Cautiva al teatro Peón Contreras el pianista invitado
Anteanoche, umbral de febrero, en el tercer concierto de la XXXI temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), el público se encontró ante la notoria grandeza de un par de favoritos: el alemán Ludwig van Beethoven y el ruso Piotr Tchaikovsky.
El escenario del Teatro Peón Contreras reconoció, desde los concilios de batuta del maestro Juan Carlos Lomónaco, la grandiosidad del máximo portento pianístico del germano y la tierna pesadumbre que nos interroga desde las entrañas de la penúltima sinfonía de don Piotr.
Desde muy lejos, el pianista polaco Marian Sobula llegó para entrar en las venas de ese clamor de intensidad vital arrastrado por el Concierto en Mi Bemol Mayor Op. 73, el quinto y más aclamado de los conciertos de Beethoven, el que lleva el sobrenombre de “Emperador” por su impetuosidad y no por haber sido dedicado originalmente a Rodolfo de Austria.
Un Allegro amplio y con corriente pasional abre la obra. En vez de la introducción a toda orquesta, la masa instrumental y el piano solista se dividen el ingreso antes del tema fundamental. Sobula nos llevó a degustar ese fluir de breves cadenzas como fuentes esbeltas, las variaciones que forman como un ciclo armónico, la calidez que va en aumento con trinos, arpegios y sondeos de emoción en equilibrio. Altiva la técnica, preciso el matiz del visitante polaco.
La lentitud meditativa del Adagio cobija recuerdos políticos de su época. Las tropas de Bonaparte han ocupado Austria. Se entra a un pálpito de dulce queja, canta el piano en ascenso cromático, atisbos de una vieja canción de soldados tristes, y don Marian, con apropiados acentos, desplegó el velamen de estos murmullos beethovenianos.
Para el Rondó final requirió el visitante polaco toda la fuerza expresiva de su formación. El desacuerdo rítmico entre una y otra mano desemboca en danza de aire popular que alcanza un impetuoso brío con “tuttis” orquestales y sentido triunfalista del piano. Redobles de timbales preludian los últimos, victoriosos acordes de esta arrogante composición. El teatro entero de tornó aplausos para premiar a solista y a nuestra orquesta. Sobula obsequió una mazurca de su compatriota Chopin.
De esperanza y miedo
Tras el intermedio, como a contraluz de tanto regocijo, llegó la meditativa huella del gran predilecto de los yucatecos: Tchaikovsky. Su quinta sinfonía con destellos equilibrados de esperanza y miedo al destino nos envolvió en cuatro movimientos que intentan descifrar un humano padecer, explorar una zona de sombras.
Cual un rechinar de vieja madera, las raíces del dolor se advierten desde el Andante inicial. Viene el autor de un periodo de esterilidad creativa. Ramos de duda retardan su confianza. Se sabe vulnerable. Un scherzo marca el progresivo andar de la fe en las propias fuerzas y se retrae en el Cantabile, punto en el que los vaivenes de la fortuna, la imprecisión amorosa y la implacable llama de la conciencia afloran dulce y meditativamente en un tema inolvidable que se inicia en los alientos y retoma toda la masa orquestal en orientado desarrollo.
Un vals —forma amada por el autor— se encarama en la ilusión de futuro lanzada como moneda de suerte, y un Andante maestoso converge en el Allegro con ánima en el cual, por encima de sombras, se expulsa a la tristeza de su guarida y emerge la esperanza con gran colorido e ímpetu orquestal. Muy correcta la versión del maestro Lomónaco y fue premiado con insistentes palmas.— Jorge H. Álvarez Rendón
