El PRI entró en agonía después de las elecciones de hace seis años. No pudo superar las derrotas sufridas producto de los males que arrastraba: la antidemocracia, la imposición, la soberbia y el autoritarismo, entre otros, y comenzó la enfermedad a carcomer su interior.
Ahora, con los resultados electorales recientes, el priismo quedó sin oxígeno, sus órganos internos comenzaron a colapsar y está ahora en terapia intensiva. Su tiempo de vida se acorta.
El PRI fue hundiéndose poco a poco como el Titánic. No quiso evitar su vertiginosa carrera de abusos y corrupción e inevitablemente chocó contra el imponente iceberg. Es decir, contra la inconformidad, el hartazgo y el despertar de los ciudadanos.
Pudo cambiar de rumbo en diversas épocas, pero no quiso. La soberbia cegaba al PRI y sus dirigentes. Se sentían invencibles, poderosos en el terreno político. A sangre y fuego mantenían su hegemonía en el país.
En momentos difíciles, cuando en algún lugar los ciudadanos decidían dar un viraje hacia otro partido, el priismo y su artillería realizaban estrategias y acciones para impedir los avances democráticos.
El PRI llegó a controlar todo en periodos electorales, a tal grado que en algunas elecciones solo había un candidato presidencial, el del partido oficial. Y así sucedía para alcaldes o gobernadores. Pero todo tiene un límite, y el despertar cívico, ante una decrepita demagogia priista, candidatos calificados de “rupestres” o “dinosaurios” y una corrupción que debilitaba la economía de las instituciones, comenzó a surgir en la población y la sociedad civil a organizarse.
Hubo voces dentro del priismo que pedían y buscaban la democracia interna, los nombramientos sin imposiciones y hacer a un lado el amiguismo y compadrazgo, pero todo quedaba flotando, sin resultados positivos, y el PRI siguió con sus abusos y autoritarismo.
Ante esto, comenzó la debacle y en el presente siglo el PRI salió de los Pinos, poco a poco comenzó su debilitamiento. Hubo un poco de oxígeno con el triunfo sorpresivo de Enrique Peña Nieto, pero ese sexenio resultó contraproducente para el priismo, pues está considerado como uno, o el peor, en cuanto a corrupción de gobernadores, alcaldes, funcionarios y de la misma presidencia.
Y la derrota del PRI fue estrepitosa en ese momento y recientemente sufrió otro golpe electoral similar. Ya el partido, otrora poderoso, está moribundo. Ni la sangre azul inyectada recientemente en la coalición pudo levantarlo.
Ahora, los líderes priistas anuncian una “transformación a fondo”, “un nuevo futuro”, “una transformación como partido moderno”, que incluso podrían cambiar las siglas del PRI. Y esto le urge al tricolor, que también podría modificar los colores, en estos momentos cruciales.
Asimismo, señalan realizar un “análisis de fondo de la situación electoral”. Y esto es necesario y obligatorio después de la derrota en las urnas. Les urge una autocrítica real, una mea culpa, y reconocer los abusos durante años y el alejarse de los ciudadanos.
El PRI necesita una reestructuración y transformación reales. Modificar los estatutos y cambiar los colores y siglas, pero seguir con las mismas personas como dirigentes, los mismos candidatos las mismas prácticas antidemocráticas internas y los actos autoritarios y de corrupción no cambiarían la imagen priista.
El nuevo dirigente del priismo en Mérida es Sergio Vadillo Lora, ex funcionario en el gobierno de Rolando Zapata Bello y amigo cercano de éste. Ambos tienen denuncias y se les acusa de estar relacionados con “empresas fantasmas” y desvíos. Además, se le otorga la dirigencia por la sugerencia del exgobernador y como premio de consolación y de protección al perder la diputación federal.
¿Dónde queda el proceso democrático para elegir a los dirigentes? ¿Dónde el deseo de eliminar la imposición, el amiguismo y los favoritismos? ¿En qué ayuda a la transformación que se desea si como dirigente nacional también se queda Alejandro “Alito” Moreno, tan cuestionado y criticado como representante de este partido y con denuncias por su actuar como gobernador?
El PRI necesita convencer. Si piensa en una transformación hay que hacerla de fondo y en serio. De lo contrario seguiría en lo mismo, con nuevo nombre y apellidos, pero con los mismos dirigentes y viejos vicios modernizados.
¿PRI o RIP? Estamos viendo el ocaso del PRI. La muerte es inevitable. Su único camino de sobrevivencia es resurgir de las cenizas como el Ave Fénix y fortalecerse como oposición, de lo contrario quedaría con lo mismo, con nueva fachada, pero arrastrando vicios y personajes con negros pasados. Al tiempo.— Mérida, Yucatán
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