A unos cuantos días de cumplirse el segundo mes del sensible e inesperado fallecimiento de nuestro querido y entrañable amigo el doctor Edgardo Martínez Menéndez, me atrevo a hacer una breve semblanza de sus actividades, en las que una buena parte de ellas, especialmente durante nuestra vida estudiantil y profesional, tuve la oportunidad de estar muy cerca de él.
Yo conocí a Edgardo cuando estudiaba mi bachillerato en la Escuela Preparatoria de la Universidad de Yucatán; una tarde, en uno de los balcones que daban a la cancha del Edificio Central, me llamó la atención el grupo de integrantes de la banda de guerra de la Universidad que estaban ensayando, en especial, un joven no muy alto, quien con mucha enjundia, dirigía a los miembros de la banda, enseñándoles los toques y evoluciones; algunos de ellos eran notoriamente mayores que él y era hermano mayor de uno de mis compañero de salón.
Se preparaban para el desfile del 16 de septiembre en el que como en todos los desfiles cívicos militares, la Universidad encabezaba.
Edgardo era admirado por su forma de dirigir la banda, enérgico y disciplinado, exigía a sus integrantes una férrea disciplina, que le valió en no pocas ocasiones haber recibido el premio como la mejor banda de guerra.
Fue su sargento durante sus años de estudiante. Al concluir su carrera de Médico, tuvo que dejar de dirigirla, ya que se ausentó del terruño para estudiar un posgrado en Radiología en Norfolk, Virginia, Estados Unidos durante cuatro años.
Durante nuestra etapa estudiantil en la Universidad, tuve la oportunidad de participar con Edgardo en algunas campañas políticas estudiantiles en las que amigos y compañeros de diferentes facultades participaban para obtener las presidencias de las sociedades de alumnos, las consejerías estudiantiles y la misma Federación Estudiantil Universitaria.
Él ocupó varios cargos en las sociedades de alumnos de la facultad de Medicina y acudía a las reuniones de la Organización Nacional de Estudiantes de Medicina, que se llevaban al cabo en diferentes ciudades del país. Destacó siempre por su liderazgo y sus grandes dotes de orador; en una de las Asambleas Nacionales, sus compañeros lo eligieron presidente de la Organización, cargo que ocupó durante un año, por lo que pudo visitar las diferentes facultades de Medicina del país.
Al regresar de sus estudios de posgrado, Edgardo prestó sus servicios profesionales durante más de 30 años en el Instituto Mexicano del Seguro Social.
También ejerció con gran éxito su especialidad en el Centro Radiológico del Sureste A.C., que fundara el reconocido medico yucateco Dr. Cirilo J. Montes de Oca y del que se retiró hace algunos años.
Fue presidente de la Federación Mexicana de Radiología e Imagen, A.C, y formó parte de un grupo de especialistas nacionales e internacionales en los estudios sobre mamografía, que le valió ser invitado a impartir conferencias y dirigir talleres, de su especialidad, en diversas ciudades del país y del extranjero.
Los últimos 23 años los dedicó a dirigir con gran éxito la Comisión de Arbitraje Médico del Estado de Yucatán, cargo en el que lo sorprendió la muerte.
Alrededor de los años 70, Edgardo, junto con otros profesionistas egresados de la Universidad de Yucatán, que habían sido líderes de las organizaciones estudiantiles de la Universidad, se dieron a la tarea de organizar en el mes de diciembre de cada año un desayuno denominado “desayuno de la amistad universitaria”, aprovechando que en esas fechas regresaban a pasar sus vacaciones decembrinas los que radicaban fuera del Estado.
Estos desayunos eran una verdadera fiesta de la amistad, se olvidaban las diferencias que se tuvieron en los avatares de la política estudiantil y nos reuníamos al calor de nuestra Alma Mater.
Edgardo se encargaba de dar la bienvenida en estos eventos y de llevar el libro de asistencia en el que nos registrábamos y actualizábamos los datos personales para estar en contacto durante el año. Esta libreta era un tesoro para él, la cuidaba con esmero y lo hizo durante casi 40 años.
Este desayuno se sigue llevando al cabo gracias a que nuevas generaciones de líderes estudiantiles universitarios han decidido tomar la estafeta de continuar organizándolo con gran éxito; en los últimos años, se realiza en fechas cercanas al 14 de febrero, día de la amistad.
Una faceta importante de la actividad de Edgardo en el Estado fue la administración pública y la política.
Fue secretario de Salud del gobierno del Estado, regidor del Ayuntamiento de Mérida, diputado local y directivo del Sindicato de trabajadores del IMSS Delegación Yucatán.
Recibió importantes reconocimientos, entre los que recuerdo: la Medalla Yucatán, conferida por el gobierno del Estado en el año 2010, y la Medalla de Oro de la Federación Mexicana de Radiología e Imagen, A.C., otorgada en un Congreso Nacional de Radiología en Puebla.
Una fecha inolvidable para Edgardo y sus amigos era el 1 de enero, en el que celebraba su cumpleaños; sin necesidad de invitación previa, acudíamos a su casa al mediodía para darle el doble abrazo, por año nuevo y por su cumpleaños, reunión que terminaba casi a la media noche y en la que nos reencontrábamos los amigos de siempre.
Le agradezco que me hubiera distinguido siempre con su amistad; disfrutaba de con su plática amena y enriquecedora y en no pocas ocasiones acudí a él en busca de consejo.
Independientemente de su trayectoria profesional y liderazgo social, tuve la oportunidad de constatar sus valores morales y su acendrada verticalidad en todo lo que llevaba al cabo; en la homilía que pronunció el Pbro. Jorge Carlos Menéndez Moguel en su misa de exequias comentaba que: “Edgardo era de una sola pieza y hacía las cosas, no para que lo vieran sino por convicción”.
Hoy a casi dos meses de su sentida partida, sigo lamentando mucho su ausencia, precisamente el día anterior a su fallecimiento tuve la dicha de platicar con él, para reiterarle una invitación a mi casa al día siguiente, en la que nos reuniríamos un grupo de amigos bohemios en una velada musical, de las que disfrutaba mucho y en las que no en pocas ocasiones nos deleitaba con su armoniosa y entonada voz.
Seguramente hoy Edgardo está disfrutando de la Gloria de Dios; con estas líneas le envío un abrazo fraternal a quien fuera un ejemplar católico, esposo fiel, padre amoroso, abuelo querido y un inolvidable y gran amigo.— Mérida, Yucatán.
Exrector de la Uady
