“Negar la globalización sería como negar la existencia de la ley de la gravedad”, dijo alguna vez de manera pública el dirigente socialista cubano Fidel Castro, cuando se encontraba a cargo del gobierno de la isla caribeña.
El que la cita fuera pronunciada por el líder de un proyecto comunista con marcada carga ideológica nos habla del grado de penetración que el fenómeno de la globalización ha tenido en las últimas décadas alrededor del mundo, más allá de afinidades políticas de derecha o izquierda.
Gracias a la ciencia y a la tecnología hoy vivimos en un planeta hiperconectado, donde prácticamente todas las áreas de actividad humana implican interacciones a distancia complejas, a través de servidores, redes y aplicaciones digitales.
Las personas en el siglo XXI trabajan, hacen negocios, hacen política, socializan, se entretienen y se informan con el involucramiento, en mayor o menor medida, de las telecomunicaciones, lo cual es señal de una integración globalizadora sin precedente.
La tecnología debe ser la ciencia aplicada para mejorar la vida de los humanos; si ese no es su propósito, entonces los riesgos aparecerán tarde o temprano. Siendo que la globalización es resultado de avances tecnológicos, habría que responder cuál ha sido su impacto real en la gente.
El modelo capitalista y la fuerza globalizadora han sido efectivos en aumentar la productividad y el desarrollo económico. El problema es que, según la evidencia, la globalización ha incidido en perpetuar —y en algunos casos profundizar— la amplia brecha de desigualdad entre ricos y pobres.
Los sistemas democráticos por definición reconocen los derechos y libertades de las personas. Uno de los principios fundacionales de la democracia es que todos los individuos son iguales ante la ley y, por tanto, tienen los mismos derechos.
Empero, aunque las constituciones y las leyes de los países establezcan esta igualdad, la experiencia de la realidad es muy distinta: hay quienes tienen pleno acceso a educación, salud, seguridad y servicios públicos; y hay quienes viven en condiciones de escasez y precariedad con pocas oportunidades de salir adelante. Desde luego, el factor determinante es el nivel de ingresos y la disposición de recursos económicos.
La desigualdad es un fenómeno extendido con graves consecuencias. No solo se trata de reprobar moralmente tal injusticia, sino que incluso a nivel pragmático esta brecha económica resulta inconveniente, pues tiende a producir inestabilidad social y política.
En su libro “La tiranía del mérito”, el académico Michael Sandel advierte que la justificación de la desigualdad bajo el argumento de la meritocracia es peligrosa para cualquier sociedad.
Es correcto que aquellos que trabajen y se esfuercen mejoren su calidad de vida; sin embargo, el punto de partida cuenta, y es claro que no todos los individuos crecen en el mismo contexto socioeconómico ni tienen las mismas oportunidades de construir su futuro.
En la mayoría de los países latinoamericanos es muy poca la movilidad social; en otras palabras, quien nace pobre está —casi— condenado a quedarse en la precariedad económica.
Lo delicado es suponer que la desigualdad es natural y que “los pobres son pobres porque quieren”. Si la dimensión ética se ignora, la tendencia preocupante será que tengamos una clase privilegiada de personas egoístas y soberbias, y una clase desfavorecida resentida y desesperada. Esto no debe ser así.
Es posible combatir la desigualdad. El primer paso es volver al humanismo, reconociendo la dignidad inherente a cada mujer y hombre. El papa Francisco, en su encíclica “Fratelli Tutti”, alerta sobre la situación actual de la globalización, alejada de consideraciones éticas y demasiado centrada en el crecimiento económico a toda costa.
El libre mercado es un sistema que ofrece grandes virtudes al promover el intercambio de bienes, la cooperación económica y el progreso tecnológico de la mano de la innovación.
No obstante, la competencia económica debe darse de manera justa y apegada a principios tanto legales como sociales y morales. El capitalismo contemporáneo y la globalización necesitan repensarse para responder a los retos y desafíos del siglo XXI. Urgen mayor inclusión, empatía y generosidad.
Requerimos de gobiernos con visión de Estado, organizaciones de la sociedad civil activas, empresarios socialmente responsables y ciudadanos conscientes. El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer. Construyamos un entorno con más y mejores oportunidades para todas las personas.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
