Monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán

“Este es el Cordero de Dios” (Jn 1, 29)

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este segundo domingo del Tiempo Ordinario. El primer domingo quedó cubierto con la celebración del Bautismo del Señor.

Hoy el santo evangelio según san Juan, nos presenta el testimonio del Bautista, su experiencia de encontrarse con Jesús y de haberlo bautizado. Cuando Juan vio a Jesús le dijo a sus discípulos: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Este testimonio es muy breve pero muy sustancioso, pues encierra una enorme verdad: muchos corderos se habían sacrificado en busca del perdón, incluso hasta sacrificios humanos se realizaron a lo largo de los siglos en todos los pueblos de la humanidad; pero sólo el Cordero de Dios podía quitar el pecado del mundo; de hecho lo quitó y lo sigue quitando.

El poder salvador del Cordero es permanente y dinámico, porque sigue actuando en todos los que le acepten como Salvador. Sólo una vez se inmoló en la cruz, y este poder redentor de la cruz es permanente. Por eso, antes de la comunión, el sacerdote muestra la hostia consagrada a la comunidad reunida y repite las palabras de Juan con la misma autoridad y verdad: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).

Otro testimonio del Bautista sobre Jesús es acerca de su preexistencia. Nadie puede seriamente negar la existencia histórica de Jesús de Nazaret, tan atestiguada a lo largo de estos veinte siglos. Afirmar su preexistencia es afirmar su divinidad. Si Jesús fuera solamente hombre, por más sabio y poderoso que hubiera sido, no nos hubiera podido redimir. Si nos redime es porque es Dios hecho hombre. María, todos los santos y todos nosotros colaboramos en la obra de la redención haciendo y enseñando el bien, pero sin Cristo a la cabeza no hay redención.

Luego, Juan el Bautista da testimonio de haber visto descender al Espíritu sobre Jesús en forma de paloma cuando lo bautizó. Así Jesús fue ungido por el Espíritu, no por Juan, y desde entonces fue reconocido por sus discípulos como el “Cristo”, es decir, el ungido, para realizar su misión redentora. Juan afirma que de antemano se le anunció esa visión con la que reconocería al Mesías. Desde entonces los que somos discípulos de Cristo, sabemos que aunque no lo veamos, el Espíritu desciende en cada bautismo sobre cada bautizado. Con este testimonio, Juan termina afirmando abierta y explícitamente que Jesús es el Hijo de Dios.

El testimonio de Juan es de gran autenticidad, pues al hablar de estas cosas sobre Jesús, sus propios discípulos podrían abandonarlo para irse con él, como ya algunos lo habían hecho. Pero irse con Jesús no significa abandonar a Juan, sino hacer pleno caso de su enseñanza. El mayor triunfo para los padres cristianos es acercar a sus hijos a Cristo. Es triste, pero hay padres de familia que quieren que sus hijos se acerquen a Cristo, pero no “demasiado”, y parecen tener miedo de que sigan el camino de la santidad.

Las palabras del profeta Isaías en la primera lectura sólo pueden entenderse si se aplican al Hijo de Dios, cuando dice: “Tú eres mi siervo, Israel: en ti manifestaré mi gloria”…

 

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