Sobre estas líneas, la participación de una espectadora en un acto de los payasos; a la izquierda, la entrada del ilusionista y sus asistentes
Sobre estas líneas, la participación de una espectadora en un acto de los payasos; a la izquierda, la entrada del ilusionista y sus asistentes

Son las 7 de la noche de un viernes despejado y detrás del centro comercial City Center ha comenzado a formarse una fila de personas de diferentes edades —desde niños hasta adultos mayores— dispuestos a disfrutar la primera función de uno de los espectáculos más atractivos del mundo: el Circo Tihany Spectacular.

Las expectativas son altas, pues en su última visita a Mérida, hace unos 15 años, el circo, fundado en 1954 por el húngaro Franz Czeisier, no solo logró cautivar, sino también sorprender al público con su variedad de actos.

Los niños están ansiosos por entrar y ocupar sus lugares bajo esa gran carpa climatizada de más de 40 metros de altura. Los adultos, aunque más disimulados, también desean descubrir por qué el Circo Tihany, que en esta ocasión presenta “AbraKdabra”, es considerado tan lujoso y completo como los de Las Vegas.

Durante la espera no faltan los recuerdos de la infancia. Allí está al que llevaban sus padres a un pequeño circo en un pueblo de Yucatán o la que en su infancia acudió varias veces al Circo de Capulina en Ciudad de México.

Algunos no se aguantan las ganas y se toman fotos en la entrada, procurando un ángulo donde se vea mejor el nombre Tihany, que, al igual que sus 40 artistas de distintas nacionalidades, brilla como una estrella más.

A las 7:30 de la noche se inicia el acceso al lobby, donde están la dulcería y los puestos de juguetes y artículos promocionales. Más fotos y más vídeos, como marcan los nuevos (ya ni tanto) tiempos. Con palomitas, refrescos o dulces en mano, las personas ingresan a la carpa, atravesando un pasillo decorado con espejos.

Dan la primera llamada, luego la segunda. La gente no deja de llegar, las butacas se van ocupando, primero poco a poco y luego de golpe. El ambiente es de fiesta, pero, como no falta quien se preocupa demasiado, dan los avisos de seguridad y el de que la carpa es antincendios.

A la tercera llamada las luces se apagan y una música característica de circos comienza a oírse. Ya no hay lugar para el aburrimiento ni para la amargura ni para el mal humor.

Comienza la función

Un grupo de payasos con bombachos pantalones amarillos y estampados de pequeñas lunas y estrellas abre el show. Su entrada es tan espectacular que de inmediato se escuchan aplausos en la platea y los palcos.

Las palmas se repiten a cada número: con los acróbatas, que hacen que a más de un espectador le dé vértigo al ver cómo saltan de un lado a otro del escenario desde los aires; con el payaso que invita a una niña a girar platillos chinos, con los malabaristas que se tambalean de pie en una estructura colocada sobre una esfera, con el clown…

El mago ilusionista que aparece y desaparece a sus bellas asistentes igual se lleva muchas ovaciones y, valiéndose de un automóvil, una moto, un helicóptero, telas y fuego, sorprende a más de uno con sus actos, hasta a los más escépticos que tratan de encontrarle una explicación lógica.

El Circo Tihany, dice el mago Romano García al Diario antes de iniciar su acto de ilusionismo, ya es parte de la cultura mexicana.

“La gente de Mérida, de Cancún, de Puerto Vallarta, de México, de Guadalajara… siempre nos pregunta cuándo vamos a volver y por eso para nosotros es gratificante hacer una temporada”.— IVÁN CANUL EK

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