Nunca habíamos escuchado tantas voces. Tal vez por eso cada vez nos cuesta más escuchar la nuestra.

Vivimos en una época donde las opiniones circulan a una velocidad impresionante. Cada día recibimos cientos de mensajes, noticias, videos, comentarios y puntos de vista sobre prácticamente cualquier tema. Parecería que nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento. Sin embargo, vale la pena preguntarnos si realmente estamos comprendiendo más o simplemente estamos escuchando más ruido.

Hubo un tiempo en que los mayores ocupaban un lugar especial dentro de las familias y las comunidades. No porque supieran todo, sino porque habían vivido mucho. Su autoridad nacía de la experiencia. Habían aprendido golpe tras golpe, error tras error, acierto tras acierto. Sabían algo que ninguna teoría puede enseñar por completo: que la vida se comprende de una manera distinta cuando se vive.

Porque uno puede escuchar muchas cosas. Puede leer libros, asistir a conferencias o recibir consejos. Pero hay lecciones que solo se entienden cuando se respiran, se sudan, se lloran o se celebran. Hay verdades que no entran por los oídos; entran por la experiencia.

Quizá por eso la sabiduría siempre fue algo más profundo que la simple información. La información puede adquirirse en minutos. La sabiduría suele requerir años.

Sin embargo, algo parece estar cambiando. Hoy tenemos acceso inmediato a innumerables opiniones, pero cada vez menos espacios para reflexionar sobre ellas. Saltamos de un tema a otro, de una noticia a otra, de una polémica a la siguiente. Reaccionamos con rapidez, compartimos ideas y emitimos juicios, pero rara vez nos detenemos lo suficiente para preguntarnos qué pensamos realmente.

Y ahí aparece una ausencia silenciosa que pocas veces notamos: la falta de silencio.

No del silencio exterior, sino de ese silencio interior donde una persona conversa consigo misma. Ese espacio donde nos cuestionamos, dudamos, reconsideramos nuestras certezas e incluso nos contradecimos. Ese lugar donde las ideas ajenas dejan de ser simples ecos y comienzan a convertirse en pensamiento propio.

Porque el criterio no nace cuando escuchamos una opinión. Nace cuando la examinamos. Cuando la ponemos a prueba frente a nuestra experiencia, nuestros valores y aquello que hemos aprendido a lo largo de la vida. Y ese proceso necesita tiempo. Necesita calma. Necesita silencio.

Tal vez por eso una de las tareas más importantes de nuestro tiempo no sea buscar más información, sino recuperar espacios para pensar. Volver a caminar sin prisa. Apagar por momentos el ruido constante. Sentarnos con nuestras preguntas antes de correr a buscar respuestas.

Porque las opiniones pueden repetirse.

La sabiduría, en cambio, debe construirse.

Nota al calce

Hace algunos años, durante una reunión familiar, un hombre escuchó a su nieto decir que ya tenía una opinión muy clara sobre casi todo. Sonrió y le respondió: “Qué bueno. Yo a tu edad también estaba seguro de muchas cosas”. El joven le preguntó cuándo había cambiado de opinión. El abuelo contestó: “No cambié una vez. Cambié muchas. Algunas después de equivocarme. Otras después de perder. Otras después de sufrir. Y unas cuantas después de escuchar más de lo que hablaba”.

Luego hizo una pausa y añadió:

“Con los años descubrí que la experiencia no siempre te da todas las respuestas, pero sí te enseña a desconfiar de las respuestas demasiado fáciles”.

Esa es quizá una de las razones por las que la sabiduría suele llegar despacio: porque la vida tarda tiempo en enseñar lo que realmente importa.

Tal vez hoy no necesitemos escuchar una voz más. Tal vez necesitemos regalarle unos minutos de silencio a la que llevamos dentro.

Antoine Abraham Pompeyo
*Doctor en ingeniería mecánica y maestro en bioética

www.antoineabraham.com

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