Por lo escrito por el solitario Fray Diego de Landa sabemos que las mujeres mayas gozaban de muchas libertades. Entre ellas estaba la de embriagarse con soltura.

El fraile nos dice que los mayas no le pegaban a sus mujeres, pero al ver que los españoles lo hacían lo comenzaron a hacer. San Pablo, que es el fundador de la civilización occidental, en sus cartas a los Efesios y a los Colosense establece que, como la mano obedece al cerebro, como el hombre obedece a Dios, la mujer debe de obedecer a su marido. La mala interpretación de estas alusiones concluye en que la que no obedece merece un escarmiento. Sin embargo, sospecho que las premisas mayas prevalecieron en Yucatán.

La poesía es la madre de todas las ciencias, por eso en ellas podemos encontrar revelaciones. Julia Dominga Febles, a finales del siglo XIX, escribió:

Opresa entre sus brazos me encontraba/ Al compás de la danza cadenciosa,/ Y tan cerca de mí su faz hermosa/ Que su aliento mi frente acariciaba. El eco, mis sentidos trastornaba,/ De su dulce palabra cariñosa,/ Y trémula de dicha y ruborosa,/ Su mano entre las mías estrechaba. ¡Oh, instante del amor y de locura/ Que con tan ricas mieles endulzaste/ Lo amargo de mi horrible desventura!/ Si al odio de la suerte me arrancaste,/ Si fuiste un rayo de esperanza pura,/ ¡Oh, instante de amor! ¿por qué pasaste?

Nos habla de “amor y de locura”, de “ricas mieles ”y de “horrible desventura”. Quizás se trata de un amor que la libera del “odio de la suerte” —excelente expresión— de un matrimonio desdichado.

El otro caso es el de Rosario Sansores Pren, la legendaria cronista de sociales del México de mediados del siglo XX. Rosario Sansores es dueña de una poesía tersa, rasgo de la poesía yucateca, como la encontramos en algunos poemas de Mediz Bolio, Aguilar Alfaro, Rosado Vega —cuando no escribió modernismo—, siendo Fernando Espejo uno de sus últimos exponentes.

Rosario escribió:

Del pecado de amarte no estoy arrepentida/ Aunque un obscuro abismo nos separe a los dos/ En tanto risueña te doy mi despedida/ Mis ojos se iluminan para decirte adiós. No nos debemos nada. Tú me diste tu boca/ Límpida como el agua fresca del manantial./ Yo apagué en la cisterna mi sed ardiente y loca/ Y te enlacé en mis brazos, amorosa y sensual. Peregrinos errantes, nuestra ruta seguimos./ Si dos sendas opuestas al azar elegimos/ ¿Para qué rebelarnos con violencia actitud?/ Fuiste mío. Fui tuya. Y lo demás no importa/ ¡Oh, mi amante de un día! Nuestra vida es tan corta/ Que no vale la pena sufrir su inquietud.

Este poema no requiere algo más que lo declarado. Y el clásico:

Cuando tú te hayas ido me envolverán las sombras/ Cuando tú te hayas ido con mi dolor a solas/ Evocaré este idilio con sus azules horas,/ Cuando tú te hayas ido me envolverán las sombras./ Cuando tú te hayas ido me envolverán las sombras./ Cuando llegue el olvido marchitará las rosas/ Cuando llegue el olvido mi verso se hará presa,/ No cantaré a tus ojos ni cantaré a tu boca;/ Te habrás ido en las sombras./ Cuando tú te hayas ido en pos de otra quimera,/ Te llorará en las noches mi corazón que espera./ En la penumbra vaga de esta vereda triste/ Testigo silencioso de todas nuestras cosas,/ Cuando tú te hayas ido te perderé en las sombras.

Es difícil que un hombre escriba algo semejante, hay menciones y sugerencias pero nunca en forma tan explícitas como estas, tanto más cuando se hacen envueltas en el amor. Las mujeres yucatecas tienen una tradición de libertad.

Cronista de la ciudad.

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