En mayo de este año, en el mes del calor más severo en Yucatán, publicamos un artículo en el que advertimos sobre los peligros de las “aguadas artificiales”, comúnmente bancos de materiales o “sascaberas” que han sido abandonados y convertidos en cuerpos de agua con fines recreativos (R. Llanes, Y. Aguilar y L. Blanco, “Aguadas artificiales”, D deY, 18-5-26).
Uno de los peligros que identificamos es el de las personas que han perdido la vida por ahogamientos en las aguadas artificiales. Algunas personas que comentaron el artículo señalaron que los ahogamientos también se dan en piscinas o en el mar. Si bien esto es cierto, las aguadas artificiales tienen una particularidad que es resultado de la singularidad de nuestro territorio kárstico: estos cuerpos de agua artificiales no solo tienen una profundidad irregular, lodos y rocas no visibles, sino también pueden estar conectados a cavernas o a corrientes subterráneas que no están presentes en piscinas y que pueden contribuir a ahogamientos y otros accidentes.
Pero los trágicos ahogamientos en aguadas artificiales —al menos 20 de 2014 a la fecha— son solo la punta del iceberg del problema que representan los bancos de materiales convertidos en cuerpos de agua con fines recreativos. En el artículo planteamos que también provocan la pérdida de suelos, de relieves (como haltunes y xuuchs) haciendo más vulnerable al acuífero, alteran los conductos de agua subterránea, entre otros problemas. También hicimos un llamado a las autoridades a tomar medidas de prevención en estos espacios artificiales, sobre todo en los meses de calor, y a regular de manera más específica los bancos de materiales abandonados que son convertidos en cuerpos de agua con fines recreativos.
Este mes, otro trágico acontecimiento ha puesto la contaminación de los lagos artificiales en el foco de atención de las redes sociales y los medios de comunicación locales, nacionales y globales: el fallecimiento de un joven instructor de wakeboard (esquí acuático sobre tabla) de 34 años por Meningoencefalitis amebiana primaria (MAP), causada por “Naegleria fowleri” (N. fowleri), popularmente conocida como la “ameba comecerebros”.
Esta ameba fue descrita por el patólogo Malcolm Fowler, a quien debe su nombre, en 1965 en Australia. Desde entonces, se han registrado alrededor de 500 casos en todo el mundo, aproximadamente la quinta parte en el sur de los Estados Unidos. N. fowleri tiene tres fases de vida distintas: como trofozoíto, que es su forma infecciosa; como flagelado, cuando requiere motilidad o movimiento; y de quiste, cuando las condiciones ambientales no son óptimas para su supervivencia. Este estado inactivo le confiere una gran resistencia a condiciones adversas y le permite sobrevivir en un amplio rango de temperaturas.
Aunque la MAP provocada por N. fowleri es poco frecuente, el reciente caso de Yucatán no puede verse como uno aislado. Un estudio publicado por Jianyu Zheng y colaboradores, publicado en 2025 en la revista Biocontaminant, advierte que las amebas son una amenaza en ascenso y un desafío para la salud pública global, y señalan que amebas de vida libre, como “Acanthamoeba spp” y N. fowleri, son de particular preocupación.
¿Por qué estas amebas se han convertido en un desafío para la salud pública? Estos protozoos unicelulares se encuentran ampliamente distribuidos en diversos ambientes naturales, tanto en suelos, aire y cuerpos de aguas como en lagos, ríos y estanques. Particularmente, N. fowleri habita típicamente en aguas dulces cálidas como en ambientes contaminados. Una de las grandes preocupaciones es que el calentamiento global y la degradación de los geo-ecosistemas está expandiendo la distribución geográfica de amebas como N. fowleri, incrementando potencialmente también la incidencia en regiones previamente afectadas.
Este año, la profesora y divulgadora de ciencias de la salud Janette DeFelice publicó un artículo de revisión en el que documenta que el aumento de las temperaturas de los cuerpos de agua dulce provee de un ambiente propicio para la N. fowleri. DeFelice cita un estudio de caso en Minnesota, en donde una niña de siete años falleció debido a MAP contraída en un lago. El estudio plantea que el calentamiento del agua por sí mismo pudo no haber sido suficiente para el crecimiento de la ameba en el lago, sino que también es posible que hayan intervenido otros factores de contaminación, como la materia orgánica disuelta.
