Ahora que llegaron estas lluvias tan fuertes, de repente me vino a la cabeza el recuerdo de la casa donde viví de niña en el centro de Mérida, en una calle ubicada entre El Zopilote y El Cardenal.
Cada vez que llovía intensamente, aquella calle se transformaba. El agua comenzaba a acumularse sobre el asfalto y poco a poco aparecían enormes charcos de agua que para nosotros parecían verdaderos ríos. No recuerdo las rejillas, pozos de absorción y sistemas pluviales que hoy forman parte del paisaje urbano. El agua simplemente se quedaba ahí durante horas y seguramente durante días.
Mis hermanos, mis primos y yo esperábamos aquellos momentos con emoción. Construíamos barquitos de papel y los dejábamos navegar impulsados por las olas que levantaban los automóviles al pasar. Cuando nuestras madres se descuidaban, terminábamos metidos en aquellos enormes charcos, hasta que inevitablemente llegaban los regaños y seguramente quizá alguna chancleta.
Esa era la Mérida de principios de los años sesenta.
Por eso, cuando hoy escucho las preocupaciones que generan las lluvias extraordinarias y los encharcamientos en distintos puntos de la ciudad, pienso que también es importante recordar algo: El agua siempre ha formado parte de la historia de Mérida.
Sin embargo, también recuerdo otra cosa que existía en aquella casa y que hoy cobra un significado especial: El aljibe.
Como muchas viviendas tradicionales del centro histórico, nuestra casa contaba con un sistema para captar y almacenar agua de lluvia. Lo que para nosotros era algo cotidiano, hoy vuelve a aparecer como una de las herramientas más modernas para enfrentar los desafíos climáticos del futuro.
Después de participar recientemente en una mesa de análisis sobre las inundaciones en Mérida, confirmé algo que pocas veces se reconoce en el debate público: La ciudad no ha permanecido inmóvil frente a este desafío. Por el contrario, durante décadas ha venido construyendo una verdadera cultura de adaptación al agua.
Cuando observamos únicamente los encharcamientos que provocan las lluvias más intensas, podemos perder de vista el enorme trabajo realizado a lo largo de muchos años.
Hoy Mérida cuenta con una extensa red de pozos de absorción, rejillas, zanjas colectoras y sistemas de infiltración distribuidos por toda la ciudad. Se han recuperado antiguas sascaberas que funcionan como grandes vasos reguladores naturales. Las autoridades municipales han construido cientos de parques y áreas verdes que, además de ser espacios de convivencia, cumplen funciones ambientales fundamentales para la captación y absorción del agua.
Incluso proyectos recientes como La Plancha incorporaron elementos que ayudan a retener e infiltrar parte importante de la lluvia que cae en la zona, reduciendo la presión sobre áreas vecinas.
Muchas veces pensamos que la infraestructura hidráulica de una ciudad se limita a grandes obras públicas, por ejemplo decimos: qué lástima que no tengamos drenaje pluvial. Sin embargo, en Mérida existe una infraestructura silenciosa que pocas veces se valora y que se encuentra en los patios y jardines de las casas.
Durante décadas, los reglamentos urbanos se han ido endureciendo favoreciendo la existencia de áreas libres dentro de los predios. Los patios, jardines y espacios permeables no sólo mejoran la calidad de vida de las familias; también permiten que miles de metros cuadrados absorban agua de lluvia cada vez que se presenta una tormenta.
En otras palabras, parte de la capacidad de Mérida para manejar el agua no está únicamente en los parques o en las obras municipales. También está detrás de las bardas de miles de viviendas.
Ese modelo urbano, sumado a la tradición de los aljibes y a la presencia de áreas verdes distribuidas por toda la ciudad, ha contribuido durante años a que Mérida conserve una relación distinta con el agua.
Y fue precisamente a partir de que asistí a ese conversatorio que surgió una pregunta que me parece fascinante:
¿Tiene Mérida las condiciones para convertirse en una de las mejores ciudades esponja del mundo?
El concepto de ciudad esponja propone algo aparentemente sencillo, pero profundamente transformador: Captar, almacenar, infiltrar y aprovechar el agua de lluvia en lugar de tratar únicamente de expulsarla.
