Francisco Javier Rodríguez Vadillo (*)

La defensa de la historia no debe entenderse como la negación de una raíz para exaltar otra, sino como la capacidad de una sociedad consciente para comprender que su identidad colectiva se construyó a partir de múltiples procesos históricos, culturales y humanos que hoy forman parte inseparable de lo que somos.

¿Debe reconocerse plenamente la grandeza de la civilización maya y su legado vivo? Absolutamente.

¿Deben abrirse más espacios públicos para homenajear figuras mayas, científicas, culturales, deportivas y sociales de Yucatán? Sin duda.

Pero una cosa es ampliar el reconocimiento histórico y otra muy distinta intentar reemplazarlo selectivamente.

La civilización maya merece reconocimiento profundo, permanente y visible. Y, de hecho, Mérida ya cuenta con expresiones públicas importantes que honran esa herencia histórica y cultural.

Existe un monumento dedicado a Jacinto Canek, símbolo de la resistencia indígena maya en la avenida del mismo nombre, así como una representación del mestizaje y del encuentro cultural mediante las figuras históricas de Gonzalo Guerrero y Zazil Há, junto con sus hijos, cuya historia forma parte esencial de la identidad histórica y cultural de la península de Yucatán, ésta última en prolongación de Paseo Montejo.

De igual manera, el propio Monumento a la Patria —obra del escultor colombiano Rómulo Rozo— constituye probablemente uno de los símbolos urbanos más importantes de exaltación de la civilización maya en Mérida. Toda su narrativa escultórica incorpora elementos mayas, personajes indígenas, símbolos mesoamericanos y escenas históricas vinculadas a la identidad peninsular y nacional.

Ello demuestra que el espacio público yucateco no es exclusivo ni unilateral. Por el contrario, ha evolucionado incorporando distintas etapas, raíces y visiones de nuestra historia común.

Precisamente por ello, el camino correcto no consiste en eliminar símbolos históricos existentes, sino en continuar enriqueciendo el espacio público con nuevas expresiones culturales, históricas y artísticas que reflejen la complejidad de nuestra identidad.

La colocación contemporánea del Monumento a Los Montejo en 2010 tampoco surgió como una decisión improvisada o aislada. Su instalación fue impulsada por agrupaciones culturales como Pro Hispen, institución vinculada durante décadas al rescate, estudio y difusión del patrimonio histórico y cultural de Yucatán, destacando de manera especial la visión y el compromiso de doña Margarita Díaz Rubio de Ponce, reconocida promotora cultural cuya trayectoria ha dejado una huella profundamente respetada en la defensa, preservación y fortalecimiento de la identidad histórica y patrimonial peninsular.

Incluso, la idea de generar homenajes históricos relacionados con los Montejo y el propio Paseo de Montejo tenía antecedentes promovidos desde tiempo atrás por la Liga de Acción Social dentro de una visión urbana y simbólica asociada a la identidad histórica de la ciudad.

Las ciudades con memoria histórica no borran su pasado: lo estudian, lo entienden y aprenden de él.

Porque cuando una sociedad comienza a reinterpretar toda su historia únicamente desde lecturas polarizantes del presente, corre el riesgo de convertir el espacio público en un terreno permanente de confrontación simbólica innecesaria y profundamente divisiva.

Yucatán necesita más profundidad histórica y menos división social artificial.

El monumento a Los Montejo no representa una invitación contemporánea al racismo ni a la discriminación. Representa un episodio histórico de la fundación de nuestra urbe —complejo, debatible y humano— que forma parte inseparable del origen de la Mérida actual.

Negar el pasado no modifica la historia; únicamente debilita nuestra capacidad de comprender quiénes somos y cómo llegamos hasta aquí.

Las sociedades verdaderamente sólidas no se construyen destruyendo símbolos incómodos para una minoría ni reescribiendo selectivamente su historia colectiva al ritmo de las corrientes ideológicas del momento, sobre todo cuando esas narrativas terminan utilizándose como banderas ideológicas en curules legislativos ante la ausencia de propuestas verdaderamente transformadoras para el estado. Se consolidan enfrentando su propia trayectoria histórica con inteligencia, criterio, contexto y profundidad.

Porque si nuestra hermosa ciudad —tanto quienes nacieron en ella como quienes la han hecho su hogar— aprende a mirar con madurez crítica su historia, con sus luces y sus sombras, no solamente preservará su identidad: fortalecerá también su cultura, su capacidad de convivencia y su entendimiento sobre la complejidad humana que dio origen a su propia existencia.

Tal vez el verdadero desafío no consista en decidir qué monumentos retirar, sino en aprender finalmente a mirar nuestra historia con la serenidad intelectual suficiente para comprenderla con profundidad, asumirla con madurez e inteligencia, y evitar que resentimientos, visiones confrontativas u oportunismos políticos del presente terminen fracturando innecesariamente la memoria colectiva, la convivencia social y el espíritu de comunidad que históricamente ha distinguido a Yucatán, “el país que es diferente”.— Mérida, Yucatán

Expresidente del Colegio Yucateco de Arquitectos A.C.

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