Las lecciones que dejó la peste negra
Edgardo Arredondo Gómez
La historia se repite. Ese es uno de los errores de la historia, Charles Darwin
La noticia pegó directo a la línea de flotación en el combate contra la actual pandemia.
Una cepa con un poder de contagio mayor (se habla de un 70%), apareció en el sur de Inglaterra con grandes posibilidades de extenderse y llegar pronto a Londres.
Los ingleses pueden presumir en haber sido los primeros en aplicar la vacuna de Pfizer, hecho que no fue del total agrado de la Universidad de Oxford, pero hecho trascendental cuando el rebrote de la pandemia comienza a ser una seria amenaza de saturación en los hospitales. Pero retrocedamos unas cuantas semanas. Las autoridades tuvieron que dar marcha atrás y anunciar medidas de confinamiento que como era de esperarse desataron una serie de manifestaciones, algunas violentas, sobre todo de los jóvenes londinenses que ya no soportan el encierro.
Exactamente hace 355 años: Londres, Inglaterra se sacudía con la peste negra, enfermedad que con los recursos terapéuticos de hoy en día palidece ante el Covid.
“Diario del año de la peste”, de Daniel Defoe aunque es un relato ficticio, se basa en las experiencias de los diarios del tío del escritor: Henry Foe y habla del Londres de 1665, que sufrió el azote de la gran plaga. Es muy interesante observar las disposiciones que para entonces a modo de “Ordenanzas”, había proclamado la Alcaldía de Londres (1665):
Notificación del mal
“En toda casa en la que alguien se queje de manchas, rojeces o hinchazón en cualquier parte del cuerpo, o caiga gravemente enfermo sin que se adviertan señales de que ello es debido a algún otro mal, el dueño de la casa dará aviso al inspector de salud en el plazo de dos horas a partir del momento en que se manifiesten los síntomas. Tan pronto como cualquier persona sea declarada infectada por la peste, quedará recluida en su casa, y en este caso, aunque más tarde la susodicha persona no muera, la casa quedará clausurada por un mes”.
Esto era en aquel entonces su “Quédate en casa”.
Clausura de la casa
“En caso de que alguien haya visitado a una persona que se sabe que está enferma de la peste, o haya entrado voluntariamente en una casa notoriamente contaminada, sin estar autorizado para ello, la casa en donde dicha persona habite quedará clausurada durante todo el tiempo que determine el inspector. Todas las casas contaminadas deberán ser señaladas con una cruz roja de un pie de longitud en medio de la puerta, de modo que sea visible para todos y deberá colocar un letrero que diga: ‘Señor ten piedad de nosotros’. Se deberá clavar encima de la cruz, y seguirá en la puerta hasta la reapertura legal de la casa (había vigilantes para evitar que la gente saliera). Esto era su censo por calles y colonias, para hacer el cerco sanitario”.
“Los alguaciles deberán comprobar si todas las casas están clausuradas y debidamente atendidas por los guardianes; estos últimos deberán impedir que los habitantes salgan a la calle y proporcionar a los de la casa todo lo necesario, a costa suya si pueden o de lo contrario a costa de la comunidad” (confinamiento con asistencia económica… ¡ya hubiéramos querido!).
“Cuando en una casa habiten varias personas y alguna de ellas resulte infectada, a ninguna persona ni miembro de la familia de esa casa se autorizará para cambiar de residencia sin un certificado de los inspectores de la salud”.
En síntesis: te quedabas en tu casa, o ¡te quedabas en tu casa! Las autoridades apoyaban económicamente a la familia afectada.
Coches de alquiler
“Los cocheros no deberán alquilar su coche después de trasladar a personas contaminadas, ya sea al hospital de apestados o a cualquier otro lugar; esto se realizará solo cuando el vehículo haya sido debidamente desinfectado y no se haya utilizado”.
La regulación del transporte público de aquella época.
Espectáculos
“Todo espectáculo, ya sea de representaciones teatrales, de combates de osos, de juegos, de cantos de baladas, de luchas con espada y escudo, u otros semejantes que den motivo a reuniones públicas, quedarán totalmente prohibidos y los transgresores serán severamente castigados” (cero aglomeraciones, sana distancia).
Prohibición de banquetes
“Todo banquete y particularmente los de las corporaciones de esta ciudad, y comidas en tabernas, cervecerías y otros lugares públicos de reunión quedan prohibidos hasta nueva orden” (lo que equivalía a la regulación hoy en día, de eventos donde se sirviera comidas o la regulación de los restaurantes).
Despacho de bebidas
“Se considerará como un grave pecado de nuestro tiempo y causa principal de la propagación de la peste, esa bebida desordenada en tabernas, cervecería café y bodegas. No se permitirá a ninguna persona que ingrese en alguna taberna, cervecería o café, para beber, pasadas las nueve de la noche” (la “Ley seca” y el “Toque de queda” de aquellos tiempos).
Pero otras cosas se deducen del interesante trabajo de Daniel Defoe: Cuando el número de muertes fue en ascenso, el diagnóstico de peste negra era suplido por el de tabardillo pintado que era el nombre que se le daba en aquel entonces al tifus o fiebre tifoidea. Y me recuerda la analogía cuando acá hablábamos de neumonías atípicas en lugar de poner el nombre de Covid a los fallecidos.
Las iglesias o abadías que eran las que manejaban los entierros, si rebasaban cierto número de casos eran obligadas a cerrar, y ya no eran negocio los entierros, por cierto, estos tenían que ser en la noche para no entorpecer las actividades litúrgicas.
También existió la proliferación medicamentos milagrosos, pues se ofrecían: Píldoras preventivas infalibles contra la peste, conservantes que nunca fallan para la infección, píldoras antipestilenciales. Aquí me hacen recordar, entre otros, al dióxido de cloro, que por cierto ya ni se le menciona.
Por si fuera poco, hubo acontecimientos astronómicos, como el paso de cometas y la conjunción de planetas, como ocurre ahora.
Las ordenanzas hablaban hace más de tres siglos de notificación oportuna, aislamiento y restricción de la movilidad.
Londres Inglaterra hace 355 años. Ahí está la historia, los londinenses de ahora, como sus ancestros también hicieron caso omiso.— Mérida, Yucatán
arredondo61@ prodigy.net.mx
Médico y escritor
