“Creo que tengo una deuda divina que pagar y espero pronto empezar a hacerlo”, “sean valientes, nunca se rindan”, son frases de dos jóvenes sobrevivientes del cáncer (leucemia linfoblástica aguda).
Gracias a donaciones de sangre y apoyos solidarios, hoy son estudiantes de medicina que buscan devolver algo de lo mucho de lo que les ayudó a vencer esa enfermedad.
Alejandro y Sherly: sobrevivientes de cáncer infantil que inspiran con su historia
Sherly Abigail Peraza Chap, de 21 años y pasante de Nutriología, vivió siete años con tratamientos, a punto incluso de ser “desconectada” cuando estuvo cinco días en coma. Ella decidió estudiar esa carrera para ayudar a salir adelante a quienes hoy se encuentren en la situación que ella pasó, y que en mucho considera tuvo que ver la alimentación.
José Alejandro Torres de la Mora, de 24 años, cursa el quinto año de Medicina, y su infancia desde los 3 hasta los 9 años de edad se la pasó en hospitales con tratamientos, “pinchadas que a nadie le gustan”, y situaciones que ni él sabía por qué pasaba por todo eso.
Con el tiempo y al vencer a la enfermedad entendió lo grave que era su situación, y eso lo motivo a estudiar la carrera, para devolver lo mucho que considera le ayudó a sobrevivir.
Estos jóvenes evidencian la importancia que revisten las donaciones, como ejemplos vivos de los buenos resultados que al final arrojan estas acciones altruistas, que hoy en día se necesitan.
El pasado sábado el Diario informó que, aunque en Yucatán se han registrado avances en la promoción de la donación altruista y la construcción de infraestructura médica, la cultura de donación de médula ósea enfrenta importantes retos, principalmente falta de donadores voluntarios.
Entrevistados en las instalaciones de la Asociación Mexicana de Ayuda a Niños con Cáncer (Amanc) en esta ciudad de Mérida, ambos jóvenes coinciden en que algo fundamental que les ayudó a su recuperación, además de las donaciones, fue el apoyo de su familia, amigos, médicos y enfermeras que los acompañaron y ayudaron a sobrellevar los tratamientos.
Abigail: el reto de aprender a vivir con cáncer
Sherly Abigail es una joven oriunda del municipio de Mayapán, pasante de Nutriología, quien asegura que su enfermedad le cambió la vida en muchos aspectos, desde conocer el cáncer y lo grave que puede ser, pero se le puede vencer.
Le hizo comprender que el futuro de las mujeres no solo es embarazarse a los 14 o 15 años y hacer familia como se acostumbra en su pueblo, sino que pueden ser profesionistas, como ella ya está en vías de serlo.
A los 13 años comenzó a padecer esta enfermedad que transformó su vida y su perspectiva sobre la salud y la nutrición, recuerda.
“Empecé a sentirme mal, tuve mucha calentura y dolor en el cuerpo. Mi mamá pensaba que estaba cansada, pero después de una noche con fiebre alta me llevó al IMSS de mi pueblo, pero no había doctores.
Me trasladaron a Oxkutzcab y de ahí al O’Horán, donde se me diagnosticó la leucemia”.
Al principio no entendía bien lo que eso significaba. “En mi pueblo, no suele verse mucho esta enfermedad, y eso se ve raro en una niña”, explica la joven.
“En el hospital no me lo dijeron al principio, me pasaron a otro piso; allá le pregunté a mi mamá que si ya nos íbamos a la casa. Me dijo que no, y llegó el doctor Pablo y me empezó a explicar qué es lo que tenía”.
“Me pasaron con la psicóloga. Vino una niña que acababa de salir de su tratamiento y me explicó lo que era el cáncer, que se me iba a caer el cabello, lo que tenía que pasar. En ese momento empecé a llorar, a llorar y abracé a mi mamá, me dijo que iba a estar bien”, menciona.
Extenso tratamiento
Su tratamiento se extendió por dos años y medio. Enfrentó múltiples recaídas y complicaciones, incluyendo en su primera quimioterapia un episodio de coma.
“Recuerdo que el día del cumpleaños de mi mamá yo no estaba con ella. Fue un momento muy difícil”.
También recuerda que su madre (Teresa Chap Euán, quien la acompañó en la entrevista), le contó que estuvo cinco días en coma y los doctores le dijeron que si no despertaba la desconectarían, “pero sí desperté y hoy aquí estoy”.
La joven resalta que, el apoyo de su familia y del personal médico fue fundamental en su proceso de recuperación.
“Mi mamá siempre me motivaba, y los enfermeros y doctores, como el doctor Pablo González Montalvo, me daban fuerzas para seguir adelante”.
A pesar de los desafíos, logró regresar a la escuela y retomar sus estudios, lo que le dio una nueva perspectiva sobre su futuro.
La experiencia en el hospital despertó su interés por la nutrición.
