Residente en Mérida junto con su familia, Salo Loyo apuesta por enseñar, crear y vivir la música al máximo
Residente en Mérida junto con su familia, Salo Loyo apuesta por enseñar, crear y vivir la música al máximo

Hay nombres que se escriben con letras de oro en los créditos de los grandes álbumes, pero cuyas voces guardan la sencillez de quien se sabe, ante todo, un aprendiz de la vida. Salo Loyo es uno de ellos.

Originario de Ciudad de México y heredero de una estirpe musical innegable, Salo no solo es el hombre detrás de éxitos mundiales como “Sol, arena y mar” o “Dímelo en un beso”, sino un artista que cambió el glamur y rigor técnico de Los Ángeles, California, por la calidez humana de Mérida.

La charla comienza con una reflexión frente al espejo, al preguntarle a quién ve Salo cuando se levanta cada mañana, lejos de los reflectores y los estadios llenos junto a Luis Miguel. Su respuesta desarma por su honestidad.

“Híjole, pues es que es muy difícil”, confiesa con una sonrisa. “Principalmente cuando me despierto soy papá, el que ayuda a su esposa y el que atiende a sus hijos para llevarlos a la escuela”.

Es ahí cuando reflexiona y confiesa por qué cambió no solo su ritmo de vida, sino su visión hacia lo que parece sencillo pero que considera lo más valioso. “Hace un par de meses viví una situación de salud muy fuerte que me cambió la perspectiva. Me siento muy agradecido de empezar un nuevo día”.

Y es que Salo es de esos genios, en su caso de la música, que a veces cae en el “mal del impostor”. “Me maravillo de saber que personas en Chile, Argentina o España identifican mi nombre y trayectoria. No fue algo que busqué como meta, pero hoy siento la responsabilidad de respaldar ese cariño preparándome cada vez más”.

Esa preparación comenzó formalmente a los 17 años de edad, cuando decidió que la música sería su destino.

En 1985 se mudó a Los Ángeles, California, para estudiar en el prestigioso Instituto Dick Grove, bajo la tutela de leyendas como Russell Ferrante y Clare Fischer. Fue esa base sólida la que le permitió colaborar con íconos de la talla de Jon Anderson (Yes) y Marco Antonio Solís.

“Lo de Jon Anderson fue muy chistoso”, recuerda. “Sucedió porque mi vecino lo conoció en un bar cerca de donde vivíamos. Él buscaba un tecladista y terminé grabando a su lado, convirtiéndose en una experiencia maravillosa”.

“Y de Marco Antonio Solís, qué decir… un gran maestro. He tenido la fortuna de aprender de cada situación que se me ha presentado”, destaca.

Sin embargo, es imposible hablar de Salo sin mencionar al “Sol de México”. Desde 2002, Loyo ha sido una pieza fundamental en la banda de Luis Miguel, no solo como músico de gira, sino como compositor y productor. Su trabajo en el álbum “Amarte es un placer” le valió premios Grammy y Billboard, consolidándolo como uno de los creativos más influyentes del pop en español.

“Definitivamente, a Luis Miguel le debo muchísimo tanto en aprendizaje como en oportunidades. Mi carrera se inició en restaurantes y bares catalogados como de mala muerte, y gracias a la plataforma que él nos da hemos llegado a lugares increíbles que jamás me imaginé que llegaría a conocer”.

Pero Salo Loyo no guarda su talento en un baúl. Desde hace más de una década comparte sus conocimientos en clases maestras para una marca de la que es orgulloso artista patrocinado.

“Esta faceta la disfruto mucho”, explica.

“Al principio me preguntaba qué podía enseñar, pero los más de 40 años de carrera me han dado vivencias y experiencias en vivo que son valiosas. Aprendo muchísimo de mis alumnos al repasar los temas; es algo que quiero potenciar a futuro”.

Pero quizás el cambio más significativo en su vida reciente es su mudanza a la capital yucateca. Siguiendo el ideal de Armando Manzanero, quien soñaba con Mérida como el epicentro de la música mexicana, Salo se estableció aquí con su familia hace siete años.

“¡Mi Mérida! Y le digo así a Mérida porque amo vivir aquí”, exclama con entusiasmo. “Su gente es maravillosa, se respira arte y creatividad, y, como músico, las tradiciones tan arraigadas me ayudan mucho en el proceso creativo”, agrega.

“El maestro Manzanero tenía toda la razón: Mérida es la sede ideal para la música. Además, el talento emergente aquí es impresionante; los músicos yucatecos tienen la cultura en su ADN, una calidad humana que es grandiosa”, asegura.

Al mirar hacia el futuro inmediato y a largo plazo, Salo no muestra signos de detenerse. Para este 2026 sus proyectos se enfocan en la educación y la adaptación tecnológica. “Tengo ganas de desarrollar nuevos talentos y apoyar a las nuevas generaciones. Quiero que mi academia en línea llegue a todos los rincones del planeta”.

“Siento que estoy en mi momento, especialmente ahora que la música de mi época está de moda. Me entusiasma adaptarme a las nuevas herramientas, incluso a la inteligencia artificial, para ver cómo implementarlas en nuestro flujo de trabajo y crear algo de valor”, detalla el ganador de un premio BMI por “Sol, arena y mar” y un reconocimiento de la Academia Latina de la Grabación por su labor como ingeniero de edición en el disco “México en la piel.”

Al despedirse, Salo dedica unas palabras para demostrar que, a pesar de sus viajes por el mundo, su corazón late al ritmo de la tierra que hoy lo acoge.

“Amo Mérida y estar en un diario tan arraigado a su cultura es muy especial. ¡Muchas gracias y que viva Mérida!”, dice a todo pulmón y con una amplia sonrisa.

Con esa misma calidez con la que acaricia las teclas del piano, Salo Loyo se despide, dejándonos la certeza de que el éxito no se mide solo en Grammys, sino en la capacidad de ser, sencillamente, una persona agradecida.— Renata Marrufo Montañez

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán