“BIENAVENTURADOS SERÁN USTEDES…”
Las Bienaventuranzas no son diferentes caminos para llegar al Reino de Dios, de manera que cada uno pueda elegir el que mejor le cuadre. No, Jesús ofrece desde perspectivas distintas el único camino.
En primer lugar, se señala una actitud inicial básica que se convierte en exigencia para llegar al Reino de Dios. El que adopta esa actitud es ya “Bienaventurado”, pues hay para él una promesa.
En la primera y en la última bienaventuranza la promesa es expresamente el Reino de los Cielos; en las otras se trata de la misma realidad considerada bajo diversos aspectos.
El análisis de la tradición bíblica de los “pobres” (los “humildes de la tierra” en expresión de Sofonías), que es el contexto en el que debe interpretarse el mensaje de las Bienaventuranzas, nos da un concepto de pobreza en el que se encuentran los dos aspectos: los justos pertenecían de hecho a la clase social más baja. En la última Bienaventuranza Jesús se refiere directamente a los discípulos, que serán sus testigos. Las anteriores se refieren a los pobres, a los que sufren, a los que tienen hambre y sed de justicia, etc.; por lo tanto, a muchas personas que no serán siempre expresamente cristianos.
Auténtica felicidad
Por eso, vivir de acuerdo con las Bienaventuranzas que Jesús enseñó es el camino para alcanzar la auténtica felicidad en este mundo y, sobre todo, en la eternidad: Jesús desea que participemos de su vida divina ya desde ahora. Las situaciones de miedo, injusticia, sufrimiento, desconsuelo y violencia que hoy vemos por todos lados no van a prevalecer para siempre, aunque hoy parezca lo contrario.
Cristo, pues, es el nuevo Moisés que, sentado en el Sinaí, nos ofrece el mensaje de la Palabra de Dios. Y los primeros destinatarios son los pobres de espíritu, una expresión para indicar a quien tiene “pobre” el corazón, la conciencia y su interior más profundo. El “pobre” que no basa su seguridad en los bienes materiales, en el éxito y en el orgullo; aquel que su corazón no está cerrado ni endurecido, sino que está abierto a Dios y a los demás. Solamente sobre él se posan los ojos de Dios y solamente con él se puede construir un mundo diferente.
