Itzel Pamela Pérez Gómez (*)

Cuando el presidente Donald Trump anunció el “Escudo de las Américas” muchos lo interpretaron como algo más que una estrategia de seguridad regional.

El concepto revivió una lógica histórica: la aspiración de Estados Unidos de organizar el hemisferio bajo su propia arquitectura de seguridad.

El proyecto propone coordinar esfuerzos entre Washington y varios gobiernos latinoamericanos para enfrentar amenazas como el narcotráfico, el tráfico de armas, las redes criminales transnacionales y la migración irregular.

Los más optimistas le apuestan porque una mayor cooperación militar y de inteligencia permita fortalecer la seguridad en un continente donde el crimen opera a escala regional.

A primera vista, la iniciativa responde a la realidad evidente de que las organizaciones criminales no se limitan a un solo país, de ahí a que se requieran esfuerzos conjuntos para hacerles frente. Sin embargo, el “Escudo de las Américas” también plantea preguntas sobre el tipo de orden regional que se está configurando.

Históricamente, Estados Unidos ha concebido al continente americano como un espacio estratégico propio.

Esta visión quedó plasmada desde 1823 en la Doctrina Monroe, que establecía que las potencias europeas no debían intervenir en el hemisferio occidental.

Con el tiempo esta idea se tradujo en diversos mecanismos de seguridad regional especialmente durante la Guerra Fría. Uno de los más importantes fue el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) firmado en 1947 bajo el principio de seguridad colectiva.

El “Escudo de las Américas” parece retomar parcialmente esa tradición pero el proyecto revela una limitación importante: la ausencia de actores clave del continente cuando se habla de seguridad.

México, Brasil y Colombia no figuran entre los participantes iniciales de la iniciativa. Esta exclusión plantea dudas sobre su alcance real. Difícilmente puede construirse una estrategia de seguridad hemisférica sin la participación de las potencias regionales.

En este sentido, más que un sistema continental de seguridad, el Escudo podría terminar siendo una coalición de gobiernos alineados políticamente a Washington, lo que limitaría su legitimidad y su capacidad operativa.

El contexto internacional ayuda a explicar la formación de la iniciativa.

En los últimos años, América Latina ha dejado de ser una región periférica para convertirse nuevamente un tablero geopolítico.

China ha ampliado su presencia económica en el continente mediante inversiones en infraestructura, energía y tecnología, mientras que actores como Rusia e Irán han buscado fortalecer vínculos políticos con algunos gobiernos.

Desde esta perspectiva, el “Escudo de las Américas” puede interpretarse no solo como un mecanismo de cooperación contra el crimen organizado, sino también como parte de un intento más amplio de Estados Unidos por reafirmar su influencia en el hemisferio.

El problema no es la cooperación en materia de seguridad. Frente a amenazas transnacionales como el crimen organizado y lo que implica éste, es sin duda indispensable la cooperación.

El desafío consiste en definir cómo se organiza esa cooperación y bajo qué principios políticos.

Si el “Escudo de las Américas” pretende consolidarse como una verdadera alianza regional tendrá que, primero, incluir a los principales actores del continente y construir confianza entre los países del hemisferio. De lo contrario, corre el riesgo de perder efectividad.

En América Latina, la seguridad nunca ha sido un asunto militar únicamente, también es una cuestión de legitimidad política.

Sin legitimidad regional, ningún escudo puede sostenerse en el tiempo.

Analista de política internacional

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