Martín Solares en un momento de la charla que ofreció en la Feria dela Palabra de la Universidad Marista
Martín Solares en un momento de la charla que ofreció en la Feria dela Palabra de la Universidad Marista

Solares, quien en dos ocasiones ha sido finalista del Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, opina que la novela, como “territorio del asombro”, es un espacio intrínsecamente ateo y opuesto al destino.

El escritor estuvo recientemente en Mérida, invitado por la Universidad Marista para participar en su segunda Feria de la Palabra.

¿Cómo surge la idea de hacer novela policíaca y, además, darle un tono surreal?

(Jorge Luis) Borges decía que la novela policíaca era el último género literario que se había propuesto crear una forma específica, obedecer ciertos parámetros y ciertas reglas, y seguirlas para contar mejor una historia. En ese sentido, era tan rigurosa como el soneto: si no tenías un misterio, un investigador, un enemigo, un culpable y si no encontrabas una verdad, decía Borges, eso deja de funcionar y la historia se cae. Y decía que esa rigidez estructural permitía que todo el mundo se acercara e inventara su camino, su ruta… Eso es lo que yo he intentado hacer cada vez que he practicado la novela policíaca: encontrar una forma que se aleje de la estructura común y corriente y que me permita explorar otras cosas que me interesan. Por ejemplo, yo quería explorar la identidad de la gente que vive en el Golfo de México en las primeras dos novelas, “Los minutos negros” y “No manden flores”. Dije: voy a recolectar algunas de las historias que se cuentan sobre los jaguares, los ciclones, la gastronomía, el mundo prehispánico, este supuesto espíritu empresarial, la supuesta franqueza… Yo me pregunté qué significa ser tamaulipeco y específicamente tampiqueño. Luego, me propuse reflejar la impunidad que se vivía en la zona en uno de los momentos más terribles de su historia, entre 2005 y 2010, cuando la seguridad y la paz que se había tardado mucho en construir se vino abajo. Potencias muy oscuras saltaron a primer plano y llegaron a hacer manifestaciones o ejecuciones semanales de todos sus rivales, dejando los cadáveres en público.

Tamaulipas, tengo la impresión, fue uno de los primeros estados en los cuales se vio una migración forzada de empresarios, de profesionistas y de la gente más sencilla a causa de las constantes injusticias y del clima de impunidad. No proyectaba escribir la segunda novela, pero mi imaginación no se alejaba de Tamaulipas y postergué las novelas surrealistas con tal de escribir un registro novelado de lo que estaba pasando ahí. Después mi imaginación necesitaba descansar, así que al mismo tiempo quería un pretexto para explorar las herencias importantes del surrealismo. Explorar la historia del arte moderno en el siglo XX y poco a poco fue naciendo el proyecto no de una, sino de tres novelas consecutivas, tres aventuras independientes del mismo personaje en el mismo mes de noviembre de la Francia de 1927. Desde el principio esos personajes tenían un lado tan libre que desembocó en lo fantástico. Entonces, dije: “Va a ser un reto mezclar el realismo de la novela policial con la libertad infinita del género de la literatura fantástica”. Y fue lo que intenté hacer.

¿Cómo equilibras esos elementos realistas y surrealistas para que se mantenga la verosimilitud y la tensión en la historia?

Con mucho sentido del humor de los personajes, no mío, y con muchísimas ganas de que ese mundo exista. Como novelista, uno tiene que creer en que ese mundo merece existir y merece ser contado. Yo realmente quería vivir, y con deseo, en la Francia de los dadaístas y los surrealistas, porque las aventuras que hicieron ellos en el mundo del arte moderno son tan extraordinarias que siguen dominando las contradicciones del mundo artístico en nuestra época. Los surrealistas tomaron la noción de poesía, de amor y de libertad. Las limpiaron de todo tufo patriotero y las reinventaron desde la literatura. Los derechos humanos, la noción de amor, de pasión sin límites, y la idea de una literatura más valiosa que la política provienen de los surrealistas. Ellos construyeron los ideales de la juventud y de los artistas desde los años 20.

Estoy convencido de que los artistas nos guiamos por la libertad, por la poesía y por el amor, y quienes inventaron esa constelación de valores fueron precisamente los surrealistas. Me pareció que escribir una trilogía sobre ellos era el pretexto perfecto para descubrir cómo se fue inventando cada uno de esos conceptos. En “Catorce colmillos” era la idea de poesía; en “Muerte en el jardín de la luna”, la noción de libertad, y en “Cómo vi a la mujer desnuda cuando entraba en el bosque”, la noción de amor.

