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Presbítero Manuel Ceballos García

“Adorarás al Señor tu Dios”

Las tentaciones de Jesús en el desierto son una presentación esquemática y anticipada de la lucha que mantendrá Él durante su vida contra los poderes del mal. Se trata de una controversia en la que Jesús y el diablo apelan constantemente a la Biblia, de modo que, casi podría tratarse de una controversia como la que iba a tener Jesús con los fariseos.

Jesús se retiró 40 días al desierto a orar. En el Jordán, cuando fue el bautismo de Jesús, Dios Padre había declarado: “Este es mi Hijo muy amado”, lo cual dio pie al diablo para la primera tentación: “Si eres el Hijo de Dios…”, pues del Hijo de Dios se esperaba que multiplicara el pan en el desierto; que anunciara la libertad a los oprimidos de Israel desde el templo de Jerusalén; que restableciera la dinastía de David y que ejerciera un dominio universal…

Y todo esto que se esperaba, quiere el diablo que lo haga Jesús en provecho propio y en contra de la voluntad de Dios Padre. Pero Jesús se muestra en todo como un hombre justo y se defiende con la Palabra de Dios.

Jesús es el hombre como debe de ser, el nuevo Adán que fue tentado y triunfó, porque Jesús supera todas las tentaciones humanas.

Así pues, Jesús no cede a los proyectos diabólicos de poder y de triunfo. La primera tentación, la de las piedras que se convertirían en pan, está ligada a la materialidad de las cosas; la segunda tiene que ver con el show mediático del espectáculo, muy cerca de la gente que estará siempre pidiendo una “señal”.

Pero la tentación “más fuerte” está relacionada con el poder y el bienestar, una idolatría implacable que exige una totalidad absoluta en dedicación, que nos recuerda aquella afirmación drástica de Jesús: “No pueden servir a Dios y al dinero”. Por eso, el proyecto de Jesús no es el dominio y la posesión, sino el amor y la donación.

La primera tentación se resuelve con la adhesión al proyecto de Dios; la segunda, se resuelve con el rechazo de la falsa religión que, en vez de servir a Dios, pretende servirse de Dios; y la tercera tentación se resuelve con el rechazo del poder opresivo y egoísta y con la adhesión al amor de Dios.

El creyente, que camina en la búsqueda dantesca de la vida, llena de provocaciones sutiles y vulgares del bienestar, del éxito y del poder, debe tener como guía la Palabra de Dios que es “como fuego que quema y como martillo que pulveriza la roca” (Jer 23, 29).

 

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