El sarampión es una de esas enfermedades que muchas personas consideran parte del pasado.
Durante décadas, gracias a las campañas de vacunación dejó de ser un tema cotidiano en la conversación pública, y generaciones enteras crecieron sin ver de cerca sus consecuencias. Sin embargo, en los últimos años su reaparición en distintos países ha recordado algo fundamental: en salud pública, los logros no son permanentes si no se sostienen con acciones continuas, y entre ellas la vacunación sigue siendo la herramienta más poderosa.
Se trata de una enfermedad viral altamente contagiosa que se transmite por el aire a través de pequeñas gotas respiratorias.
Basta compartir un espacio cerrado con una persona infectada para que exista riesgo de contagio, incluso horas después de que esa persona haya abandonado el lugar. Esta capacidad de propagación explica por qué el sarampión puede generar brotes con rapidez cuando encuentra poblaciones con esquemas de vacunación incompletos.
Aunque en ocasiones se le recuerda como una enfermedad típica de la infancia, el sarampión puede tener complicaciones importantes. La infección puede provocar neumonía, inflamación del cerebro, infecciones del oído con secuelas auditivas, deshidratación severa y, en casos poco frecuentes, la muerte.
Existe además una complicación tardía muy rara pero grave, que puede aparecer años después de la infección y afectar progresivamente el sistema nervioso. Estas posibilidades son la razón por la que la prevención sigue siendo una prioridad. La vacuna contra el sarampión ha demostrado ser extraordinariamente efectiva y segura. Con dos dosis se alcanza una protección cercana al 97%, lo que ha permitido reducir de forma drástica la enfermedad en todo el mundo.
Sin embargo, su eficacia depende de un elemento clave: que la mayoría de la población esté vacunada. Cuando esto ocurre, el virus tiene pocas oportunidades de circular y se protege también a quienes no pueden vacunarse, como personas con inmunosupresión o algunas mujeres embarazadas. A este fenómeno se le conoce como inmunidad colectiva y es uno de los pilares de la salud pública moderna.
La recomendación general es clara: toda persona que no tenga evidencia de inmunidad debe contar con su esquema completo de vacunación. En la práctica, esto significa que las niñas y niños deben recibir las dosis correspondientes según el calendario nacional, ya que este grupo concentra el mayor riesgo de complicaciones y suele ser el primero en verse afectado cuando las coberturas disminuyen.
Mantener altas tasas de vacunación infantil no solo protege a los menores, sino que evita la propagación del virus en la comunidad.
En adolescentes y adultos jóvenes es frecuente encontrar esquemas incompletos o falta de registros. Muchas personas no saben si recibieron ambas dosis o no conservan su cartilla de vacunación. En estos casos, la recomendación es sencilla: ante la duda, puede aplicarse la vacuna sin riesgo. Recibir una dosis adicional no representa un problema y brinda la seguridad de estar protegido.
El personal de salud constituye otro grupo en el que la vacunación es particularmente importante. La naturaleza de su trabajo implica contacto cercano con pacientes, incluidos aquellos que podrían ser más vulnerables a infecciones. Contar con inmunidad comprobada no solo protege al trabajador, sino que reduce la posibilidad de transmisión dentro de los servicios médicos.
En un mundo donde viajar es cada vez más común, la movilidad internacional también juega un papel relevante. El sarampión continúa circulando en distintas regiones, y los aeropuertos, el transporte público y los eventos masivos facilitan la exposición. Por ello, quienes planean viajar deben verificar su esquema de vacunación antes de hacerlo, especialmente si no tienen certeza de haber recibido ambas dosis.
Es importante mencionar que, aunque la vacuna es segura para la mayoría de las personas, existen situaciones específicas en las que debe posponerse o evaluarse con el médico, como el embarazo o ciertas condiciones de inmunosupresión. En estos casos, la protección depende en gran medida de la inmunidad colectiva, lo que resalta la importancia de que el resto de la población esté adecuadamente vacunada.
Los brotes que se han observado en años recientes no significan que la vacuna haya dejado de funcionar. Por el contrario, suelen reflejar disminuciones en las coberturas de vacunación, interrupciones en los programas de salud o la difusión de información incorrecta que genera dudas en la población. El sarampión es tan contagioso que incluso pequeñas brechas en la inmunidad permiten su reaparición.
Mirar el tema desde la perspectiva de la salud pública implica entender que vacunarse no es solo una decisión individual, sino un acto de responsabilidad colectiva. Cada persona vacunada contribuye a construir una barrera que protege a quienes tienen mayor riesgo de complicaciones. En este sentido, la vacunación no solo previene la enfermedad, sino que fortalece la solidaridad social.
Hoy más que nunca, revisar el esquema de vacunación propio y el de los hijos, acudir a los servicios de salud ante cualquier duda y mantener la confianza en las vacunas son acciones fundamentales. El sarampión es prevenible, y evitar su regreso como problema de salud depende de decisiones cotidianas que, aunque parecen pequeñas, tienen un impacto enorme en la comunidad.
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