La lluvia que cayó sobre Mérida la tarde del viernes no consiguió apagar la música. Al contrario, al caer la noche y acercarse el horario, la Sala de Conciertos del Palacio de la Música recibió a aficionados y melómanos que acudieron al tercer programa de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), en una velada que como es costumbre, se convirtió en una gran celebración.

Desde el escenario se percibía el ánimo. Los músicos lucían contentos afinando sus instrumentos. Tras la tercera llamada, el director huésped, Alejandro Basulto Martínez, apareció sonriente, cobijado por los aplausos del público. Había expectativa, pero también una especie de complicidad en el aire, misma que no tardaría en hacerse evidente.

La noche comenzó con Félix Mendelssohn y su obertura “Las Hébridas”, Op. 26. En apenas 11 minutos, la batuta de Basulto condujo a la orquesta hacia un paisaje lejano, las islas escocesas, la Gruta de Fingal, las rocas y el mar. Las cuerdas parecían dibujar las olas mientras maderas y metales iban dando forma al paisaje.

El inicio, fantasioso, fue adquiriendo una cálida tranquilidad, hasta crecer de pronto con la fuerza de las cuerdas. En momentos, oboes, flautas, fagotes y clarinetes fueron delineando la melodía, mientras los timbales y los cornos aportaban el toque triunfal.

Mendelssohn se hizo presente en el recinto como música, claro, pero sin duda también como imagen. Y esa noche la sala pareció convertirse en una ventana hacia el mar y al abrirla provocar esa sensación y frescura del viento, la brisa, las olas. El aplauso llegó generoso al terminar la obertura y el director agradeció con la orquesta de pie.

Entonces, el corazón de la noche estaba por aparecer. Juan José Pastor tomó su lugar para interpretar el Concierto para corno y orquesta Op. 91, de Reinhold M. Glière. El anunciado solista de la noche, un músico que conoce a sus colegas, integrante fundador de la OSY y que regresaba a una obra hito en la vida de cualquier intérprete de corno, miró a su público.

Delicado y poderoso

Desde que levantó la batuta el director, se reconoció una interpretación de alto nivel. Pastor hizo del instrumento una extensión de sí. El corno sonó íntimo y delicado, pero también poderoso y heroico. A su alrededor, la orquesta construyó el espacio necesario para que el solista pudiera desplegar todo su virtuosismo. La sala entera parecía contener la respiración. El rostro enrojecido de Pastor dejaba ver el esfuerzo físico que exige una obra de esta magnitud. Cada entrada requería precisión, control y concentración.

Entre el diálogo de la orquesta, el músico tenía además que atender los tiempos necesarios para limpiar las bombas y evacuar la condensación natural del instrumento.

En franca complicidad, cuando fue necesario, Basulto permaneció con las manos detrás, dejando al solista el espacio y el tiempo para desarrollar su interpretación. La orquesta pareció inmutable también en esos episodios.

Fueron alrededor de 30 minutos y tres movimientos de exigente interpretación, sostenidos por una orquesta que acompañó a su compañero de atril con la fuerza de quien es cercano a su historia. Y cuando la partitura lo dictó, sus compañeros cornistas estuvieron también ahí, respaldándolo.

Al llegar la última nota, el público tras un segundo de silencio estalló. Los aplausos se prolongaron. Los “¡Bravo!” aparecieron desde distintos puntos de la sala. Pastor entró y salió varias veces al escenario mientras la ovación continuaba.

Fue entonces que ocurrió algo que no estaba escrito en el programa de mano, convirtiéndose en un sorpresivo momento. El músico tomó nuevamente el corno, preguntó al público “¿Quieren otra?” y al unísono se escuchó el sí como respuesta; entonces Juanjo regaló al público una grata sorpresa, “Bésame mucho”, de la compositora mexicana Consuelo Velázquez.

La solemnidad del concierto dio paso a una alegría contagiosa. Pastor hizo cantar a la sala entera y, por unos instantes, el Palacio de la Música dejó de ser solo el escenario de la presentación sinfónica y se convirtió en intimidad entre el músico y su público. Todos corearon. Todos quisieron prolongar el momento.

La elección de aquella canción pareció resumir también la relación de Pastor con la orquesta y con quienes lo han escuchado durante tantos años. Había cariño, complicidad y reconocimiento. Era su noche y el público se lo hizo saber.

Al terminar, una nueva ovación inundó la sala. Juan José Pastor se estrechó en un abrazo con Basulto y recibió un gran ramo de flores. Desde el escenario, miró satisfecho a quienes habían acudido a escucharlo.

Cierre de intensidad

Llegó el intermedio y la sala cambió de atmósfera. Los demás músicos abandonaron el escenario y quedaron dispuestas las cuerdas para cerrar la noche con Franz Schubert y “La muerte y la doncella”, el Cuarteto de cuerdas número 14 en Re menor, en la versión para orquesta de cuerdas de Gustav Mahler.

El contraste fue notable, Glière había llevado al público hacia el virtuosismo y la celebración, y Schubert abrió un territorio más oscuro, dramático y muy emocional. Durante sus cuatro movimientos, cada sección de las cuerdas encontró su propia voz y Basulto condujo el discurso con intensidad y sensibilidad.

Cada movimiento de arco, pizzicato y silencio edificó el cierre de la noche. Hasta que la batuta afable y precisa del director huésped marcó el final. Fueron cerca de 40 minutos en los que la música mostró nuevamente su capacidad para contar sin palabras. Al marcarse el último acorde, los aplausos regresaron.

Hubo felicitaciones, sonrisas y otro ramo de flores, esta vez para Alejandro Basulto. Las luces se encendieron y entonces fue imposible ocultar la satisfacción en los rostros del público que subía las escaleras para salir del recinto.

La lluvia había quedado afuera, adentro permanecían las imágenes del mar de Mendelssohn, la potencia del corno de Glière, la inesperada alegría de “Bésame mucho” y claro, la intensidad de Schubert.

La OSY volverá a presentar este programa hoy al mediodía en el Palacio de la Música. Será una nueva oportunidad de vivir un momento que puede convertirse en una celebración dominical, una invitación a sentarse, olvidar la rutina y dejar que la música haga lo suyo.— Darinka Ruiz Morimoto

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