. Él no. Sus canciones le han dado ya la vida eterna”.

Así es. Así será. Y yo lo voy a extrañar horrores en tanto volvemos a vernos. Porque en eso quedamos. En vernos nuevamente en la otra vida. Y él siempre cumple con su palabra. Así que yo espero en Dios, algún día, poder cumplir también con la mía y encontrarnos y reírnos y abrazarnos largamente.— Mérida, Yucatán

jacer50@hotmail.com

Médico y escritor

 

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