El grito es una reacción articulada de las cuerdas vocales para denotar miedo, sorpresa, dolor, felicidad y otras emociones desesperadas. En últimas fechas el continente y el mundo están gritando mucho.
El primer grito
El primer grito de rabia e impotencia deriva de las acciones del presidente Trump en Venezuela extrayendo al dictador Nicolás Maduro en un capítulo demostrativo de su poderío militar capaz de neutralizar radares y misiles chinos o rusos en minutos.
La rabia y la impotencia derivan del hecho inadmisible de que un país ejerza su fuerza contra otro para lograr el obedecimiento de sus órdenes y el cumplimiento de sus intereses. Se ha dicho ya durante varios siglos: en América no queremos un gendarme y no queremos someternos ni a quien nos enseñó a hablar español. Antes, los Estados Unidos argumentaban el tutelaje, la democracia, el comercio libre y hasta el bien común. Ahora todo es más cínico y directo: queremos que obedezcan. Punto. En México, lo dice fuerte la presidenta Sheibaum basada en la doctrina Estrada: no intervención y autodeterminación de los pueblos. Gritamos con ella. Y condenamos la agresión.
El segundo grito
Es uno distinto, de esperanza, de millones de personas, por lo menos ocho millones de los Venezolanos que viven afuera de ese país, del que huyeron para no ser masacrados por la pobreza o por los colectivos militarizados de Diosdado Cabello. Muchos más están adentro. Este grito es desesperado y esperanzado y también ingenuo, pues esperan que al violador le interese el bienestar. Quienes empatizamos con esas vidas no podemos menos que denunciar esas violaciones a los derechos humanos.
Es verdad. No se debe intervenir en pueblos ajenos porque ellos deben autodeterminarse. Pero ¿qué pasa cuando una nación ya no puede autodeterminarse y la soberanía ya no se expresa desde el pueblo hacia la cima, sino desde la cima al pueblo? Cuando una élite, se llame rey, cacique, príncipe o alteza serenísima, reprime sistemáticamente a su pueblo y destruye las instituciones de la autodeterminación, ¿qué valor tiene la no intervención? ¿De qué autodeterminación hablamos, la del baño de sangre y la del tirano que decide por los demás, como en tiempos previos a la revolución francesa? ¿De qué soberanía hablamos? ¿La soberanía del Tlatoani o del Rey Sol o la del pueblo que lo ejerce?
Tan condenable es una intervención militar directa como permitir, solapar y hasta amigarse con regímenes de esta calaña. ¿Puede ser, estimada presidenta Claudia que condene también a los tiranos para que su silencio no sea cómplice? ¿O de plano son ciertas las presunciones de financiamiento de Morena de las arcas venezolanas?
Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política
