Cosas cotidianas

4 de noviembre. Inmediaciones del colegio Montealto de Mirasierra, Madrid. A eso de las 5 de la tarde, un estruendo, un par de abrazos con llanto desconsolado, un capellán dando la extremaunción y el alma de una niña tiñeron la tarde de gris, quizás de negro, entre tanto alboroto, frío y drama.

Justo hace una semana del suceso. Como otro día cualquiera, los niños salen de la escuela, de marcado acento católico. Los padres se agolpan en las inmediaciones con sus automóviles esperando la salida de sus hijos.

María, de cinco años, está a poco de cumplir una especie de madurez dentro del centro, aquella edad en la que deja de compartir clase con niños, quienes continuarán los estudios en una escuela perteneciente también a dicho colegio, El Prado, a poca distancia de Montealto.

La tía de María es maestra en la escuela. Su madre también trabaja ahí. Es administrativa. De hecho, se llama igual que su hija, como la Virgen María, a quien tanto veneran en la familia y en la escuela. Por eso, resulta tan curioso que la otra protagonista de esta historia tristemente verídica también se llame María, otra mamá, cuya vida cambió para siempre.

María, la menor, espera junto con otras niñas, Begoña e Isabel, de 10 y 12 años, respectivamente la llegada de los coches que les llevarán de vuelta a casa. En una escuela de más de 1,500 alumnos, ellas tres son tres puntitos más dentro del caos que vive el lugar cuando llega la tarde. Mientras María espera a la salida, su mamá termina las labores escolares.

Un Volvo automático se acerca a escasa velocidad. En su interior, María, la tercera protagonista, va a recoger a sus hijas. Se acerca a la salida y frena. Quiere estacionarse. La pequeña María, Begoña e Isabel están frente a ella. Con el pie en el pedal del freno, coloca la palanca en reversa. O eso cree. En su lugar, acelera y embiste a las tres niñas.

Ninguna reacciona a tiempo, pero la peor parte se la lleva María. Un traumatismo craneoencefálico severo y un fuerte golpe en el pecho, que le provoca la fractura de algunas costillas acaba con su vida poco tiempo después. Begoña e Isabel terminan en el hospital.

La formación cívica y religiosa de la escuela, perteneciente al Opus Dei, es ejemplar. Como en el Colegio Mulhacén, al que un servidor perteneció —orgullosamente— en Granada, también del Opus Dei, la formación que recibimos es integral, encomiable. Tras el accidente, unas niñas buscan a la mamá, otras al capellán de la escuela para que pueda darle la extremaunción, y unas más a una clínica cercana. Cuando llegan los dos primeros, María aún respira.

Su madre le abraza, llora y acierta a lanzar un “te quiero” a la altura de la mejilla de la pequeña. No es invención. Así lo hace y lo afirman los testigos.

El capellán hace su parte. En el Volvo, María tiene un ataque de nervios al mismo tiempo, que el pequeño corazón de la menor deja de latir.

María, su mamá, reacciona y ve a María, la persona que acaba de llevarse la vida de uno de sus seis hijos. Se acerca y le abraza para consolarle. La dueña del Volvo está rota. Todos los están. De hecho, días después del acontecimiento, María y su esposo, Álex, envían una carta a los medios y la comunidad escolar agradeciendo el interés, las muestras de cariño y el esfuerzo de la gente por estar cerca de ellos. Aprovechan para dedicar un párrafo a la madre que mató sin querer a su hija:

“Sé que lo estáis haciendo, pero os ruego muchas oraciones por las otras dos familias (las de Begoña e Isabel) y por María, la madre que le ha tocado, a nuestro parecer, el peor trago del accidente y una vez más le repetimos que se abandone en el Señor para darse cuenta que no tiene culpa alguna y que aunque sea incomprensible, Nuestro Dios lo ha permitido para sacar bienes mayores (…). El amor humano es finito, pero el amor de Dios es infinito”.

La pequeña María deja de respirar instantes después del accidente y su mamá tiene que aprender a respirar sin ella, así, de sopetón, envuelta en misericordia y humildad. La comunidad escolar, maestros y profesores siguen el ejemplo y se refugian en la fe y la oración. “Es un trágico accidente que solo puede sobrellevarse si tienes fe”, dice un papá al día siguiente del acontecimiento, mientras lleva a varios de sus 10 hijos a la escuela.

María se va con apenas cinco años, pero deja un aprendizaje enorme en toda una comunidad, una ciudad y, por qué no, en todos aquellos lugares donde resuena el eco de esta tragedia.

Réquiem. “María y yo, para poder dormir, compartimos a Dumbo, el elefante de peluche de nuestra bebé, pero con la certeza de que ‘Mariquilla’ (así le llamaban de cariño a María) está gozando más que nunca en el cielo porque era una disfrutona de la vida; yo creo que ella sabía que solo allí podía estar mejor con su verdadero Padre y su verdadera Madre. A nosotros nos queda el consuelo de pensar que hemos dado todo para que nuestra ‘Mariquilla’ haya estado muy bien cuidada (…). Y damos gracias a Dios por estos cinco maravillosos años que nos ha regalado con ella” (Álex y María). Casi nada…— Mérida, Yucatán.

@erjavievie

Periodista

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