Jorge Zepeda Patterson

Los mexicanos tendríamos que comenzar a asumir la posibilidad de que Donald Trump cumpla sus amenazas y ordene un ataque terrestre contra un “narco” objetivo en nuestro país.

El mandatario ha estado en el poder apenas un año y le faltan otros tres; las posibilidades operan en contra nuestra. Es cierto que el bluf tiene un carácter protagónico en la estrategia del presidente; muchas de sus amenazas quedan en el papel y están destinadas simplemente a amedrentar a un interlocutor para negociar en condiciones de fuerza.

Pero el éxito de un blufero reside en su capacidad para demostrar que, cuando se lo propone, la amenaza se convierte en realidad. El envío de tropas a ciudades como Washington y Los Ángeles, el hundimiento de lanchas y la ejecución de sus tripulaciones en aguas internacionales o el secuestro de Maduro, revelan que el republicano es capaz de cumplir lo que parecía una mera baladronada. Apoderarse de Groenlandia y atacar un blanco terrestre en México son las nuevas amenazas de las que habla Trump en discursos y entrevistas más recientes.

Inconcebible o no para la razón, para nuestro orgullo o para la conveniencia de los dos países, la probabilidad de que suceda es alta y así deberían ser las previsiones. ¿Qué forma podría tomar un ataque? Lo menos comprometedor desde la lógica de Washington sería un misil sobre laboratorios clandestinos usados por los narcos en las sierras de Durango o Sinaloa. Así corre menos riesgo de causar bajas entre población civil ajena a los cárteles. Aunque con Trump cualquier barbaridad es concebible, resulta menos probable que se piense en un operativo que implique intervención de tropas.

El peor de los escenarios para la Casa Blanca reside en la pérdida de vidas de sus soldados, sea por una reacción inesperada de los adversarios o incluso por un accidente operativo. Existe muy poca tolerancia en la opinión pública estadounidense para aceptar el regreso de sus hijos en un ataúd porque así lo decidió un político.

Asumiendo, sin conceder, que Trump informe al mundo cualquiera de estos días que Estados Unidos fulminó un laboratorio clandestino en la sierra Tarahumara o equivalente, habría que anticipar reacciones. Los dos escenarios extremos serían, por un lado, la aceptación pasiva y resignada como si fuese la última trastada de un vecino poderoso al que conviene no incordiar, no nos vaya a hacer algo peor. Habrá quienes digan que, en última instancia no pasó a mayores y no se pierde nada, que es algo que el gobierno mexicano tendría que haber hecho antes. Más aún, una parte de la oposición y la prensa crítica echará la culpa a la Cuarta Transformación y no a Trump. Después de todo la intervención es en cierta forma un corolario de la campaña que conducen tratando de convencernos de que la violencia está peor que antes, justificando los argumentos de Trump, y que el gobierno ha fracasado.

El escenario opuesto también me parece inadecuado: el “masiosare” que apele a la patria o muerte y al martirilogio en aras del honor ofendido. Esto supondría asumir decisiones que afecten la relación de ambos países en otras áreas, lo cual a su vez impactaría en la vida y la economía de muchos mexicanos. Peor aún, puede dar lugar a una escalada de medidas autoritarias de parte de Washington, dominado por la voluntad de un hombre desquiciado por el poder.

Hasta ahora Claudia Sheinbaum se ha caracterizado por ejercer, en relación a Trump, un cuidadoso equilibrio entre prudencia y dignidad. Tendría que mantenerlo, incluso en caso de que suceda lo hasta antes impensable. Lo importante es considerar que Donald Trump no es Estados Unidos, que la mayoría de los intereses de aquel país no están a favor de una intervención directa. La respuesta del gobierno mexicano tendría que separar una cosa de la otra, hasta donde sea posible. Las medidas más inteligentes serán aquellas que conduzcan a incrementar la reacción de la opinión pública en contra de la decisión de Trump. Es allí donde habría que centrar la estrategia. Lo que está claro es que rasgarse vestiduras, apelar al derecho internacional, organizar marchas y actos de dignidad, pueden servir a la 4T para cerrar filas y fortalecer su popularidad, pero resultan inocuas para disuadir a Trump de emprender el siguiente ataque.

Lo más útil sería comenzar esa estrategia desde ahora: mostrar a la opinión pública que el gobierno mexicano ha dado un giro drástico en el combate al tráfico de drogas con resultados contundentes en solo 15 meses. Este jueves el semanario británico The Economist publicó un reportaje sorprendente: para junio de 2023 se habían acumulado 85 mil muertos por sobredosis en los doce meses anteriores; para abril de 2025 (último mes disponibles) se registraban 48 mil decesos a lo largo del último año. Casi la mitad. La explicación, afirma el texto, reside en una disminución drástica de la oferta de fentanilo, que provoca el 70% de las muertes. Si ha eso sumamos el hecho de que los homicidios en México han caído de un promedio de 89 diarios a 52, una reducción de 40% en poco mas de un año, habría argumentos sólidos para mostrar que la estrategia está funcionando. Y eso es la mejor vacuna para evitar una intervención estadounidense, que Washington intenta vender como recurso extremo y necesario frente al fracaso de México.

Es cierto que Trump no permite que un dato lo inhiba de hacer lo que quiere. Pero sí lo puede hacer la pérdida potencial de votos en contra en las elecciones legislativas del próximo noviembre. La mejor manera de evitar una agresión reside en conseguir una difusión masiva de estos resultados en la reducción de muertes de este lado. Piezas como la de The Economist y estadísticas reales de lo que está pasando tendrían que ser objeto de una campaña de cabildeo y publicidad magnificadas en Estados Unidos. La mejor manera de responder a una intervención es evitarla. Convertir en conocimiento común y masivo que México ha dado un giro al combate a las drogas, aislar a Trump en su apreciación, es mucho mejor que organizar marchas o agachar la cabeza.

Periodista

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