(Artículo publicado el 12 de septiembre de 2001)

Por Max GASTON

Estados Unidos es la única superpotencia. Su joya de la corona, Nueva York, es el centro mundial de la prosperidad, la fama y el dinero. Su capital, Washington, tiene en la Casa Blanca el símbolo del mando y encierra en el Pentágono, sede de la Secretaría de la Defensa, el cerebro técnico y científico archimoderno que dirige la mayor fuerza militar de la historia. Los atentados de ayer, semivencido el asombro y el horror, tienen que dejar paso al examen humilde de los caminos que han incrustado a la barbarie en el corazón de la civilización.

La hecatombe norteamericana demuestra que el hombre, empujado por pasiones sin novia, puede superar el poder destructor de la naturaleza. Los cataclismos que han visto los siglos no arrojan el saldo infernal de la tragedia neoyorquina y sus más cercanos predecesores: las bombas atómicas en Hiroshina y Nagasaki en 1945.

Los terroristas que asesinaron ayer a pilotos y aeromozas, antes de proyectar los aviones secuestrados contra rascacielos repletos de inocentes, son sucesores de los dos mil camicaces: pilotos suicidas japoneses que lanzaron sus aviones contra blancos estadounidenses hace 60 años en la segunda guerra mundial.

La historia se repite, corregida y aumentada, como se repitió hace media docena de años, en el primer atentado contra las torres gemelas destruidas ayer y luego en las bombas multiasesinas de un joven desquiciado contra otra torre, en Oklahoma.

Este mimetismo, visible también en los muchachos que fusilan a sus con discípulos en los corredores y las aulas de sus escuelas, es una de las manifestaciones de los valores éticos que yacen bajo los escombros del holocausto en Nueva York.

Es también un aviso a todos los que ejercen el poder, dentro y fuera de los Estados Unidos, de que el encono y el odio, el resentimiento y la protesta han llegado a crisis de virulencia que pueden tener brotes de contagio allá donde la humanidad, reducida a carne de cañón de la injusticia, la burla a la ley, la violación de los derechos humanos y el predominio de la fuerza sobre la razón o la opulencia minoritaria sobre la miseria generalizada, es explotada y utilizada por fanáticos, demagogos. y bribones.

No hacemos la crítica general del drama de ayer: apuntamos sólo uno de sus motivos. En el derrumbe de las virtudes cívicas y cristianas que se aprenden en el hogar, en la escuela, en la iglesia, para practicarlas después en la sociedad y el gobierno, en su aplastamiento por los apetitos materiales hay que ver la mano que guía al terrorismo que agredió ayer a Estados Unidos y puede atacar a cualquier hora en cualquier otro lugar.

Como lo hizo anoche el presidente Bush en el mensaje a su nación, volvamos con humildad los ojos a Dios para encontrar en sus enseñanzas la cura y la prevención de las crisis espirituales que degeneran en la perversidad que llegó ayer a un paroxismo que nunca esperamos ni queremos volver a ver.-MG- Mérida, Yucatán, miércoles 12 de septiembre de 2001.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán