“No me mires, que miran que nos miramos. / Miremos la manera de no mirarnos. / No nos miremos, / y cuando no nos miren nos miraremos”.

Necesitaría yo que estuviera aquí mi sabia y bondadosa maestra de Literatura en el tercer año de secundaria de la Benemérita Escuela Normal de Coahuila, doña Amelia Vitela viuda de García, para que me dijera a qué género pertenecen esos lindos versos, si son rima, copla o madrigal.

Diré en todo caso que los hallé en un texto de don Ricardo Palma. Leyendo en mi primera juventud las páginas sabrosas de ese gran autor aprendí a amar a Perú, cuyo pasado colonial tiene la misma riqueza que el de México.

De ese país hermano conservo un gratísimo recuerdo. Fui a Lima a presentar en su Feria del Libro uno de los míos. Cuando entré en la sala donde la presentación iba a tener lugar había en ella dos personas: el representante de la Feria y el de mi editorial.

Eso no me turbó demasiado: en cierta ocasión di una conferencia para una sola persona, de modo que tenía el doble de público. Además conmigo iba mi esposa, la mejor de mis oyentes —y la más acertada crítica—, así que con ese nutrido público de tres personas empecé mi perorata.

Y sucedió que la gente que pasaba frente a la puerta abierta del salón se detenía, me escuchaba con curiosidad y luego entraba y tomaba asiento.

A los 10 minutos de haber comenzado a hablar ya tenía yo sala llena. Y créanme que el recinto no era nada pequeño. “Nunca había visto nada igual”, comentó el organizador. Le dije: “Yo tampoco”.

Ese día recibí como regalo de la Feria las “Tradiciones peruanas” de don Ricardo Palma, en cinco robustos volúmenes que atesoro como parte de lo mejor que hay en mi biblioteca.

Pluma y picardía iguales a las de mi paisano Valle Arizpe tenía don Ricardo.

Leí también en años juveniles, en una edición de la venerable Sopena Argentina, “La gloria de don Ramiro”, del argentino Enrique Larreta.

La gloria de ese hidalgo que vivió en tiempos de Felipe Segundo consistió en haber conocido en Perú a Santa Rosa de Lima. Visité su convento, y traje conmigo una bella imagen de la bella santa.

Ahora ese país tan querido para mí atraviesa tiempos procelosos. La desmesura en el ejercicio del poder suele traer consigo vientos de tormenta, al menos donde hay Congresos verdaderamente autónomos, y no intendencias al servicio del mandón en turno. Espero que el orden y la paz, frutos de la ley y la justicia, vuelvan pronto a Perú.— Saltillo, Coahuila.

 

 

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