En otras palabras, la “triple crisis planetaria”, compuesta de la interrelación de calentamiento del clima, pérdida de biodiversidad y contaminación, parecen estar contribuyendo, según los estudios, a crear ambientes más propicios para N. fowleri.
Otro factor de preocupación es que, ya desde 2012, un estudio realizado por James Diaz, académico del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad del Estado de Luisiana, advertía a partir de un análisis estadístico de 121 casos de MAP confirmados en Estados Unidos que la enfermedad estaba más presente entre hombres jóvenes con exposición a aguas recreativas en los estados del sur, particularmente en el verano (“Seasonal primary amebic meningoencephalitis (PAM) in the south: summertime is PAM time”).
Desde entonces, estudios más recientes, como el realizado por Shanna Miko y sus colaboradores, publicado en la revista especializada en calidad de agua ACS ES&T Water en 2023, han hallado que “se han asociado infecciones múltiples por N. fowleri con la exposición a espacios artificiales de agua dulce, como las instalaciones de surf o los estanques de parques de cable”, como sucedió recientemente en el lago artificial de Fornelos Wake en Mérida.
De este modo, la combinación del cambio climático, contaminación, deforestación y degradación de los geo-ecosistemas, junto con la proliferación de lagos artificiales en desarrollos inmobiliarios y centros comerciales, como está sucediendo en Yucatán, y sin un adecuado manejo de estos, se están convirtiendo en un caldo de cultivo para la proliferación de diversos tipos de microorganismos, algunos de los cuales podrían ser patógenos para seres humanos, como lo es N. fowleri.
El pasado 22 de septiembre, el gobierno de Yucatán publicó un comunicado en el que informó que multó con más de 2.1 millones de pesos (un monto menor al costo de los departamentos en la zona) a la empresa Fornelos Wake Yucatán, responsable del lago artificial en donde se confirmó la presencia de N. fowleri. También divulgó que ha ampliado la vigilancia sanitaria en cuerpos de agua del complejo habitacional Cabo Norte, en el parque La Plancha y el Parque Zoológico del Centenario, y que se realizarán muestreos preventivos en el Acuaparque, Animaya y el Parque Ecológico del Poniente. El comunicado también informó que, en el caso del lago artificial de Fornelos Wake, hallaron “la falta de programas y bitácoras de limpieza, la presencia de moho, deficiencias en la circulación y filtración, así como la ausencia total de cloro residual libre”.
En el comunicado, el gobernador Joaquín Díaz Mena “recalcó que las empresas son responsables de los cuerpos de agua que administran y las llamó a actuar con transparencia” y “pidió a la población mantenerse informada”.
Pero, más allá de las multas y la vigilancia, las autoridades municipales, estatales y federales también tienen la obligación de prevenir casos como el fallecimiento del instructor en el lago artificial de Fornelos Wake. Diversos trabajos sobre N. fowleri han hecho un llamado a adoptar el enfoque de “Una sola salud”, que reconoce la interrelación entre la salud de las personas, los animales y los ecosistemas, ya que las alteraciones de esas relaciones “puede aumentar el riesgo de aparición y propagación de nuevas enfermedades en las personas y los animales” (Organización Mundial de la Salud, “Una sola salud”, 2026). Así, no es suficiente concientizar sobre el uso de pinzas para la nariz y evitar la sumersión total en cuerpos de agua dulce en temporadas de calor si los gobiernos siguen autorizando la creación de bancos de materiales, complejos habitacionales y lugares recreativos que contribuyen a un mayor calentamiento del planeta, contaminar suelos y agua y fragmentar hábitats. Las consecuencias, como hemos visto, pueden ser mortales.— Mérida, Yucatán
*Investigador del Cephcis UNAM – Investigadora de Inifap / AMEK
