La noche estuvo escriturada para Mozart… y un compositor tan polaco como Federico Chopin aunque menos renombrado.
Otro hijo de Polonia, director de la Filarmónica de Kielce, el maestro Jacek Rogala, fue batuta huésped para el segundo concierto de la XXIX temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY). Asimismo, el violinista Osvaldo Urbieta Méndez arribó desde la metrópoli para actuar como el consumado solista que es.
Anteanoche, en el Teatro Peón Contreras, el recital comenzó con la obertura de la ópera “Don Giovanni” de Wolfgang Amadeus, obra que los meridanos podrán disfrutar íntegramente en el último peldaño de la actual temporada.
La obertura —escrita por Mozart horas antes del estreno de la ópera en Praga— es un portento de resumen de caracteres dramáticos. Diversas células rítmicas nos recuerdan la arrogancia, la sensualidad y el desprecio de lo sobrenatural del engañador de mujeres. Mordiscos de los alientos nos traen la agonía del comendador y los llantos de las féminas burladas. La buena mano del Sr. Rogala nos deparó una lectura afortunada.
El instante expansivo del sr. Urbieta vino enseguida con el penúltimo de esos cinco conciertos que Mozart escribiera muy joven para expansión de Antonio Brunetti, un oscuro violinista que cobraba magro estipendio en las nóminas del arzobispo de Salzburgo.
Instrumento favorito del gran genio en su primera infancia, como que su padre escribiera un “Método profundo del violín” en 1765, lo dejó más tarde por el piano, que cobró fama social y era más redituable. En sus años de plenitud —caso extraño— no le consagró ningún concierto como hizo con el clarinete, el fagot o la flauta.
Don Osvaldo y nuestra orquesta hicieron latir el corazón clásico de la pieza con sus tres movimientos de acero y terciopelo. La exactitud de las ideas, los contornos rítmicos, los vaivenes emocionales fueron apareciendo en esa línea de lo que es y será siempre admirado. Quienes afirman que la música del hijo predilecto de Salzburgo proviene de la morada de los ángeles tienen en este concierto una prueba a su favor. Solista y orquesta merecieron prolongados aplausos.
En la segunda parte del programa, por la batuta de sr. Rogala testificamos el estreno en Mérida —y a lo mejor en Mesoamérica— de la única sinfonía que compusiera Mieczyslaw Karlowicz, quien, a finales del siglo XIX, se dio a conocer como postromántico con tendencia al eclecticismo, pues su estilo contiene resonancias de Strauss, Wagner y Tchaikovsky.
La pieza del poco afortunado autor —quiso estudiar piano y lo forzaron hacia el violín, cambió infinitas veces de maestro, murió a los 33 años en una avalancha— lleva como sobrenombre Renacer porque, según algunos comentaristas, nos muestra la reacción del espíritu cuando ya se ha traspasado el colmo de la angustia.
Quizá por ese rasgo no han faltado quienes aseguren que si Tchaikovsky hubiese vivido para componer otra sinfonía después de la desgarradora “Patética” tendría una estructura similar a la de esta solitaria obra de Karlowicz.
En efecto, entre otras, la huella del maestro ruso se advierte por los cuatro movimientos, en especial el segundo —andante— con una seductora melodía que desparrama el violoncelo, y el último, de ferviente vigor que no abandona del todo la intimidad. La versión del maestro Jacek fue precisa y vigorosa, digna de los aplausos que se le tributaron.— Jorge H. Alvarez Rendón