“Me di cuenta de la importancia de la alimentación durante el tratamiento. Recuerdo que quería caldo de frijol, un platillo que mi mamá siempre hacía, y las nutriólogas me apoyaron mucho en eso porque la quimio no me ayudaba a retener mis alimentos”.
“Esa experiencia me motivó a estudiar nutrición, para ayudar a otros como yo a aprender a alimentarse bien”.
La hoy sobreviviente del cáncer enfatiza la importancia de la valentía y la esperanza.
“A quienes están pasando por lo mismo, les diría que sean valientes, nunca se rindan y recuerden que todo principio tiene un final. Con fe y esfuerzo pueden lograrlo”.
Experiencia que marca: José Alejandro
José Alejandro, oriundo de Torreón, Coahuila, donde a los 3 años le detectaron la leucemia, inició una batalla en los hospitales hasta los 9 años, una experiencia que lo marcó profundamente y lo motivó a dedicarse a la medicina.
“Recuerdo que un día me llevaron al hospital y me internaron. No entendía qué me pasaba, solo sabía que me quedé ahí mucho tiempo”.
Durante esos años vivió una serie de procedimientos médicos que incluían constantes inyecciones y análisis, pero la gravedad de su situación no era del todo clara para él.
“Tenía solo tres años, así que no sabía qué era el cáncer ni que yo lo tenía”.
Desde los 3 hasta los 9 años tuvo leucemia, tenía que ir constantemente al IMSS.
A los 4 años se tuvo que mudar a Cancún por el trabajo de su papá, pero tenía que seguir yendo al IMSS de Puebla cada mes.
Durante esos 6 años, relata, tenía que ir cada mes a hacerse análisis de sangre en la madrugada y esperar en la tarde a la consulta con el hematólogo pediatra.
“No era siempre mi quimioterapia, recuerdo que era los martes y los traslados procedimientos, estudios, tratamientos, a veces me tenían que volver a internar. Fue un proceso largo”.
Conciencia sobre el cáncer
Ya cuando entró a la primaria tenía una noción de lo que le pasaba, que estaba enfermo, pero no entendía la gravedad de lo que tenía.
“No sabía que hoy podía estar y mañana no; yo estaba enfermo, no comprendía la magnitud de la enfermedad ni todo lo que conllevaba en ese momento.
Creo que lo más que me llego a pasar así de malo, era cuando en la escuela, por ejemplo, se me bajaba el azúcar o me sentía muy cansado.
Recuerdo que me cansaba muy rápido, muy fácil, no podía caminar dos cuadras sin ahogarme, sin fatigarme. Sentía que me faltaba el aire, como si hubiera corrido un maratón y solamente eran dos cuadras.
Ya más grande, ya iba a terminar casi la primaria cuando me dieron la noticia de que estaba libre de cáncer, ya tenía 9 años y una idea de lo que era la realidad y lo peligrosa que fue, me acuerdo que así fue toda mi infancia de cada mes ir, estudios, consulta, regresar, cada mes”.
También resaltó que el apoyo familiar fue crucial en su recuperación.
“Siempre conté con el respaldo de mis papás, mis tíos y primos, quienes me visitaban y me ayudaban en el hospital. Fue un proceso largo, pero nunca me faltó amor y apoyo”, añade José Alejandro.
A medida que crecía, comenzó a comprender mejor su enfermedad y la gravedad de su situación.
“Hasta que llegué a la primaria entendí que estaba enfermo, pero nunca comprendí del todo lo peligroso que era”.
Su camino hacia la recuperación fue largo y lleno de desafíos.
“A los nueve años, cuando me quitaron el catéter donde me administraban la quimioterapia, supe que estaba libre de cáncer. En ese momento, entendí lo que había pasado y la gravedad de la enfermedad”, recuerda con emoción.
Citó que, a pesar de los retos, siempre lo acompañó un equipo médico excepcional.
“Aún recuerdo a mis doctores, el doctor Anchondo y el doctor Perazzo, así como a las enfermeras que me cuidaron. Ellos hicieron todo lo posible con lo que tenían en ese momento”, comenta.
Un futuro en la medicina
Hoy, como estudiante de medicina, se siente motivado a devolver a la sociedad lo que recibió: “Cada día es un regalo de vida y lo aprovecho al máximo. Quiero ayudar a otros como yo, que pasan por lo mismo”, afirma con determinación.
“Creo que tengo una deuda divina que pagar y pues lo estoy cumpliendo. Espero en unos años egresar de la facultad y regresar un poco de todo lo que todos me dieron, todos”.
Su mensaje para los niños que enfrentan situaciones similares es claro:
“Tengan mucha fe y fortaleza. No están solos; tienen el apoyo de su familia y del sector salud. Afortunadamente, hoy hay muchos tratamientos y especialistas que pueden ayudar, y ojalá también la gente entienda esto y existan más donantes”.