Cuando empiezas a escribir una historia, ¿cuál viene siendo el origen: una imagen, una idea, quizás una pregunta?

A diferencia de otros, no suele ser una idea. Yo estoy convencido de que las novelas tienen su origen en una imagen misteriosa que uno investiga con la escritura. Pero las novelas tienen varios orígenes. Si es una novela que tiene varios motivos, varias intenciones y todas confluyen en el mismo sentido, esa novela va a cobrar una vida y una complejidad espesa, rica y sorprendente. El lector va a recibir una dosis de asombro constante a la cual se va a aficionar y es lo que buscamos. En mi caso, “Los minutos negros” la recibí por una pesadilla, por una historia que me contó un periodista de nota roja y por el recuerdo de una niña que desapareció, pues había un sujeto que mataba a los niños afuera de las escuelas, “El chacal de Tampico”. Para “No manden flores”, me di cuenta de que, para tratar de entender la violencia, tenía que entender que se trataba de una cuestión no del secuestro de personas, sino del secuestro de palabras. Nadie, ningún policía, ningún fiscal, prometía que habría justicia. Se creó un clima de impunidad, de terror y de espanto inconcebible. Un recurso literario que me ayudó a registrar el clima de miedo fue proponerme que la palabra justicia no fuera mencionada una sola vez en la novela. Me di cuenta de algo poderoso: cuando retiras una palabra del universo, todo el universo cambia. Mi novela, que ocurre de día en la mayor parte de las escenas, los lectores la perciben como si fuera de noche por ese clima tan ominoso.

En el caso de esta trilogía (Pierre Le Noir) fui en busca de tres palabras complementarias para tratar de entender cuáles son los valores del arte. Todo en mi caso es intuitivo y hay una serie de impulsos iniciales complementarios y luego me pongo a investigar. Para escribir “Los minutos negros” leí libros de psicología, criminología. Hablé con policías, entrevisté a una docena de policías tampiqueños. En “No manden flores” viajé por Tamaulipas por carretera, es una “road novel” de todo Tamaulipas. Y en el caso de esta trilogía, aproveché mi experiencia de haber vivido y estudiado en Francia y la fascinación que me produjo la presencia del surrealismo hoy en París. Como mi personaje es un joven tan inocente que aún no ha amado, no ha tenido que defender la libertad jamás, todo para él es un descubrimiento y una fiesta. Yo confieso que me estaba carcajeando todo el tiempo mientras las escribía.

¿Cómo surge el personaje de Pierre Le Noir y qué tanto hay de ti en él?

Usé a Pierre Le Noir para romper una de las convenciones de la novela policíaca. Dije: “Esto va a ser histórico, pero va a tener fantasmas”. Empecé a ver historias sobre gárgolas, demonios y de ahí empecé a sacar personajes, de las leyendas locales. Inventamos un detective descendiente de mexicanos que se fueron a Francia en época de Porfirio Díaz y una abuela médium que le transmite la habilidad para ver espíritus y espectros. Yo dije: “Todas las novelas policíacas tienen testigos vivos. Vamos a permitir que Pierre Le Noir tenga testimonios de fantasmas, de gente muerta o de mujeres vampiros. Esos van a ser sus informantes”. También me propuse saltarme otro parámetro de la novela negra. Por lo general, está protagonizada por personajes de 30 años o más, desencantados, que estuvieron en alguna guerra. Son seres quijotescos que tratan de hacer la justicia. Hemos abusado tanto de ese tipo de personaje que para mí ya es un lugar común. Dije: “Vamos a hacer algo que nunca ha hecho la novela policíaca. Vamos a inventar a un detective hiperjoven”. Un Pierre Le Noir de origen latino, que viera fantasmas, que no hubiera besado nunca a una chica, que nunca se hubiera peleado por defender sus convicciones. Él tiene que aprender a hacer estas cosas a medida que vive un mes como asistente del comisario de policía de París en el departamento de hechos sobrenaturales.

Estudié mucho las novelas de (Georges) Simenon, me encanta que este comisario (Maigret) no es un Sherlock Holmes, es una persona que necesita todos sus asistentes y sus informantes secretos. Yo trabajaba como editor en Tusquets y cuando apareció Pierre Le Noir dije: “Esto es lo que quiero hacer los siguientes años de mi vida. Ya estuvo bueno de escribir a escondidas”. Entonces renuncié y me dediqué a escribir esas novelas.