Muchas ciudades del mundo están invirtiendo enormes recursos para construir esa capacidad, algunas ni siquiera tienen reservas de agua. Mérida, en cambio, posee ventajas naturales y culturales extraordinarias.
Tenemos un suelo calizo con gran capacidad de infiltración. Tenemos una tradición histórica de captación de agua mediante aljibes. Tenemos parques, áreas verdes y espacios de absorción distribuidos por toda la ciudad. Tenemos parques ecológicos o inundables que pueden funcionar como vasos reguladores y que recargan el manto acuífero. Tenemos una amplia red de pozos de absorción. Y contamos con una experiencia acumulada de generaciones que han aprendido a convivir con las lluvias.
Por supuesto, los retos siguen siendo enormes.
La ciudad continúa creciendo. Las lluvias siguen siendo intensas. La expansión urbana obliga a planear con inteligencia para proteger las áreas de absorción y garantizar la recarga del acuífero que constituye una de nuestras mayores riquezas.
Pero precisamente por eso la discusión ya no debería centrarse únicamente en los problemas que enfrentamos, sino también en las oportunidades que tenemos.
Quizá el siguiente paso consista en ampliar los sistemas de captación pluvial, construir más aljibes urbanos en parques y espacios públicos, fortalecer la protección de áreas verdes, aprovechar estratégicamente las sascaberas, impulsar jardines de lluvia y seguir promoviendo desarrollos urbanos que respeten superficies permeables.
No se trata de empezar desde cero, para nada.
Se trata de reconocer que Mérida ha venido construyendo durante décadas muchos de los elementos que hoy forman parte de las ciudades más avanzadas en materia de adaptación climática.
Cuando aquellas lluvias de mi infancia convertían las calles del centro en pequeños lagos, jamás imaginé que algún día estaríamos hablando de conceptos como resiliencia urbana o ciudades esponja. Sin embargo, mirando hacia atrás, comprendo que la relación de Mérida con el agua siempre ha sido una historia de adaptación.
Una historia construida por generaciones de ciudadanos, por reglamentos urbanos que entendieron la importancia de los espacios abiertos, por autoridades que han invertido en infraestructura de absorción y por una cultura que durante siglos aprendió a vivir en armonía con las condiciones de esta tierra.
Tal vez la gran pregunta no sea cómo evitar que cuando llueva se logre eliminar por completo los encharcamientos. Ninguna ciudad del mundo ha logrado eso, ni tampoco es el camino.
La verdadera pregunta es si seremos capaces de aprovechar todas las ventajas que ya tenemos para llevar a nuestra querida Mérida en la ciudad modelo del futuro.
Porque mientras muchas ciudades buscan desesperadamente cómo convivir con el agua, Mérida lleva generaciones aprendiendo a hacerlo.
Y quizá ha llegado el momento de convertir esa experiencia en una visión compartida: una Mérida más verde, más resiliente, más preparada y capaz de convertirse en un referente internacional de cómo una ciudad puede recibir la lluvia, aprovecharla y transformarla entre todos.
Ninguna infraestructura puede funcionar plenamente si seguimos permitiendo que la basura termine en las calles, en las escarpas o en las rejillas que fueron diseñadas para conducir y absorber el agua de lluvia. No se puede seguir viendo cada estación lluviosa como bolsas, envases, envolturas etc. sigan obstruyendo los sistemas de captación, porque se pierde la finalidad para lo que fue construido.
En muchos países, las personas que andan por las calles se acostumbran a conservar consigo sus residuos hasta llegar a sus casas y depositarlos en sus propios botes de basura.
Mi reflexión e invitación hoy a construir entre todos ciudadanos y autoridades a aspirar llegar a: cero basuras en la calle, a retirar los basureros públicos y a sancionar a todo aquel que vierta en áreas públicas sus desechos.
Construir entre todos esa Mérida capaz de convertirse en una gran riqueza acuífera, la ciudad blanca y limpia que siempre ha sido, en el modelo de ciudad que todos anhelan para vivir.
Yo creo que sí se puede. Tú, ¿cómo lo ves?— Mérida, Yucatán
Exdiputada
