¿De qué hablan, Dios mío? En México, no falta discurso; sobra simulación, todos los días se repite la misma escena: conferencias, comunicados y declaraciones que describen un país en orden en avance y bajo control. Sin embargo, ese país existe solo en el lenguaje oficial. El otro es real, el que vive la mayoría, sigue cargando de inseguridad, precariedad y hartazgo. De ahí que la pregunta ya no sea irónica, sino legítima: ¿De qué hablan, Dios mío?
El poder insiste en narrarse con optimismo. Se habla de resultados, de estrategias exitosas y de cifras favorables, como si repetirlas fuera suficiente para convertirlas en realidad.
Pero el discurso no protege, no cura, no alcanza para pagar la renta ni evita que una familia modifique su rutina por miedo. Las palabras tranquilizan a quien las pronuncia no a quien las padece.
La seguridad pública es el ejemplo más evidente del divorcio entre la narrativa y los hechos. Se presume control mientras la violencia se normaliza. Esperando generar o encontrar un distractor para alejar la atención del “pueblo sabio”.
Se anuncian avances mientras las comunidades aprenden a vivir con balaceras extorsiones y derechos de piso en cada estado.
Las estadísticas se usan como escudo pero las victimas no se cuentan en porcentajes se cuentan en ausencias.
La economía no se escapa a esa ficción. Se celebran indicadores macroeconómicos con entusiasmo, mientras la economía doméstica se desmorona, desaparece. El salario sube en el papel y se diluye en la práctica. El peso puede estar fuerte, pero la mesa esta cada vez más vacía. La distancia entre el informe y el recibo, es obscena.
En política, la prioridad parece clara: ganar la narrativa, no resolver el problema. Se discute, se confronta y las cosas siguen igual.
Gobernar se ha convertido en un ejercicio de comunicación permanente donde lo urgente se posterga y lo esencial se administra con retórica. La gestión pública se mide en aplausos, no en resultados.
Esta entrega no exige perfección, exige honestidad. No pide milagros, pide coherencia. Cuando el discurso se separa de la realidad, deja de ser información y se convierte en propaganda. Y cuando la propaganda sustituye a la acción, la confianza se esfuma.
México no necesita más palabras ni mejores conceptos. Necesita hechos que no requieran explicación. Necesita autoridades que hablen menos y hagan más. Porque mientras el país siga siendo ignorado y gane el país del micrófono, la pregunta seguirá resonando como acusación colectiva. Cuando la realidad grita y el gobierno responde con cifras, la distancia deja de ser política y se convierte en reproche sin rodeos y sin paciencia, lo único que queda por decir es: ¿De qué hablan, Dios mío?– Mérida, Yucatán, 5 de enero de 2026
