Alfonso A. González Fernández (*)

“Una verdad a medias, es la más peligrosa de las mentiras”.— Anónimo

La comunicación política, fino arte —sutil y sesgado—, es al que recurren actualmente los actores políticos, con el ánimo de influir en la percepción pública, utilizando una herramienta conocida en el argot como el “efecto ancla”, el cual es un sesgo cognitivo ampliamente estudiado por los científicos Kahneman y Tversky.

Este sesgo nos hace dar más peso al primer dato que recibimos al tomar decisiones, y en política se usa para proyectar eficiencia, presentando información cierta pero parcial, o fuera de contexto.

Si el ancla es irrelevante o arbitrario genera políticas deficientes y una ciudadanía mal informada; por eso, es crucial entenderlo y desarrollar herramientas para resistir su influencia.

IDENTIFICACIÓN Y ANÁLISIS

El efecto ancla ocurre cuando un político introduce una cifra, plazo o comparación que fija un punto de referencia en la mente del auditorio. Por ejemplo, un gobernante podría afirmar: “Hemos reducido el desempleo en un 2% durante nuestro mandato”. Esta afirmación, aunque eventualmente podría ser verdadera, omite información crucial, pues la reducción podría ser menor al promedio histórico, o se deba a factores externos. El 2% se convierte en el ancla, llevando al ciudadano a valorar positivamente la gestión sin considerar otras variables relevantes.

Comparar con administraciones anteriores, como: “nuestro predecesor dejó la deuda en 100 mil millones pero nosotros la redujimos a 95 mil millones”, usa el ancla (100 mil millones) para hacer que 95 mil millones parezcan un logro, aunque la deuda siga insostenible o la reducción sea mínima.

Los políticos manipulan la información para influir en la opinión pública, usando el anclaje para que el cerebro se fije en el primer dato y ajuste sus juicios, buscando que la ciudadanía evalúe su gestión positivamente.

El problema aparece cuando la meta que nos guía, o “ancla”, no tiene mucho sentido o no se basa en nada concreto. Por ejemplo, imaginemos que un gobierno decide bajar la pobreza al 15% sin hacer un estudio serio, solo porque se les ocurrió. Aunque esa meta sea un número específico, puede hacer que se usen mal los recursos y los esfuerzos, y que las políticas públicas no funcionen como deberían.

El efecto ancla, si se usa bien, es un recurso legítimo de comunicación, pero si se usa mal, empobrece la toma de decisiones y limita la evaluación crítica de las políticas públicas.

Repetir como mantra “estamos atendiendo las causas” lo hace sonar como un logro que ya está cantado, y eso puede frenar la conversación sobre qué tan buenas son las medidas de seguridad y qué factores se tomaron en cuenta para llegar a esa conclusión.

ESTRATEGIAS PARA NO SER VÍCTIMAS

Frente a esta realidad, el ciudadano no debe permanecer pasivo. La primera línea de defensa es la educación en pensamiento crítico y alfabetización mediática, ya que es fundamental entender que ningún dato aislado cuenta la historia completa.

Ante una afirmación política que incluya una cifra o una comparación, conviene preguntarse: ¿cuál es el contexto? ¿qué otros datos existen? ¿se está comparando con un punto de referencia razonable, o con uno escogido para favorecer una conclusión?

Para entender mejor la información de los políticos, busquemos contra-anclas, por ejemplo, si dicen que “la inversión en Infraestructura en educación aumentó un 10%”, investiguemos si es real después de quitarle la inflación, cómo se compara con el PIB, cuántos espacios nuevos se construyeron y dónde, y cómo se compara con el gasto en otros rubros.

Una buena opción es echarle un ojo a fuentes independientes y confiables, como organismos estadísticos, universidades o centros de estudio, pues nos ofrecen información más completa y ayudan a entender mejor el panorama general, dado que contar con diferentes puntos de vista, nos dará una idea más clara y efectiva.

Otra estrategia consiste en exigir transparencia y metodología. Cuando se presente un dato, cabe preguntar: ¿cómo se obtuvo? ¿qué período abarca? ¿qué se excluyó?

Si se anuncia una reducción de la delincuencia, conviene saber si se consideran todos los delitos o solo algunos, y si las cifras son per cápita o absolutas, para ello, los periodistas y la sociedad civil tienen un rol clave en formular estas preguntas y difundir las respuestas.

Fomentar el debate público informado y la participación ciudadana, ayuda a identificar y cuestionar rápidamente los anclajes engañosos. La educación formal debería incluir nociones de estadística básica y análisis de discursos desde etapas tempranas, para formar ciudadanos capaces de discernir entre información útil y propaganda, y distinguir a “porristas” y aplausos cortesanos.

En conclusión, el efecto ancla es una herramienta de doble filo: puede facilitar la comunicación de logros genuinos, o distorsionar la realidad para aparentar eficiencia.

Sin soslayar, apuntamos que la responsabilidad de su uso ético recae en los políticos, pero también en la ciudadanía, que debe desarrollar un olfato crítico, para no dejarse impresionar por verdades a medias.

Solo así se podrá construir una democracia más sólida, basada en información completa y debate sustantivo.

Corolario

“Cuestionar el primer dato, investigar siempre”.— Mérida, Yucatán

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Consejo Mundial de Ingenieros Civiles (WCCE) Consejo Asesor

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