Desde que escribes tu primera novela hasta “Cómo vi a la mujer desnuda cuando entraba en el bosque”, ¿cómo ha evolucionado tu estilo?

El estilo es una búsqueda y resultado de muchísimo trabajo. Hay un componente de humor en mi estilo, un componente de oscuridad. Si el crimen no es tremendo y no incluye varios enigmas, no me interesa. Un enigma sería la personalidad de los delincuentes. Otro, el rumbo que sigue la justicia en este país en casos como esos. Yo digo que no he logrado escribir novelas policíacas, más bien escribo novelas sobre policías. Creo que Sherlock Holmes no sobreviviría cinco minutos en México. Me propuse registrar e imaginar cómo era la versión mexicana de la justicia a través de los ojos de policías auténticos y expolicías. Casi siempre se encuentra uno a algunos idealistas que entraron a trabajar en la policía y salieron de ahí muy rápido, expulsados, porque en ciertas ciudades de México los policías son más temibles que los mismos malandros. Trato de que mis novelas hablen de ese momento de la historia de México.

Pero, sobre todo, no me guía un compromiso social ni una ideología. Las novelas no aceptan ningún tipo de ideología. Las novelas aceptan una filosofía particular, la idealista. Si algo mata muy rápidamente la novela es cualquier tipo de convicción ideológica o de política. La novela no acepta la religión, es un espacio ateo por excelencia. La novela funciona porque es el territorio del asombro. La diferencia entre un cuento y una novela es su actitud ante el destino. Mientras que el cuento cree en el destino, los personajes de una novela jamás van a aceptar el destino que tú les impones. La novela es por fuerza atea. Está hecha para refutar el destino y para pelearse con el destino siempre.

¿Cómo influye el contexto mexicano en la creación de tus tramas?

Hay que acabar con el mito de que México es un país surrealista. México es un país muy complejo en el cual no podemos justificar ni la injusticia ni la corrupción ni la burocracia asfixiante alegando que son parte del surrealismo. La realidad es mucho más compleja. Cada región de México tiene sus problemas y desafíos tan específicos que a veces parece que este país está hecho de distintas zonas. Me digo que hay que inventar un tipo de novela policíaca para contar lo que está pasando en cada una de esas regiones. Necesitaríamos inventar un tipo nuevo de novela policíaca y un tipo nuevo de testigos y de detectives.

¿La novela policíaca tiene, entonces, potencial para reflejar la realidad del país?

Sí. Con esa estructura tan firme, es como una especie de Jeep todoterreno. La novela policíaca es tan generosa, tan aventurera que se permite explorar las cosas que todos los otros novelistas de carácter artístico se niegan a ver. En México, cuando estuvo esta oleada de violencia terrible entre 2005 y 2015, la poesía fue el último territorio en reflejar eso. Mientras tanto, eran los cuentistas, los novelistas, los cantantes y muchos artistas plásticos los que estaban reflejando esto. Algo que todavía no abre los ojos es la política mexicana que ama vivir con los ojos cerrados, recibiendo sobornos en lo oscurito. Es una de las desgracias de nuestra sociedad: tener gobiernos que yo diría que no nos merecemos.

¿Cuál es el potencial de la novela policíaca en el país y qué tan valorada está?

La novela policíaca tiene varias vías de expresarse. Una es inventar un detective y otra es adoptar el punto de vista de los criminales. Hay novelas que han adoptado este punto de vista que han tenido un éxito extraordinario. Por ejemplo, “Temporada de huracanes” de Fernanda Melchor, está traducida a más de 40 idiomas. Otra narradora es Liliana Blum, con casos sobre la hipocresía de las sociedades del Norte. Otra novelista joven es Laura Baeza con “Temporada de cerezos”. Ahorita conviven varias vías de escribir novela policíaca. Las dos vías más visibles son la realista, que adopta una forma muy artística, y la otra es la estructura policíaca que aborda hechos fantásticos. Allá estamos BEF, Bernardo Esquinca, un servidor y Augusto Cruz. El tipo de novela policíaca mexicana más exportable puede ser realista y artística o fantástica y policíaca, creo yo. Estoy convencido de que la novela policíaca es la hija más afortunada que ha tenido la novela de aventuras en el siglo XX y en lo que va del XXI. Pero también hay un auge tremendo de la novela de fantasía y gótica otra vez. Mariana Enríquez, Mónica Ojeda, Samantha Schweblin, están creando mundos sobrenaturales exquisitos.

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