El arqueólogo Luis Millet Cámara ofreció una charla sobre el comercio maya, en el Museo Palacio Cantón
El arqueólogo Luis Millet Cámara ofreció una charla sobre el comercio maya, en el Museo Palacio Cantón

Con una reflexión ampliamente documentada sobre el papel del intercambio comercial en la civilización maya, el arqueólogo Luis Millet Cámara inauguró la primera charla del programa académico que acompaña la exposición “Ek Chuah. El comercio entre los mayas”, actualmente en exhibición en el Museo Palacio Cantón.

Ante un público atento, anteanoche Millet Cámara destacó que el comercio representó mucho más que una actividad económica, al señalar que se trató de un mecanismo de integración social, política y religiosa.

Explicó que el intercambio permitió a los mayas entrar en contacto con pueblos distintos, conocer otras formas de vida y enriquecer mutuamente sus sociedades. En esa red de rutas, productos y alianzas, el comercio funcionó como conector de regiones, creencias y poderes.

Contexto

El investigador contextualizó este fenómeno dentro de la compleja organización política de la Península de Yucatán, particularmente durante los períodos Clásico Medio y Clásico Tardío, cuando el territorio se encontraba dividido en diversas entidades, como Izamal, Ichcaanzihó —la antigua Mérida— y Balankanché.

En ese escenario fragmentado, los dirigentes gobernantes regulaban el comercio, concentraban los excedentes de las aldeas campesinas y los redistribuían o los utilizaban para obtener bienes ausentes en la región, como jade, obsidiana y cacao.

Uno de los ejes centrales de la charla fue la llegada e influencia de los itzaes y otros grupos procedentes del centro de México, cuya presencia contribuyó a una unificación política de gran parte del norte peninsular, con Chichén Itzá como nodo de poder. Esta consolidación permitió un control más amplio de rutas comerciales terrestres y marítimas, que se extendían tanto por el Golfo de México como por el Caribe, enlazando a Yucatán con Tabasco, Honduras, Belice y regiones más lejanas de Mesoamérica.

Millet Cámara describió de manera detallada los productos que sostuvieron esta vasta red de intercambio, entre ellos la sal de las salinas costeras, indispensable para la alimentación y la conservación; el algodón, base de una tradición textil milenaria trabajada principalmente por mujeres; la miel de abeja melipona, de uso alimenticio y ritual, y, de manera especial, el cacao, apreciado no solo como bebida ceremonial sino también como forma de riqueza y medio de intercambio.

A estos bienes se sumaban cerámicas finas como la plumbate del Soconusco, conchas del Pacífico, metales preciosos y jade, materiales que recorrían cientos o incluso miles de kilómetros antes de llegar a la Península.

Entre las piezas que dan cuenta de la amplitud y lejanía de las redes comerciales mayas destaca una pequeña rana de oro, considerada la evidencia más antigua del trabajo en metal en la Península de Yucatán. El objeto fue hallado en la tumba del gobernante Ukit Kan Le’k Tok’, en el sitio arqueológico de Ek Balam, y fechado alrededor del año 900 d.C.

Durante la charla, Luis Millet explicó que, por sus características técnicas y estilísticas, esta diminuta figura no tuvo origen local, sino que probablemente llegó desde Centroamérica, de regiones como Costa Rica o Panamá. Incluso, no se descarta un origen aún más lejano hacia el sur del continente. Más allá de su tamaño, la rana de oro simboliza el alto valor ritual y político de los bienes exóticos, así como la capacidad de los mayas para integrar objetos procedentes de territorios distantes dentro de sus sistemas de creencias y de poder.

Simbolismo y religión

El experto resaltó también la dimensión simbólica y religiosa del comercio. Las largas expediciones marítimas, realizadas en grandes canoas de hasta 15 metros de largo, requerían no solo organización logística, sino la protección divina de Ek Chuah, deidad asociada al comercio y a los viajeros.

Antes de partir, los comerciantes realizaban rituales en templos portuarios para asegurar el éxito del viaje y el regreso seguro, un aspecto que la exposición ilustra mediante piezas arqueológicas provenientes de distintos sitios de Yucatán.

Con una trayectoria reconocida en la investigación y divulgación del patrimonio maya, Luis Millet Cámara ha dedicado décadas al estudio de la arqueología, la antropología histórica y las dinámicas sociopolíticas de la Península. Su labor se ha distinguido por tender puentes entre la investigación académica y el público general, cualidad que quedó patente en esta charla inaugural.

Al finalizar la conferencia, se abrió un espacio para preguntas de los asistentes.

Posteriormente, el ponente recibió un reconocimiento de manos de Liliana Hernández Santibáñez, coordinadora del área de Arquitectura del Museo Palacio Cantón, como una muestra de agradecimiento por su apoyo tanto en el desarrollo de esta actividad inaugural como en la curaduría de la exposición “Ek Chuah. El comercio entre los mayas”.

Al concluir, el especialista invitó al público a recorrer la muestra, que permanece abierta en el Museo Palacio Cantón, donde cada pieza permite comprender cómo el intercambio fue el hilo invisible que sostuvo la economía, la religión y el poder en el mundo maya.— Darinka Ruiz Morimoto

De un vistazo

Evidencia

Entre las piezas que dan cuenta de la amplitud y lejanía de las redes comerciales mayas destaca una pequeña rana de oro, considerada la evidencia más antigua del trabajo en metal en la Península de Yucatán. El objeto fue hallado en la tumba del gobernante Ukit Kan Le’k Tok’, en el sitio arqueológico de Ek Balam, y fechado alrededor del año 900 d.C., explicó el arqueólogo Luis Millet Cámara en su conferencia.

Relevancia

Esta diminuta figura no tuvo origen local, sino que probablemente llegó desde Centroamérica, en regiones como Costa Rica o Panamá. Incluso, no se descarta un origen aún más lejano hacia el sur del continente. Más allá de su tamaño, la rana de oro simboliza el alto valor ritual y político de los bienes exóticos, así como la capacidad de los mayas para integrar objetos procedentes de territorios distantes dentro de sus sistemas de creencias y de poder.

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