En un mundo donde las fechas de celebración se convierten en aparadores comerciales, el Día de la Madre suele ser una de las más explotadas.

Se nos motiva a regalar flores, perfumes, electrodomésticos, cenas, etc. Se nos bombardea con anuncios cargados de emociones prefabricadas que, en el fondo, muchas veces desvirtúan el sentido profundo de la maternidad.

Pero si nos detenemos un momento a mirar con el corazón en la mano, descubriremos que lo que una madre desea verdaderamente no puede envolverse en papel de regalo, ni comprarse con una tarjeta de crédito.

Para quienes vivimos y abrazamos la maternidad como una bendición, una experiencia que nos revela el amor más profundo, ese que se entrega sin condiciones, sabemos que, junto a las grandes alegrías y a esa forma única de amar que aprendemos, la maternidad también duele, cuesta, transforma, exige y compromete.

Para muchas madres en México, como en gran parte de América Latina, la vida transcurre en un frágil equilibrio entre el deseo de cuidar y la obligación de proveer. Ser madre y perseguir un sueño propio, aún hoy, parece un acto de rebeldía. Ninguna debería tener que elegir entre sus hijos y su vocación, ni sentirse culpable por no poder con todo, cuando el verdadero problema no está en ella, sino en un sistema que no reparte equitativamente las responsabilidades del cuidado de una familia.

Una madre sola, con dos hijos, trabajando de lunes a sábado en un empleo que apenas alcanza para pagar la renta, la comida y el transporte, es una historia más común de lo que quisiéramos. A veces limpia casas, a veces trabaja en una tienda, a veces vende cosas por catálogo. Tiene que salir antes de que amanezca, dejar a los niños con una vecina o con la abuela, y regresar exhausta para seguir con las labores de la casa. Nunca le alcanza el tiempo ni el dinero.

Y sin embargo, está ahí. Cada día sosteniendo la vida de sus hijos con las manos, con el corazón y con una voluntad que no se compra en ningún lado.

En el discurso popular, las madres son llamadas “guerreras”, “pilares del hogar”, y demás; pero estas frases, lejos de ser un reconocimiento, a menudo se utilizan para romantizar el sacrificio dentro de una estructura económica y social que las deja vulnerables, ignorando el peso real de su carga.

El sistema financiero no fue diseñado para ellas. Las estadísticas lo confirman: las mujeres en México ganan en promedio 20% menos que los hombres por el mismo trabajo. La mayoría no tiene acceso a un crédito formal porque no cuentan con ingresos fijos o comprobables.

Muchas trabajan en la informalidad. No cotizan en el seguro social. No tienen Afore. No tienen seguro médico. Y si se enferman, no se pueden dar el lujo de parar. ¿Quién va a cuidar a los hijos? ¿Quién va a poner la comida en la mesa?

Porque el reloj de las madres nunca tiene horas libres. A pesar de que muchas contribuyan al sustento familiar, siguen siendo las principales responsables del cuidado del hogar, asumiendo la mayor parte de las tareas domésticas.

Además, según las necesidades, se transforman en cocineras, enfermeras, psicólogas, maestras y consejeras emocionales, siempre dispuestas a cubrir lo que haga falta. El tiempo que dedican a estas labores no se refleja en las estadísticas económicas ni se reconoce en los índices de productividad. Son la columna vertebral de una infraestructura no remunerada sobre la cual se edifica el desarrollo económico.

Y a pesar de todo, avanzan. Porque hay algo profundamente admirable en esa capacidad de seguir adelante con tan poco. Es una tenacidad que no sale en las revistas, ni en los informes económicos, pero que sostiene al país.

Madres que no tuvieron acceso a educación, pero que hacen todo lo posible para que sus hijos vayan a la universidad. Madres que trabajan 14 horas al día para que no falte un par de zapatos. Madres que se enfrentan a la violencia, al machismo, a la precariedad, a la discriminación, y aun así sonríen, escuchan y consuelan.

Y esa resiliencia, aunque admirada, no basta para cambiar la estructura que las somete. Se necesita una política económica con rostro de madre. Se trata de repensar toda la estructura.

¿Por qué no hay suficientes guarderías públicas de calidad? ¿Por qué la licencia de maternidad sigue siendo un motivo para no contratar mujeres jóvenes? ¿Por qué el cuidado infantil sigue siendo un asunto de mujeres y no una responsabilidad colectiva? ¿Por qué tantas madres, sobre todo en zonas rurales, tienen que elegir entre comprar comida o pagar una consulta médica?

La educación financiera también es parte de la solución. Muchas madres administran con maestría presupuestos tan ajustados que cualquier economista se asombraría. Pero hacerlo sin herramientas, sin información, sin acceso a productos financieros adecuados, es una batalla desigual.

Necesitamos que las instituciones bancarias entiendan las realidades de estas mujeres, que ofrezcan créditos justos, seguros accesibles, opciones de ahorro flexibles. Necesitamos campañas masivas de alfabetización financiera dirigidas a ellas, con un enfoque realista, sensible y práctico.

Porque una madre empoderada financieramente es una madre más libre. Y una madre libre es el inicio de una familia fuerte, de una comunidad estable y de una mejor sociedad para todos.

Las madres no queremos homenajes efímeros, queremos oportunidades, tiempo, libertad, salud, ingresos dignos, espacios seguros, servicios de cuidado, respeto y, sobre todo, el apoyo necesario para desarrollarnos y ser quienes queramos ser, más allá de nuestra labor como madres.

Y eso, aunque parezca mucho, es apenas lo básico para quienes dan vida y futuro al mundo.— Mérida, Yucatán.

marisol.cen@kookayfinanzas.com

@kookayfinanzas

Profesora Universitaria y Consultora Financiera

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