El crecimiento poblacional que ha experimentado Yucatán en los últimos años está generando un sinnúmero de fenómenos sociales que repercuten tanto en el desarrollo urbanístico del estado como en la convivencia entre sus habitantes.

Crecer duele y toda ciudad o estado que crece genera vértigo. Pero ¿en qué momento el orgullo yucateco que construye una identidad y un tejido social fundamental para el clima de paz del territorio se transforma en manifestaciones de odio, xenofobia y descalificaciones para todo aquel que viene de otro estado u otro país a realizar legítimamente su proyecto de vida?

En los últimos meses he constatado cómo las cuentas y perfiles que se dedican a esgrimir toda clase de expresiones de odio en redes sociales contra las personas que vienen a Yucatán han ido en aumento. La cantidad de comentarios que culpabilizan a los “huaches” de todos los males de Yucatán es preocupante e impresentable.

Todo esto es una señal de alarma que no debería pasar inadvertida. Quien siembra palabras de odio, cosechará acciones de odio. El acto último de la violencia: una agresión como tal, es el último eslabón de una cadena que lo ha propiciado.

Un clima de odio sienta las bases de una sociedad violenta. Antes de que los nazis gasearan judíos durante la II Guerra Mundial, primero los ridiculizaron, los deshumanizaron. Los panfletos hitlerianos de la época caracterizaban a los judíos como animales, como ratas, como alimañas. Después vinieron los campos de concentración.

Alguien podría decirme que estoy exagerando. Pero una tragedia, un genocidio, un delito de odio nunca sabemos cuándo empieza, pero siempre sabemos cómo termina. Decía Nietzsche que quien combate con monstruos debería cuidarse de no convertirse en uno. Cuando miras largo tiempo un abismo, también este abismo mira dentro de ti.

Nos escandalizamos del maltrato, del racismo de Donald Trump contra nuestros connacionales en territorio estadounidense, pero a la primera provocación le echamos la culpa de nuestros problemas de convivencia al otro, al que viene de fuera. “El infierno son los otros”, escribió Sartre. Nos equiparamos con aquello que odiamos.

La identidad, el ser yucateco es una idea que siempre se está construyendo; nunca es estática. Pero aquel que odia, define; porque muchas personas necesitan odiar a alguien para forjar su propia identidad. El fanatismo identitario es una identidad desvirtuada que busca conjurar todos los males de una comunidad en una minoría, en el más débil para estar bien consigo misma y no lidiar con sus verdaderos conflictos. Porque no vaya a ser, por ejemplo, que la culpa del tráfico de Mérida no sea del que viene de fuera sino un pésimo ordenamiento urbanístico aunado a una burbuja inmobiliaria que no tarda y nos explota en las narices.

Solo por decir algo. El escritor catalán Antoni Puigvert escribió que, en una versión nacionalista excluyente —no olvidemos el orgullo que genera la bandera y la independencia que alguna vez tuvo Yucatán— un país no se encarna en la gente, sino en el fuego sagrado que alimentan la historia, la lengua, la tierra, el folklore, y en este caso, la bandera. Quien posee el control del fuego, posee el territorio y se permite exigir la sumisión de los demás. Quien tenga los símbolos, ostenta la legitimidad del poder.

Uno no puede pedirle a la gente que se emocione con tal o cual bandera, tradición o costumbre. Eso forma parte de las lealtades o pasiones que establece cada individuo. Todas muy respetables.

Quizá lo verdaderamente importante, en todo caso, sería hacer de Yucatán un proyecto de convivencia basado en derechos y oportunidades para todos y no en un acta de nacimiento que funcione como un título de propiedad que excluye al otro sin miramientos.— Mérida, Yucatán.

Licenciado en Psicología

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