Con su letra Palmer de líneas hermoseadas por ribetes alargados y finos, don Polo Ricalde y Tejero hacía inacabables anotaciones en su pequeña libreta, acompañado de un expreso cortado, en el rincón del café del norte de la ciudad que frecuentaba con lealtad devota. Sobre la mesa, el Diario del día reposaba desgarbado tras ser leído en su totalidad.

Cuando vio llegar a su amigo lanzó una exclamación que recordaba a los sabios griegos pontificando en el ágora o a aquellos magníficos desplantes teatrales de Juan José Arreola:

—¡No sin denuedo —dijo—, legisladores de todos los partidos tratan de colocar iniciativas a su nombre o el de sus bancadas en las sesiones de los congresos, lo mismo locales que federales!

Sorprendido, Ángel Trinidad tomó asiento y lo miró con curiosidad. Contrariado, logró externar:

—Es que son muy chambeadores, don Polo.

Don Polo Ricalde y Tejero, quien no alcanzó a determinar si el tono de su amigo fue en serio o con sorna, abrió la libretilla donde hacía anotaciones y empezó a enumerar:

—”Iniciativa para garantizar el uso de la casa como protección”.

Al escuchar esto, Ángel Trinidad enarcó una ceja en señal de “no entendí nada”.

—Aquí va otra: “Iniciativa a la Ley de Educación para ampliar materias artísticas”.

—¿O sea que a Yucatán le faltan artistas?

—No creo —respondió don Polo—, porque el teatro regional, uno de sus receptáculos, fue también objeto de otra iniciativa, ésta para convertirlo en patrimonio.

—¿Con mentadas de madre y leperadas en español y maya incluidas? —preguntó Ángel Trinidad—. Porque usted bien sabe, don Polo, que los tiempos en que en el teatro regional no se recurría a la leperada abierta, sino que se arrancaba la carcajada al público con doble sentido, ingenio e inteligencia murieron con Cholo.

—¡Cómo no acordarme! Sólo el título de una de sus últimas obras es un monumento al ingenio. Fue, recuerdo bien, cuando estaba de moda la película del hombre araña. Cholo tuvo la formidable idea de titular su obra con un sencillo pero rotundo agregado: “El hombre araña… el presupuesto”.

—Rotundo y ciertísimo desde años inmemoriales hasta la actual y arañadora 4T.

—Ellos no arañan… arrancan a puños. Eso sí, mientras guardan el botín gritan a todo pulmón “¡al ladrón, al ladrón!”, para que los ingenuos se distraigan mirando a otro lado.

—Lo suyo, lo suyo, lo suyo no es la honestidad que digamos.

—¡Qué va! Pero sigamos enunciando iniciativas: “Iniciativa de reforma a la Ley de Mecanismos Alternativos de Solución de Controversias”. La idea es agregarle temas relacionados con la tecnología… Y hay más, pero aquí nos detenemos. Todas estas iniciativas se presentaron esta semana en el Congreso local.

—¡Qué manera de trabajar por el pueblo!

Don Polo empezó a toser tras beber un sorbo de su expreso cortado.

—¡No me hagas reír que me atraganto! En fin, si lo que quieren es figurar presentando iniciativas que los hagan visibles, aunque sean disparates, yo les tengo una que reportará grandes beneficios, incluso aplausos a quien la presente.

—Parece hablar usted de la panacea.

—No es la panacea, pero es una iniciativa tan simple como digna de ser abanderada por alguien que verdaderamente piense en reforzar las instituciones y en el respeto a la representación popular.

—Ahora sí ya me dejó intrigado. Parece que el candidato a diputado es usted.

—No lo soy ni lo seré, ¡Dios me libre! Pero aquí la dejó para quien quiera recogerla en su beneficio. Tiene que ver con los llamados diputados chapulines. No me refiero a aquellos que saltan de partido en partido pero que, una vez electos en las filas de uno, ahí se quedan, al menos mientras dura su encargo. Lo que planteo tiene que ver con aquellos que dan el chapulinazo cuando están ya ocupando una curul. Sólo en la legislatura federal anterior, 2018-2021, y únicamente en la Cámara de Diputados, se tiene registro de 143 legisladores que cambiaron de partido estando en funciones, ¡casi un 30% de los 500 legisladores! El dato es de Animal Político (14 de abril de 2021).

—¡Uay! ¿Y en esta legislatura, cómo vamos, don Polo?

—No se ha sacado una estadística, pero basta con recordar el caso más sonado en nuestro patio, el del senador Raúl Paz. Y en la Península, además del expresidente estatal del PAN, está el hijo del exgobernador de Campeche, Carlos Aysa, que dio el salto del PRI a Morena.

—Ya me quedó claro, don Polo. Y dígame, en qué consiste su iniciativa.

—En aplicar la lógica, simplemente. Supongamos que tú votaste por Raúl Paz…

—¡Qué pasó, don Polo!

—Es una suposición, caray. No te sulfures. El asunto es que, si él llegó al cargo, aunque lo hizo como segunda mayoría, lo alcanzó gracias a quienes votaron por él. Pero aquellos que lo hicieron votaron por el Raúl Paz panista. Al momento de dejar de serlo, deja también de ser el objeto del voto, de modo que se elimina la razón que lo hizo llegar a la curul.

—O sea que…

—O sea que la iniciativa que se debe presentar consiste en que cualquier legislador que cambie de partido, al hacerlo debe perder automáticamente el cargo. De lo contrario, no se respeta la voluntad popular.

—Sí, pero eso solo aplicaría para los legisladores de mayoría.

—De ninguna manera. También para los plurinominales. Veamos el caso de Yucatán. En la legislatura actual hay un cambio, el de la diputada Fabiola Loeza, quien abandonó la bancada del PRI.

—Insisto, ella es plurinominal.

—Por supuesto, pero llegó ahí por su posición en las listas del que era su partido al momento de la elección. Mi propuesta, por tanto, tiene el mismo impacto en este caso: al dejar el partido que la postuló, perdería la curul y aquel instituto político tendría la libertad de colocar en su lugar a la siguiente de la lista.

—¿Cree que procedería algo así?

—Antes de hacernos esa pregunta, hagámonos otra: ¿habrá alguien que se atreva a apadrinarla? De ser así, entonces nos preguntaremos lo que tú planteas: ¿procedería?— Mérida, Yucatán

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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