Al empezar la noche de bodas el novio le dijo con emotivo acento a su desposada: “Tengo un regalo para ti, amor mío. Es mi virginidad; la nunca tangida flor de mi pureza que conservé sin mácula, impoluta, para entregarla el día de mis nupcias a la mujer a quien daría el dulcísimo título de esposa”. Agradeció ella: “Qué lindo, Tonilito. Cuando regresemos de la luna de miel yo te compraré una corbata”.
Sir Fluffyrump y lord Feebledick acudieron a la comida anual del Regimiento de Calcuta en el Four Feathers Club de Londres. En voz baja le dijo Fluffyrump a Feebledick: “Te invito hoy por la tarde a una orgía”. Quiso saber milord: “¿A qué horas se servirá el té?”. Replicó, extrañado, Fluffyrump: “Ahí no se sirve té”. “¿Ah no? —se sorprendió Feebledick—. ¿Y entonces cuál es el propósito de la reunión?”.
Moneta era fea pero adinerada. O adinerada pero fea, según el lado por donde se le mire. Un individuo de nombre Bragueto le propuso matrimonio. Objetó ella, recelosa: “Te quieres casar conmigo porque tengo dinero”. “Todo lo contrario, Mone —replicó el labioso tipo—. Quiero casarme contigo porque yo no lo tengo”.
A los dos meses de casado el joven Terebinto le hizo a su esposa Pirulina una insólita demanda. Le exigió en forma terminante que le dijera los nombres de los novios que había tenido, por estricto orden cronológico. “Déjame recordar —ponderó ella—. Antonio, Pedro, Alfonso, Sergio, tú, Ramón, Manuel, Felipe, Andrés, Raúl, David”.— Saltillo, Coahuila
