Monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán
“Dichoso el que no se sienta defraudado por mí” (Mt 11, 6)
Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este tercer domingo del santo tiempo de Adviento. La semana pasada concurrieron dos grandes fiestas marianas, la de la Inmaculada Concepción de María y la fiesta de nuestra Señora de Guadalupe.
Estas fiestas marianas en realidad no nos distraen de nuestro Adviento, pues María es la Virgen del Adviento, ya que ella encarnó todas las esperanzas cumplidas a Israel, así como toda la Buena Nueva para la Iglesia y para el mundo, pues nadie como ella espero al Mesías, sobre todo en los nueve meses en que lo llevó en su vientre purísimo. Hay además otra antiquísima fiesta mariana el próximo 18 de diciembre, en la que se festeja a María con el nombre de nuestra Señora de la Expectación, sirviendo esta misma fecha también para otras devociones marianas. La misma devoción popular nos hace acompañar a nuestra Madre en la celebración de las posadas y en las figuras de nuestros nacimientos. De la mano de María caminemos este tiempo litúrgico y toda nuestra vida.
Hoy es el domingo llamado “Gaudete”, cuando se enciende la vela rosa de la corona de Adviento, y la vestidura del sacerdote puede cambiar a color de rosa, porque es un día en el que la Iglesia nos invita a la alegría que proviene de la esperanza del Señor que viene.
De hecho, por eso la primera lectura, tomada del profeta Isaías nos dice: “Regocíjate, yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios, que se alegre y dé gritos de júbilo… Digan a los de corazón apocado: ¡Ánimo!… vendrán a Sion con cánticos de júbilo, coronados de perpetua alegría; serán su escolta el gozo y la dicha” (Is 35, 1-6. 10).
El motivo de la alegría a que se invitaba al pueblo de Israel era la esperanza de que pronto volverían de su destierro y se acabaría todo motivo de aflicción. Para nosotros los cristianos está patente la esperanza de que saldremos del destierro en este valle de lágrimas, para ir al encuentro del Señor en la Jerusalén celestial. Nos alegramos además porque aquí y ahora gozamos de las múltiples presencias que el Señor presenta en nuestras vidas: a través de sus sacramentos, en su Palabra, en toda la gente que amamos y que nos ama, en todos los hermanos necesitados de nuestro apoyo y en todas las cosas buenas de la vida.
En la segunda lectura el apóstol Santiago nos llama a ser pacientes en nuestra esperanza con la misma actitud que tiene un sembrador al esperar el fruto de lo que ha sembrado. Él invitaba a tomar el ejemplo de paciencia en el sufrimiento de los profetas, y claro que en ellos tenemos grandes ejemplos. Tenemos además un maravilloso ejemplo en los profetas del Nuevo Testamento, es decir, en todos los mártires de la Iglesia que son más cercanos a nosotros. Por ejemplo, tenemos al beato mártir Anacleto González Flores, patrono de los Laicos en México. Seamos pues, pacientes, y no exijamos resultados inmediatos y perfectos de nuestros esfuerzos y oraciones.
En el santo evangelio de hoy según san Mateo, Juan el Bautista, quien está en la cárcel, manda a sus discípulos a preguntar a Jesús si él es el Mesías o si deben esperar a otro. Los especialistas en Biblia afirman que seguramente no es que Juan tuviera dudas sobre el mesianismo de Jesús, sino que quería que sus discípulos fueran a verlo y se convencieran de que en verdad era el Mesías. Seguramente habría un deseo en Juan, de que su gente viniera a darle testimonio de la obra de Jesús y alegrarle así sus días. A todos los presos les gusta que la gente los visite, y aunque les platiquen las mismas cosas, que ellos sean sus ojos para ver lo que está más allá de las paredes de su reclusorio. Claro que cuando son visitados por sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos, como los muchos que hay en Yucatán, nuestros hermanos presos pueden ver no sólo lo que hay más allá de la barda del penal, sino incluso más allá de esta vida.
La respuesta que Jesús da a los enviados de Juan es que en él se están cumpliendo las profecías que lo anunciaban pues “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su lepra, los sordos oyen. Los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí” (Mt 11, 5-6). Esos milagros que Jesús realizaba continúan sucediendo hasta hoy, por la oración de la comunidad o la intercesión de algún santo; aunque para el que cree, aún lo natural es milagroso.
¿Quién se puede sentir defraudado de Jesús? Sólo aquel que pretendía conseguir de Jesús algo que se proponía y no lo ha logrado. Seguramente Judas se sintió defraudado de Jesús, al ver que no podría obtener más dinero como su discípulo más allá de lo que robaba de la bolsa común (cfr. Jn 12, 6). Se siente defraudado de Jesús…
