El arresto del dictador y presunto criminal Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores podría ser el inicio del desmantelamiento de los regímenes de una izquierda rabiosa, populista y autoritaria que tanto daño ha hecho a América Latina en las últimas décadas.

Además de Venezuela nos referimos a Cuba, Nicaragua y más recientemente Colombia y México, donde se intenta seguir los pasos de un socialismo trasnochado que ya demostró su ineficacia en la economía y en el desarrollo social y democrático.

La muestra más fehaciente es Cuba donde un sistema socialista mantiene a la población en un alto nivel de pobreza y sin garantías individuales durante más de sesenta años.

Para colmo el gobierno cubano ha chantajeado al exterior con el argumento del bloqueo norteamericano. México regala a Cuba millones de barriles como “ayuda humanitaria”, pero no a Haití pese a su pobreza.

Si Cuba se abriera al mundo con elecciones libres, garantías al capital privado, libertad de expresión y apertura comercial, seguro que en poco tiempo resurgiría su economía. Lo mismo podrá ocurrir en Venezuela, sumida en una profunda crisis humana, social y económica a la que fue llevada por el desastroso gobierno de Nicolás Maduro, si Estados Unidos completa con éxito su misión y el pueblo venezolano hace la ardua tarea de reconstruir al país.

Al momento preocupa que sectores dentro y fuera de Venezuela se pongan a cuestionar la captura del mandatario porque se “violó la soberanía nacional” cuando Venezuela estaba entregada a los cubanos y muy cerca del dominio de China y Rusia.

Maduro era perseguido por la justicia norteamericana desde hace varios años por sus vínculos con el narcotráfico y por ordenar secuestros y asesinatos. La operación militar fue para arrestar a un delincuente y no para invadir a un país o iniciar una guerra.

La opción habría sido declarar la guerra a Venezuela e invadir militarmente el país para ir tras la captura del tirano, esto habría causado miles de muertos y una revuelta interminable similar a la ocurrido con la guerra en Ucrania.

El primer y gran objetivo ya se cumplió: poner tras las rejas al presunto criminal Nicolás Maduro, quien promovió desde el poder el narcotráfico al tiempo que llevó a su país a la ruina económica. Además el dictador forjó una alianza regional con Cuba, Colombia, Nicaragua, México y en su momento con Perú y Bolivia, para esparcir la semilla del populismo y con ello provocar severos desequilibrios sociales y económicos en América Latina.

El simple hecho de que 32 militares cubanos que “protegían” a Maduro murieron en el operativo, demuestra la intervención abierta del gobierno de La Habana en asuntos internos de Venezuela.

Durante décadas Venezuela fue socio y aliado de Norteamérica, especialmente en el sector petrolero a pesar de que en 1976 la industria fue nacionalizada por el presidente Carlos Andrés Pérez para crear la paraestatal Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA).

Al llegar al poder Hugo Chávez impuso más controles a las empresas extranjeras y confiscó activos de ExxonMobil y ConocoPhilips por no aceptar las nuevas reglas, pero sin recibir una indemnización adecuada.

Esta herida no fue superada por Estados Unidos como tampoco el gobierno norteamericano podía tolerar que Venezuela surtiera de petróleo a China, Rusia y Cuba en condiciones preferenciales.

La declaración de Trump de que van por el petróleo fue tergiversada, obviamente Estados Unidos no puede quedarse con esta industria venezolana, pero sí podrá negociar acuerdos para invertir en la modernización y extracción de una de las reservas de crudo más grandes en el mundo.

El secretario de Estado, Marco Rubio, un político de amplia trayectoria con raíces cubanas, explicó al congreso norteamericano que el plan de Estados Unidos en Venezuela contempla tres fases: estabilizar el país, iniciar su recuperación y finalmente llevar a cabo una transición ordenada.

Norteamérica corre el riesgo de caer en un modelo autoritario e intervencionista, pero ante las graves circunstancias de Venezuela donde las garantías individuales no se respetan, se roban las elecciones presidenciales, limitan la libertad de expresión y aplastan a la oposición, no parece existir por el momento una mejor salida.

La paulatina reconstrucción de una Venezuela democrática, libre y pujante dará la pauta para que en otros países se repita el modelo. Lo que resulta urgente es acabar con la opresión, la pobreza y la falta de democracia de los gobiernos de izquierda radical, especialmente Cuba y Nicaragua.

Así como el derrumbe del Muro de Berlín acabó con el sistema comunista soviético que provocó enormes daños y sufrimientos a millones de europeos, así podría suceder en América Latina con la caída de Maduro, ya es tiempo de liberar a los pueblos del yugo socialista.

Periodista

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