Presbítero Manuel Ceballos García
“Este es el Hijo de Dios”
El primer testimonio de Juan el Bautista fue principalmente sobre sí mismo y sólo indirectamente sobre “el que era mayor” que él. En aquella ocasión dijo más bien que él no era el Cristo, el Mesías, pero no señaló con el dedo al que estaba en medio del pueblo. Al día siguiente, el Bautista tuvo ocasión de mostrar a sus discípulos a Jesús. El testimonio de Juan Bautista se sitúa en el texto después del bautismo de Jesús.
Jesús es el verdadero Cordero que Dios elige para quitar el pecado del mundo. Los judíos ofrecían sus propios corderos para alcanzar el perdón de sus pecados. Si por la sangre de un cordero fueron liberados los israelitas de la esclavitud de Egipto —motivo por el que celebraban la Pascua—, Jesús, que es el verdadero Cordero y nuestra Pascua, como dice Pablo, libera de toda esclavitud a cuantos creen en él.
Juan el Bautista no había conocido aún la dignidad mesiánica de Jesús. Pero esto no excluye que lo conociera ya antes personalmente.
El testimonio de Juan Bautista se apoya en lo que él mismo vio y oyó cuando lo bautizó en el Jordán. Juan el Bautista, el último y el mayor de los profetas del Antiguo Testamento presenta al pueblo al que había de venir. Así termina su misión y se acaba la Antigua Alianza.
Por tanto, las palabras del Bautista son secas y proféticas, como flechas dirigidas hacia un blanco, como una señal que nos orienta hacia otra meta. Y esta meta es Cristo. En dichas frases vemos perfilarse un retrato de Cristo: Él es quien borra el pecado de la incredulidad y del odio del mundo, es el que nos precede en el tiempo porque es eterno como Dios, es la suprema presencia divina en la carne del hombre porque en Él tiene sede el Espíritu Santo; Él es por excelencia el Hijo de Dios.
“Este es el cordero de Dios”, exclama Juan el Bautista fijando sus ojos sobre Jesús; pero no el cordero que se asocia a la mansedumbre, a la imagen de la víctima, sino a la figura misteriosa de Siervo que está para ser llevado a la pasión y a la muerte, ya que sobre él recae el pecado de los hombres sus hermanos. Dicho Siervo va hacia su destino en serena aceptación.
Jesucristo es el que se ofrece libremente a sí mismo para quitar el pecado del mundo y reconducir a Dios a todos sus hermanos en la carne.
Un diálogo imaginado por Pascal entre Dios y el hombre resulta significativo para esta enseñanza del Evangelio: “Si tú conocieras tus pecados, perderías el ánimo. Entonces perderé el ánimo, Señor. ¡No! ¡Porque ellos te serán revelados en el momento mismo en que te serán perdonados!”.
El cordero, pues, es el símbolo constante de la inocencia pisoteada: “Este es el cordero de Dios”. Este animal sencillo y manso se convierte en el Nuevo Testamento en el símbolo más luminoso para descubrir el sacrificio de Cristo y su Pascua perfecta y liberadora.
