“Para servir a la patria nunca sobra el que llega ni hace falta el que se va”
La frase, atribuida a Venustiano Carranza y situada en los años centrales de la Revolución Mexicana, resume con crudeza una de las constantes más visibles de la vida política: la fugacidad del poder y la facilidad con la que los nombres se sustituyen, se olvidan o se reciclan según soplen los vientos ideológicos.
En política, esta sentencia se cumple con puntualidad casi matemática. Hombres y mujeres ascienden y descienden al ritmo de las corrientes, incluso dentro de un mismo partido. Hoy son indispensables, mañana prescindibles. Hoy encabezan, mañana estorban. La historia política de México —una nación con un poco más de dos siglos de vida independiente— está llena de figuras que parecían imprescindibles y que, de pronto, quedaron relegadas al pie de página, mientras nuevos liderazgos emergían como si fueran obra de la magia. No lo son: son producto del cálculo, de la coyuntura y, muchas veces, del olvido deliberado. Pero fuera del mundo político, esta frase adquiere un significado radicalmente distinto.
En la iniciativa privada, en el terreno empresarial, siempre suma el que llega y siempre hace mucha falta el que se va. Aquí no hay espacio para la ficción del relevo automático ni para el consuelo del “nadie es indispensable”. Cada empresario que se integra aporta capital, ideas, experiencia, empleo y riesgo asumido.
Cada empresario que se va deja un vacío real: menos inversión, menos puestos de trabajo, menos impuestos recaudados, menos desarrollo para la comunidad.
Somos los empresarios formales quienes ponemos nuestro patrimonio a trabajar para crear empleos dignos, sostener familias, pagar impuestos, detonar cadenas productivas, impulsar la innovación, profesionalizar sectores, cumplir regulaciones y resistir crisis. Somos quienes apostamos cuando el entorno es incierto, quienes mantenemos operaciones cuando otros se retiran, quienes planeamos a largo plazo en un país acostumbrado al corto plazo.
Por eso, a diferencia de la política, en la empresa no sobra nadie. Cada giro cuenta. Cada tamaño importa. Desde el pequeño negocio hasta la gran industria, desde el comercio local hasta la exportación global. Unidos en nuestros gremios, organizados por sectores, pero conscientes de que solo siendo una sola pieza —coherente, firme y solidaria— podemos defender lo que generamos y exigir lo que nos corresponde.
Unidad no significa uniformidad. Significa propósito compartido. Significa entender que cuando se debilita a uno, se erosiona el ecosistema completo. Significa alzar la voz juntos, con claridad y con datos, para que se reconozca que sin empresa no hay empleo, sin empleo no hay desarrollo y sin desarrollo no hay país.
Hoy más que nunca, a la patria no se sirve desde la improvisación ni desde el relevo constante de nombres. Se sirve produciendo, invirtiendo, arriesgando y permaneciendo. Y en esa tarea, los empresarios no somos pasajeros: somos cimiento. Que nadie lo olvide. Y que nosotros, sobre todo, no lo permitamos.
Presidente del IMEF Quintana Roo
