El frío atípico que se ha registrado en Yucatán en los últimos días no solo bajó la temperatura: expuso la marginación en la que sobreviven cientos de familias asentadas de manera irregular al sur de Mérida.

Con registros de hasta nueve grados, estas personas enfrentan el clima sin paredes firmes, sin servicios básicos y sin certeza jurídica sobre la tierra que habitan.

La pobreza en esos lugares no es circunstancial, es estructural.

En estos terrenos se han levantado más de 40 viviendas improvisadas, hechas de cartón, láminas, maderas recicladas y lonas. No hay documentos de propiedad, contratos ni garantías de regularización.

Tampoco hay agua potable constante, drenaje, electricidad formal ni recolección de basura. La vida transcurre en condiciones que vulneran derechos básicos.

De acuerdo con datos del Instituto de la Vivienda de Yucatán (IVEY), en Mérida existen al menos 15 asentamientos irregulares, con concentraciones que van de 10 a 200 viviendas.

El sur de la ciudad concentra el mayor número de invasiones de terrenos, donde la necesidad ha obligado a familias enteras a instalarse en zonas sin planeación urbana, sin infraestructura y sin respaldo institucional.

Uno de estos asentamientos se ubica en terrenos de la comisaría de Dzununcán.

Los habitantes relatan que supuestos gestores los ayudaron a ocupar los predios bajo la promesa de una futura regularización. Hoy no hay trámites concluidos, acompañamiento legal ni respuesta clara de las autoridades.

Familias de Yucatán sin protección

En el perímetro de las colonias Nueva San José Tecoh II y Emiliano Zapata III, así como en Dzununcán, se estima la presencia de 400 a 500 familias, además de otras 100 en zonas cercanas.

Es decir, alrededor de 600 familias que no están incluidas en el padrón oficial de pobreza extrema, pese a carecer de lo elemental para subsistir.

Actualmente Mérida registra unas 4,000 familias en pobreza extrema, para las cuales se diseñan estrategias de atención.

Sin embargo, estas 600 familias permanecen fuera de cualquier programa social, sin acceso a apoyos alimentarios, vivienda digna, atención médica regular ni protección ante contingencias climáticas.

Las carencias son múltiples y graves: pisos de tierra, ausencia de baños, uso del monte como sanitario, falta de agua potable, alimentación insuficiente y nula atención a la salud.

A esto se suma el impacto del frío, que en estas condiciones se convierte en un riesgo para la vida, especialmente para niños y adultos mayores.

Las infancias son las más afectadas. Duermen sobre cartones, con ropa insuficiente y expuestas a enfermedades respiratorias, desnutrición y abandono. No hay espacios seguros, ni servicios de salud cercanos, ni garantías de educación continua. La vulnerabilidad es total.

María Esther Uc Balam es uno de los rostros de esta crisis silenciosa. Ella y sus hijos, Cristian y Paola Puc Uc, sobreviven en una vivienda incompleta.

El padre, José Puc, se dedica a la pepena, con ingresos mínimos e inestables. Como muchas familias del asentamiento, viven al día, sin certeza alguna.

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