La anécdota que en seguida narraré es real. A pesar de eso es interesante. Este señor de mi ciudad era algo más que un señor: era un caballero. Alto y erguido, de cabello entrecano y gentil rostro, tenía cierto parecido con Vincent Price o Basil Rathbone, actores de la pantalla caracterizados por su elegancia y apostura.

Vestía trajes Príncipe de Gales; calzaba zapatos de charol, se cubría con un Borsalino de elevado precio: lucía siempre fulares de seda azul o roja que le daban un aire de extranjería y distinción. Era rico, muy rico.

Empresario de nota, figuraba como uno de los pilares de la comunidad. Y sin embargo este dineroso caballero que habría podido beber el más caro de los whiskies o el más fino coñac, bebía en lo privado y en lo público un espantoso marrascapache de la peor especie y laya, salido con pretensión de brandy de ciertas bodegas locales para tormento de la humanidad sufriente.

Le preguntaban por qué tomaba ese carrascaloso chínguere. Respondía: “Por agradecimiento”.

Sucede que ese señor padecía todos los males derivados de la presencia en su organismo de una solitaria, gusano parásito de nombre Taenia Solium. Hasta las lombrices tienen derecho a recibir un nombre. Había acudido a médicos en la Ciudad de México, en Estados Unidos, en Inglaterra y Alemania, y ninguno había podido librarlo de aquella perniciosa huésped.

Una vez llegó a su casa en horas altas de la noche, urgido de un trago para poder dormir después de haber manejado durante horas, y se encontró con la ingrata novedad de que no había en ella ningún licor. Fue al casino de la localidad y le pidió al cantinero que le sirviera un whisky. El hombre se apenó: “Le voy a quedar mal, don Eduardo. Tuvimos una boda y se nos acabó todo. Lo único que hay es…”.

Y citó aquel infame chínguere. “Dame lo que sea” —pidió el apurado caballero. Y bebió de un solo trago la copa de ese vil soyate que hasta el más arriscado teporocho habría rechazado.

En la mañana del siguiente día expulsó la solitaria. Desde entonces ya no bebió más que aquella ruin bebida.

Explicaba: “Por agradecimiento”. Pues bien: también por agradecimiento voté ayer por el PRI en la elección de diputados locales habida en mi ciudad.

Javier, mi hijo, uno de mis cuatro orgullos, escribió un excelente artículo para Vanguardia. En él dijo que a los gobiernos priistas, estatal y municipales, debemos los coahuilenses, y en nuestro caso los saltillenses, el ámbito seguro en que vivimos; la paz y la tranquilidad que nos permiten disfrutar en el hogar y fuera de él la compañía de nuestros seres queridos, y trabajar e ir a todos lados sin la zozobra que desgraciadamente sufren muchos mexicanos con la amenaza de la delincuencia.

Por eso ayer le di mi voto al PRI. Por agradecimiento.

El príncipe le entregó al Primer Ministro un sostén de tamaño extra súper grande plus. Le explicó al desconcertado funcionario: “Se me ocurrió esta nueva versión del cuento de la Cenicienta”.— Salltillo, Coahuila.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán