Hemos iniciado la semana con las declaraciones que el presidente Donald Trump ha realizado en contra del papa León XIV, con la arremetida poco racional de creerse juez y omnipotente ante los asuntos de política internacional.
Sin embargo, debemos manifestar que en materia de conciliación entre naciones no todo es como una ideología o Trump lo fundamenta. Recordemos, por ejemplo, que cuando Karl Marx escribió su obra El Capital, buscaba combatir la realidad inhumana de la sociedad capitalista para gestar entornos más humanos, más dignos para todas las personas; no obstante, la forma de comprender el pensamiento marxista desembocó en tiranías como el comunismo soviético, régimen malvado que criticó y persiguió a todos aquellos que libremente expresaron su oposición en la manera de llevar su política interna y externa.
Tal fue el caso del escritor ruso Alexander Soljenitsin, quien al publicar su novela Archipiélago Gulag y exponer el terror que vivía el pueblo ruso fue exiliado de la Unión Soviética.
De aquí que Donald Trump busque ahora acallar y amedrentar las voces de aquellos que no le sean complacientes a su ideología y visión de grandeza, ya que su mesianismo tiende a acabar con los infieles a él y redimir a aquellos que proclaman eterna fidelidad al nacionalismo norteamericano.
Por eso, ante el señalamiento de Trump al papa León de: “concentrarse en ser un gran Papa, no un político”, la respuesta del pontífice es directa: “el Evangelio es claro… Esto es lo que creo que tengo que hacer, lo que la Iglesia tiene que hacer. No somos políticos, no nos ocupamos de política internacional con la misma perspectiva que él (Trump) pueda tener. Yo creo en el mensaje del Evangelio que es el del construir la paz”.
Y efectivamente la esencia del mensaje cristiano está en ser signo de contradicción, en incomodar a todos aquellos que manipulando la verdad puedan oprimir y agredir la condición humana.
Por eso la voz del Papa es indudablemente fundamental ante las crisis políticas y conflictos bélicos, ya que la insistente exhortación a ser constructores de puentes de paz es apremiante.
Creo importante no olvidar que la propuesta de insistir en la búsqueda de diálogo e instancias internacionales para resolver las diferencias entre las naciones tiene que ser promovida, no sólo por la Iglesia y sus ministros, sino por todos los líderes políticos, a fin de encontrar medios que garanticen la estabilidad de los pueblos y no el horror que la guerra deja.
De aquí la claridad en la declaración del Papa a Trump al mencionarle: “la Iglesia tiene la obligación moral de ir contra la guerra”, ya que el Evangelio tiene en su ser la promoción de la dignidad humana, la trascendencia de los valores que ennoblecen a todos los seres humanos sin distinción de nacionalidad o condición.
Hay quienes opinarán, al estilo Trump, que la jerarquía está invadiendo un campo que no le corresponde, que las relaciones políticas son exclusivas de los gobernantes y que la línea tan delgada entre los asuntos del Estado y la Iglesia debe siempre respetarse; sin embargo, el mismo papa León ha expresado de forma directa que “el presidente no está entendiendo lo que es el mensaje del Evangelio”, ya que la vinculación de los asuntos civiles con el espíritu del mensaje cristiano es inherente.
Es decir, el profetismo de la Iglesia y los fieles es una nota esencial a la vida diaria de todos aquellos que estamos inmersos en las realidades temporales, que no es posible estar en el mundo sin denunciar aquello que lastima o corrompe al hombre.
De tal forma que, ante los señalamientos de Donald Trump, se vislumbra una enorme soberbia que le impide analizar la profundidad y riqueza del Evangelio; porque no se trata de eliminar a los que no se ajusten a la ideología del presidente o declararle la guerra a aquellos que construyan sus naciones con filosofías o políticas distintas a las de occidente, sino de gestar y darle a la palabra, a través del diálogo, el valor unificador que tanto anhelamos.
Nos queda claro que la postura severa del actual presidente de Estados Unidos ante las declaraciones del papa León XIV sobre la realidad de sus intervenciones en Venezuela e Irán no cambiarán, y que la ceguera que lo invade continuará generando críticas a los discursos papales.
Pero que también quede manifiesta la postura de la Iglesia católica, la cual guía el papa León, ya que “el mensaje del Evangelio es muy claro: Bienaventurados los que construyen la paz” y esa deberá ser la misión inaplazable de todo hombre que desee ser promotor de la unidad entre las naciones de la tierra.— Mérida, Yucatán.
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Sacerdote católico
