Son 52 años los que reposan sobre mis espaldas en lo que a periodismo escrito se refiere.
Desde la corrección de pruebas y de estilo hasta los diversos menesteres de una redacción.
Sé perfectamente que los tiempos varían. La tecnología, con ese doble rostro (benévolo–maligno) de aquellas deidades asirias, rige ahora amplias áreas de entretenimiento e información.
Pero ante la fugaz y confusa complacencia que deparan los celulares, las tabletas y las computadoras, una incalculable cantidad de antifaces petrifican la seguridad de cuanto vemos o escuchamos.
Por tanto, no son mis canas ni el pulso de la nostalgia quienes me llevan a preferir y optar por la prensa escrita, el periódico, la revista, para poseer un margen de certeza entre esos hilos de araña que no ahora —siempre— han estructurado la realidad, tanto la cercana como la de otras latitudes.
En los llamados “medios electrónicos” aparecen numerosas afirmaciones —sobre todo sobre historia, religión o filosofía— sin que exista el aval científico o teológico que se requiere. Tal parece como si se aceptase que si aquel conducto nos ofrece la información tenemos que suspender el juicio y aceptar.
En la prensa escrita todavía subsisten —aunque en menor cuantía que en otros tiempos— plumas acreditadas por su trayectoria profesional, escritores cuya existencia social y académica les ha otorgado un elevado nivel de credibilidad y solvencia. Hombres y mujeres entregados a sus especialidades con una entrega rigurosa y acreditada.
La informática electrónica es más fugaz que la escrita, puesto que ante la avalancha de imágenes e información (muchas veces, cuestionable) no permanece más que lapsos ínfimos y según las conexiones o relaciones que se posean. De manera que no todos los “usuarios” reciben la misma lluvia de ideas.
En la cuna de la democracia, en el Atica o Atenas, los oradores que subían a la palestra tenían amplia libertad de palabra, incluso para señalar los errores de los gobernantes electos, quienes podían responder, pero nunca limitar la capacidad de sus opositores, pues se consideraba que la crítica (también en la tragedia o en la comedia) era una función no solo apta, sino forzosa para un buen ciudadano.
Los periódicos libres son, ahora, la defensa más firme y segura contra los intentos de tiranía. De ahí las persecuciones y las clausuras. El tiempo nos dirá.— Mérida, Yucatán.
*Cronista de la ciudad de Mérida
