La historia de la humanidad es una larga sucesión de luchas entre aquellos que desde el principio somos hermanos.

Desde siempre unos quieren callar la voz de aquellos a los que perciben como una amenaza a sus intereses personales, pero la voz de Dios nunca se podrá callar, porque resuena en lo más íntimo del corazón del ser humano.

“La Verdad nos hará libres”… esta afirmación del evangelista San Juan (8, 32). Ha sido citada por más de un filósofo, y conlleva la profundidad de la reflexión de una comunidad que ha conocido la “libertad”, a pesar de haber sufrido el martirio de muchos de sus miembros. Y para mí, como cristiano y como sacerdote, la Verdad se identifica con una persona: con “Cristo”.

No es fácil ser libres, ni para el individuo, ni para las instituciones, llámese prensa, televisión o Iglesia misma… porque para ser libres, necesitamos no solo conocer la verdad, sino vivir en ella. Y de ahí dimana la fuente de nuestra libertad. Dicho de otra forma: ¡Quien vive bien, habla bien!

El valor de quien se atreve a pagar el precio de ser libre es incalculable, porque las dimensiones de su obrar y de su pensar, al conectarse con los anhelos más profundos del ser humano producirá una luz en las conciencias, aun en aquellas que no quisieran escucharlo o que incluso desearan callarlo.

Admiro y animo el valor de una prensa que no cae en el juego del amarillismo, y entiendo muy bien que no se improvisa con técnicas de redacción, sino que proviene de corazones de seres humanos que en sus diferentes roles en la vida han decidido vivir con la misma actitud, porque aquellos que escriben tocando las conciencias son también los padres de familia que se atreven a señalar un camino de honestidad a sus hijos, aun a pesar de la incomprensión de ellos; son los profesores que a pesar de sufrir la mordaz crítica de los mismos padres de familia, continúan sosteniendo una educación coherente con sus principios; son aquellos políticos que teniendo que pagar el duro precio de la impopularidad siguen proponiendo sus ideales con veracidad, tal y como a ellos les gustaría ofrecérselos a la sociedad, en fin, la pluma no hace al editor, sino el modo de vivir del editor es lo que hace a la pluma.

A pesar de todo lo que he expuesto, tengo que reconocer también que no es fácil discernir quién conduce a la libertad con sus palabras, porque es bien sabido por nuestra experiencia humana que se pueden decir palabras dulces al oído, que lleven como intención, condicionar aún más nuestra libertad.

Desde mi percepción, el único criterio infalible, es: “la vida”… le creeré a quien yo vea su modo de vivir; en otras palabras: “Por sus obras los conocerán… árbol bueno, da frutos buenos y árbol malo da frutos malos” (Mt. 7, 16-18).

Lo que he aprendido en mi experiencia de 14 años como médico, sacerdote, director espiritual, y actualmente como rector, es que cualquier esfuerzo por promover una sociedad cada vez más libre, nace primero de nuestra propia libertad interior, pues quien es esclavo “de lo que sea” (celulares, relaciones sociales, imagen personal, adicción a drogas, materialismo, ideologías, tecnologías, etc.)… solo puede conducir a cambiar de un modo de esclavitud a otro. Lo que quisiéramos ver en nuestra sociedad, tenemos que empezar por hacerlo en nosotros mismos.

La que creo que puede ser mi mejor aportación a la libertad de nuestra sociedad, querido lector, es regresar tu mirada hacia tu propia libertad, porque la mayoría de las cadenas y esclavitudes que ahora padecemos no son impuestas, sino aceptadas por comodidad, y comprenderás mi razonamiento básico: ¡Hombres libres generan sociedades libres!.. (y viceversa).

Por último, no quisiera dejar de agradecer la oportunidad que se me ha dado para expresarme con libertad, a través de este artículo; así como reconocer a todos los medios, que, como éste, tienen valiosas iniciativas para animar una reflexión libre y más profunda de la vida de nuestra sociedad.

Estoy seguro de que todos tenemos mucho que aportar en el proceso de construcción de nuestra comunidad y que tienen un valor inestimable estos espacios donde se cuida y promueve nuestra libertad de expresión.

Mis sinceras felicitaciones al Diario de Yucatán, que se acerca ya a sus 100 años de servicio a nuestra sociedad yucateca, y mi gratitud por todas las buenas noticias que siempre han comunicado de la arquidiócesis y de nuestro amado Seminario.— Mérida, Yucatán.

*Presbítero, rector del Seminario de Yucatán

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