Desde que Adam Smith y David Ricardo sentaron las bases de la economía clásica, la especialización, la división del trabajo y el intercambio comercial han sido reconocidos como los grandes motores de la productividad y la riqueza de las naciones.

Con la evolución del pensamiento económico durante el siglo XX y el auge de la economía institucional —impulsada por pensadores como Douglass North, Daron Acemoglu y James Robinson—, quedó demostrado que el crecimiento por sí solo no garantiza el desarrollo. La verdadera prosperidad exige algo más que oportunidades: requiere certidumbre jurídica, respeto a la propiedad, cumplimiento de contratos y un Estado de derecho sólido.

Hoy en día, el panorama económico global enfrenta una profunda reconfiguración marcada por el resurgimiento del proteccionismo. Este conjunto de políticas —que abarca desde la imposición de aranceles y subsidios hasta barreras regulatorias y restricciones a las importaciones— responde a crecientes tensiones geopolíticas y a la disputa por el liderazgo industrial entre las grandes potencias.

Aunque el proteccionismo busca resguardar las industrias locales y reducir vulnerabilidades estratégicas, en la práctica está fragmentando los flujos tradicionales de comercio internacional y encareciendo las cadenas globales de suministro.

Como respuesta natural a estas restricciones comerciales, el mundo presencia la aceleración del nearshoring y del friend-shoring.

Las empresas multinacionales ya no solo buscan minimizar costos de mano de obra en mercados lejanos, sino garantizar resiliencia, seguridad y cercanía geográfica hacia sus mercados de consumo final.

A ello se suma la necesidad de operar en países considerados aliados estratégicos, con estabilidad política y marcos regulatorios confiables. En este escenario de relocalización, la posición geográfica de México, su integración comercial a través del T-MEC y su capacidad manufacturera lo ubican en un lugar de privilegio absoluto.

Sin embargo, la llegada de capitales extranjeros no se traduce automáticamente en prosperidad. La inversión puede generar empleo e innovación temporal, pero corre el riesgo de convertirse en un enclave aislado si las regiones receptoras no cuentan con la infraestructura, la certidumbre jurídica y las condiciones locales adecuadas para absorber ese crecimiento.

La paradoja del Sureste

Aquí es donde cobra relevancia la paradoja del sureste mexicano, y en especial el papel estratégico de Yucatán. La región cuenta con activos geográficos y logísticos destacados: su cercanía con la costa este de Estados Unidos, la conectividad marítima a través del Puerto de Altura de Progreso, la infraestructura aeroportuaria y la expansión de sus corredores industriales representan ventajas comparativas de primer nivel. Asimismo, Yucatán destaca a nivel nacional por sus elevados índices de seguridad y paz social, un elemento diferenciador indispensable para la atracción de inversiones a largo plazo.

A pesar de estas fortalezas, la experiencia demuestra que la ubicación y los recursos son condiciones necesarias, pero no suficientes. El gran desafío para Yucatán y el sureste no radica en la simple atracción de empresas, sino en transformar esas ventajas naturales en ventajas competitivas sostenibles.

Como señalan diversos análisis del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) y de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), consolidar un ecosistema atractivo frente al nearshoring exige atender asignaturas estructurales clave:

—Suficiencia y sostenibilidad energética: Garantizar energía limpia, competitiva y confiable, además de una gestión eficiente del agua para los nuevos parques industriales.

—Capital humano y formación técnica: Alinear la oferta educativa universitaria y técnica con las demandas de la industria de alta tecnología, promoviendo habilidades digitales, certificaciones internacionales y dominio de idiomas.

—Integración de la proveeduría local: Construir un ecosistema emprendedor donde las pequeñas y medianas empresas (PYMES) yucatecas se incorporen activamente a las cadenas de valor de las grandes firmas transnacionales.

—Calidad regulatoria e institucionalidad: Agilizar trámites, reducir la burocracia y mantener un Estado de derecho impecable que otorgue plena certeza a las inversiones.

El nearshoring y el friend-shoring abren una ventana de oportunidad histórica para el desarrollo regional de Yucatán y del sur del país. Sin embargo, las coyunturas no generan desarrollo por sí solas. Como nos enseña la historia económica, la prosperidad surge únicamente cuando la inversión, la visión estratégica, el talento y las instituciones sólidas trabajan en perfecta sintonía. La pregunta final para nuestra región ya no es si poseemos el potencial, sino si seremos capaces de construir las condiciones para transformarlo en bienestar duradero para toda la sociedad.

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Referencias consultadas: Acemoglu & Robinson (2012), IMCO (2025), North (1990), OCDE (2024), Ricardo (1817), Smith (1776).— Mérida, Yucatán

*Profesor Universitario. Facultad de Economía y Negocios. Universidad Anáhuac Mayab

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