Hace unos días vi una publicación en redes sociales, de esas que cada vez abundan más. Era una imagen creada con inteligencia artificial sobre un personaje político. No importaba realmente quién era ni de qué partido se trataba. Lo que resultaba evidente era la intención. No buscaba informar sobre una propuesta, una decisión o un resultado. Había sido diseñada para ridiculizar, humillar y provocar una reacción emocional inmediata.
Pero más allá de la imagen estaban los comentarios. Decenas de personas celebraban la publicación, añadían insultos, compartían nuevas burlas y parecían disfrutar la humillación de una persona a la que probablemente nunca han tratado, pero sobre la que se sienten capaces de emitir los juicios más severos.
Mientras los leía, sentí algo más cercano a la tristeza que al enojo. Porque me llevaron a reflexionar no solo sobre el personaje político que aparecía en la imagen, sino sobre nosotros mismos. Sobre lo que estamos dispuestos a consumir y compartir, así como sobre la facilidad con la que hemos normalizado la descalificación y la humillación como formas de entretenimiento.
Lo más preocupante es que ya casi nada de esto nos sorprende. Poco a poco hemos permitido que la política deje de ser un espacio para discutir ideas y se convierta en un espectáculo permanente de descalificaciones. La crítica siempre ha sido necesaria. Ninguna democracia puede existir sin ciudadanos que cuestionen al poder. Los gobernantes deben rendir cuentas, los funcionarios deben ser evaluados y las decisiones públicas deben ser sometidas al escrutinio permanente. Pero una cosa es cuestionar y otra muy distinta es degradar. Una cosa es analizar resultados y otra es dedicar esfuerzos a fabricar desprecio.
Pareciera que ya no estamos escuchando para entender, sino para encontrar algo que criticar. Ya no prestamos atención a una idea para analizarla, sino para detectar algún detalle que pueda ser ridiculizado. Alguien presenta una propuesta y pocos se detienen a evaluarla. Alguien expone una idea y la conversación rápidamente se desvía hacia su apariencia física, su tono de voz, su partido político o cualquier otro elemento que permita desacreditarlo. Un funcionario anuncia una obra y aparecen decenas de personas buscando el ángulo desde el cual puede verse peor. Un gobernante visita una comunidad después de una tormenta y alguien encuentra un charco para demostrar que no trabaja. Un legislador emite una opinión y cientos de comentarios se concentran en ridiculizarlo antes de intentar comprender lo que dijo.
Basta recorrer las redes sociales para comprobar que esta dinámica se repite una y otra vez. No distingue partidos, ideologías ni posiciones políticas. Cambian los nombres, cambian los colores y cambian los destinatarios, pero el comportamiento es el mismo. Participan simpatizantes del gobierno y de la oposición, figuras públicas y ciudadanos comunes.
Nos hemos acostumbrado a que la política deje de ser un espacio para discutir ideas y se convierta en un espectáculo donde la inteligencia es desplazada por la ocurrencia, el argumento por el meme y la propuesta por la humillación pública.
En finanzas hablamos con frecuencia del costo de oportunidad. Cada peso destinado a una actividad deja de utilizarse en otra. Cada hora invertida en una tarea es una hora que no podrá dedicarse a algo diferente. Es uno de los principios más simples y, al mismo tiempo, más poderosos de la economía.
Por eso no puedo evitar preguntarme cuánto dinero, cuánto talento y cuánto tiempo estamos desperdiciando en esta gigantesca industria del desprestigio.
Detrás de cada campaña de ataques existen personas trabajando. Hay diseñadores, estrategas, operadores digitales, creadores de contenido y equipos completos dedicados a monitorear errores, fabricar narrativas y amplificar conflictos. Hay presupuestos destinados a destruir reputaciones. Hay recursos humanos que podrían estar estudiando problemas públicos y que terminan dedicados a producir contenidos cuya única finalidad es generar rechazo hacia otra persona.
Pienso en la enorme cantidad de inteligencia que se desperdicia todos los días. En los jóvenes talentosos que podrían estar desarrollando propuestas para mejorar la movilidad urbana, fortalecer la educación o impulsar la competitividad económica, pero que terminan utilizando su creatividad para producir burlas virales. Pienso en los especialistas en comunicación que podrían estar dedicando su talento a informar, educar y generar reflexión sobre los asuntos que realmente importan, pero terminan atrapados en la lógica de la confrontación permanente.
Pero el costo no termina ahí. Existe otro que suele pasar desapercibido y que, sin embargo, también puede ser enorme: el costo de desmentir las mentiras.
Hoy una falsedad puede construirse en unos cuantos minutos. Una imagen alterada puede generarse en segundos con inteligencia artificial. Basta una computadora, algunas instrucciones y unos cuantos minutos para fabricar contenido capaz de engañar a miles de personas.
Sin embargo, desmontar esa mentira suele requerir mucho más tiempo. Hay que recopilar evidencia, explicar contextos, responder entrevistas. Hay que aclarar versiones y dedicar días completos a combatir algo que nunca debió existir.
Y lo peor es que mientras una persona, una institución o un gobierno se encuentra ocupado desmintiendo falsedades, deja de atender otros asuntos que sí son importantes. El tiempo dedicado a aclarar rumores es tiempo que deja de invertirse en resolver problemas. Y aunque pocas veces lo pensamos, ese costo termina recayendo sobre los ciudadanos.
Quizá ha llegado el momento de detenernos un instante y preguntarnos qué papel estamos jugando en esta dinámica. Porque las campañas de desprestigio, los memes ofensivos, las imágenes manipuladas y los ataques permanentes no prosperan únicamente por quienes los crean. Prosperan porque encuentran millones de personas dispuestas a compartirlos, comentarlos y darles la atención que necesitan para multiplicarse. Como sociedad deberíamos empezar a exigir algo mejor. Deberíamos exigir propuestas en lugar de insultos, argumentos en lugar de descalificaciones y soluciones en lugar de humillaciones. Deberíamos negarnos a convertir la degradación de otros en una forma de entretenimiento.
Tal vez entonces descubramos que la política puede ser mucho mejor de lo que hoy parece. Pero para lograrlo tendremos que reconocer que la calidad de nuestra conversación pública depende tanto de quienes hablan como de quienes escuchan.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.co m
@kookayfinanzas
Profesora Universitaria y Consultora Financiera
